La primera vez

Siempre hay una primera vez.
Una experiencia distinta de todas, en la que te adentras sin darte cuenta, y te atrapa despacio, sin vuelta atrás.
Una trampa. Una enseñanza.

Ahora lo puedo contar, de mañana bien temprano, en el banco de pensar, con el sol estrenando día de cara. 
Pero, anoche, de madrugada, la angustia no hizo rehenes, nos invadió. Y nos salió cara. 

Después del día intenso en que nos la presentaran, con la noche ya avanzada, Martina se encerró en el baño. Y cuando quiso salir, se quedó atrapada. 
Ya noté pequeños golpes en la puerta y conversaciones susurradas, pero preferí mantenerme discreto.
Cuando me avisaron, la puerta estaba cancelada. Y lo intentamos todo durante más de una hora. Y Martina, dentro, sola, desesperaba.
Y valiente, colaboraba, pero no hubo forma de rescatarla. 
A la de tres, pedimos ayuda. Y se presentó en casa uno con la cara tatuada, seguramente de la legión extranjera. Y en unos minutos disipó el drama y sacamos a la dama de su celda.

Eran solo las tres en este cuento de madrugada. Y era la primera vez.
Ahora Martina descansa.

A mi me sacaron al parque, como siempre temprano. Fue solo un ratito. Ya volvemos a la terraza donde aprendí hace unos días que el azul es cian.
Miedo me da ¿que será la próxima?
Aventura asegurada.
… y risas.
Martina, tan pequeña, tan princesa, encantada.

Summer irse

Con este calor cuesta no sumergirse en cualquier sitio, aunque sea de agua. 
Río, pantano, alberca, piscina o playa. Cualquiera nos vale para bucear un rato y que se bajen los humos. 
En casa, en calma, a veces echas de menos ese chapuzón sanador.
Y te enciendes sin querer pensando en varias cosas a la vez, intentando atender a dos manos, sin dar a basto. 
Son cosas del calendario, que corre a favor de corriente estos días. Y aún queda la mitad por venir. 

Tantas cosas por cerrar, es decir, abiertas en canal, y en la certeza de que no llegarás a todas. No me alcanzará para casi ninguno. 

En otros tiempos, estos eran días felices para disfrutar de la familia y los amigos. Sin duda felices. Ahora, sin embargo, la angustia de no llegar, de no estar a la altura, de no poder corresponder con la generosidad que acostumbraba, me mantiene encerrado y alerta, sin asomar la cabeza ni a la ventana, deseando escapar a hurtadillas o desaparecer para evitar este sufrimiento.
Esperando en pié para dar lo que me resta, con cariño y atención, sin tener seguro si será suficiente. 
A mi me gustaría ofrecer mucho más, y me duelen las manos que ahora extiendo vacías.
Pero he de entender que ya no intereso, y eso hace más fácil desaparecer.

Mientras, espero que pasen los días, con recuerdos de risas espléndidos. Espero la tristeza de las pérdidas compulsivas, y las llamadas que no llegarán nunca más.

Y es que en Julio ocurrió todo en mi vida. 

Old vida

Hay cosas que quiero olvidar, y otras que no, pero las olvido. 
Nunca se si es un buen recurso o un castigo. 
Y siempre que me quiero acordar, me olvido. 

Me olvidé de como, sin querer, llegué hasta aquí, renunciando cada vez a lo que fui, decidiendo ser humilde y dejar pasar, y pasar… Y así pasó que me olvidé.
Y ya no sé de qué vivir, ni para que. Si merece el esfuerzo que me cuesta estar aquí. Si hasta perdí la ilusión, y el futuro es igual cada vez. Los días y las horas de los días se repiten, desde el amanecer hasta la noche, cada vez. 
Y me olvidé de planear lo que fuera a venir. Y siento cada vez que me perdí. Y me pierdo cada vez que olvidé. 
Y así, sin salir de esta escalera, donde no se si bajé o subí. Si ahora subí o bajé. 

Solo la Luna, y el sol al amanecer hacen que olvide lo que dejé de sentir, y por un instante sienta lo bello que es vivir esta vida vieja.

Desaparecer

Desaparecer, esfumarse en el aire a tu espalda, sin ser escandaloso, ni despedirse. Sin dar tiempo a hacerte sufrir por adelantado la marchita decadencia del final. 
Sin epitafios, ni homenajes, ni discusiones, ni aferrados al presente, ni abrazos. 
Tan solo los abrazos los añoro. ¡Ah! Los abrazos.
Los fui dando de a poco a poco, sin alarmar. Pero me supieron a casi nada, y repetiría esa ronda, la última por favor, como el borracho solicita que le llenen la copa una vez más. 

No comprendo lo que me ocurre dentro de la cabeza ahora. Este enfrentamiento absurdo entre los instintos y las razones.
Y siempre pierdo, cualquiera que sea el desenlace. Siempre aferrado a lo contrario. 
Pero el tiempo no descansa. Ya no queda nada. 
Y es el momento. 

Panoli

Soy un panoli.
En casa, durante mi infancia lo escuché muchas veces, sin saber exactamente a qué se refería. Recuerdo que lo decían si se te caía algo de las manos, o te quitaban el sitio o las golosinas.
Incluso hoy tengo dudas sobre su significado. Y sin embargo estoy convencido de que soy un panoli. 

Ha habido épocas pasadas en las que espabilé muchísimo, quizás porque fui tomando responsabilidades, una detrás de otra sin parar, y esto me obligó a dejar de ser como siempre era.

Según he consultado con el diccionario, es un adjetivo coloquial que en España significa persona simple, bobo y fácil de engañar.
Me gusta más esta definición de  personas crédulas y muy confiadas.  Es menos «faltona». 

Ahora, que estoy regresando a mis orígenes, se me hace  evidente que soy un panoli. Me relaja y me gusta ser así.
Estoy cansado de mantenerme alerta permanentemente, de competir por todo en cada minuto. Quisiera encontrar mi sitio. Un rincón apartado del tráfico de personas con prisas donde puedo estar confiado y feliz. 
Y parece complicado.

Pensé en ponerlo escrito en «una camiseta mensajera» tan de moda: SOY PANOLI. Y así, con esta autoafirmación simple me dejarían tranquilo.  
Pero siempre hay cerca alguien que te quiere y te advierte del efecto contrario, cuando, al leer el mensaje, los antónimos, listos y diligentes, se me abalancen como moscas a la miel, a la caza con engaño del pazguato y pánfilo etiquetado en el pecho.  

¡Esto no es vivir!

Sin valor

Aveces nos depreciamos. No aprovechamos las circunstancias para mostrar nuestro valor, y solo se ven las carencias.
Es una cuestión de valor, definitivamente. Pero este fluctúa su nivel en función de la demanda.
Quiero decir, que vales tanto como los demás esperan o necesitan de ti. Si fueras imprescindible, tu valor sería incalculable. Y lo contrario sería ninguno. 

Pero este idioma nuestro atribuye significados diferentes a una misma palabra.
Y en el caso de valor, también entiende de arrojo y atrevimiento. Hay que tener valor para aventurarse con pocos medios, sin margen de seguridad. 
O también iniciar una empresa, un reto, en un clima inseguro, por un camino incierto, aún sabiendo cuál es tu objetivo. Hay que tener valor.
El valor de lo incómodo, del esfuerzo, del riesgo. 

No acepté la rendición, siempre vendí cara mi derrota.
Lo que para mí nunca tuvo valor fue el precio. 

Perdone que le escriba.

Déjame querer

Déjame tener 
una historia de amor. 
La última vez, 
bajo el soportal empedrado 
del dique oscuro 
junto al mar azul. 

Déjame besar 
tus labios, amor, 
beber tus lágrimas, 
en tus mejillas, palidecer, 
tus ojos cerrados 
y yo sin perder. 

Abrázame 
como si fuera la primera vez,  
y la noche nos fuera a encender, 
tanto tiempo frío 
el corazón lo dejo correr. 
Siento tan cerca tu latido 

Y luego abandóname. 
Yo nunca te olvidaré. 
El viejo malecón 
se llevó mis sentidos, 
y te dejó atrás el tacón 
en el escalón donde bailamos fundidos 

de amor. 
Dos por cuatro,   
ritmo de nostalgia
y anhelos. 
Tango de amor 
perdido, de magia, 
llorado, vivo.
Querer

Ella

Ella, cuando sabía con certeza que se acercaba el final, sin dudar, sus últimos días decidió pasarlos conmigo.

A solas en una playa de poniente, de arenas doradas, tranquilamente, su mano en la mía.

Organizó todo a su gusto. La pequeña al campamento, los demás a sus tareas. Todo con normalidad. 

Nos dejó a solas por última vez. El último paseo, las ultimas fotos del atardecer, una última cena a la luz de las velas en el jardín.
Sin abandonar su conversación animada, sin coartada ni señales de tristeza. Solo el cansancio infinito, la ausencia de vitalidad, cercenaban por momentos los ratos a medias. 

A veces me confundía su risa y su felicidad. Y el engaño era el cariño, que quería fuera eterno como esos días que pasamos. 

Al despedirnos del hospedaje, y ya en el coche, nos miramos a los ojos, brillando, serenos, sinceros.
Le pregunté.
– ¿estás bien? 
– Movió la cabeza a ambos lados, como respuesta 
– ¿vamos al hospital?
– ¡Vamos! dijo con seguridad.

P.D. Nunca salimos juntos de ese hospital.

Sinsentido

Cuando ya nada tiene sentido. 
Cuando dudas de ser tú mismo,
de haber vivido este destino.
Cuando la incertidumbre triunfa en tu cabeza,
dándole la vuelta a todo, buscándole los errores,
bañándote sin escrúpulos en temores.

Todo se viene abajo,
dejas de ser tú mismo,
de compartir lo que más deseas,
tu tiempo y tú cariño.

Olvidarte de vivir es el nuevo mantra,
que se olviden de ti, una meta. 
Que acabe pronto el sufrimiento. 
Si no puedes ayudar, si no tienes que dar… 

Como aguantar sin ser generoso, 
guardando tus manos en los bolsillos vacíos,
escondiendo tus ojos o mirando al vacío. 
No te queda tiempo para esperar, 
y te sobra ya todo el tiempo. 
Todo pasó sin pausa.
En un instante.

Cumplir

Me voy fijando como mis amigos van cumpliendo sus años en un goteo interminable. Yo también, afortunadamente, claro. 
El calendario empuja con una fuerza constante que no ceja, ni deja tregua en ningún caso.
Impasible a que tú ánimo esté de bajón, aburrido o más contento que de bares con amigos (quien pudiera). 
No podemos descuidarnos. En un despiste te has perdido más de un buen rato, y no se puede repetir lo irrepetible. Hay que saborearlo en su punto y hora. 
Por supuesto que puedes elegir. Escoger entre amigos y ratos a solas, entre fiestas ruidosas o cafés tranquilos, risas continuas que terminan con dolor en el carrillo o charlas serenas con ideas contrapuestas compartidas. 
Pero no puedes consentir el tiempo perdido.
Es un derroche, tan escaso y caro como está ahora la vida, como pasan volando los días, como ves a tus amigos los años cumplir. Feliz.

26 de junio, viernes de la semana 26 de 1959, tras una noche de calor, a la vista de Puerta de Palmas, me tocó a mi. 





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