Maldito

Querido olor antiguo 
que me llena 
de amor. 

Preciosa flor 
que te colma 
de color. 

Rancio calor 
que mancha así  
de frescor. 

Exquisito sabor 
que me seduce 
de dolor. 

Camino sin tiempo 
por una ilusión perdida
en la memoria. 

Como un paseo chico 
andado de puntillas  
en la infancia más feliz. 

Sintiendo alrededor
Clamor sanador 
temor matador 

Maldito amor 
que te mata 
de amor. 

Gritar

¿Cómo hacer para aliviar 
mi dolor más personal?
Luchar por superarlo
ha sido inútil.

Y solo me queda subir,
necesito el punto más alto,
de la montaña más alta.

Para gritar desde allí tu nombre,
y descargar mi odio y mi pena
por haberte perdido, amor.

Tengo miedo a decidir.
Ir volando a tu encuentro
por el camino más rápido,
que sin duda es morir, amor.

No es mi mejor día 
Ni mi mejor idea
sin duda es debilidad
en una persona perdida, amor

Mándame tu fuerza
Tú esperanza y tú alegría 
Para no torcer mi conciencia 
Para ser quien tú querías, amor
Feliz

La llave

Vivíamos en un pueblecito blanco de la Vega del Guadiana, pedanía de uno cercano. Un pueblecito nuevo que se iba haciendo poco a poco.
Al pasar de los días le iban instalando las luces, las aceras empedradas y algunos árboles.
No se cuantos años tenia. Pocos, cinco o seis si acaso. 

Ese día, por la tarde, mientras en mi casa había visita, llamaron a la puerta. Fui corriendo; a mi me correspondía abrir, soy el mayor de los hermanos. Un hombre joven venía a buscar algo de la casa de al lado. Lo atendió enseguida mi padre. Me dio una llave grande, y me pidió que lo acompañara a recoger lo que pedía y cerrara después la puerta con la llave. Prestaba toda la atención a lo que me decía, con los ojos bien abiertos para que no se olvidara nada del encargo.
-No te entretengas y vuelve volando, que es casi de noche. Y no pierdas la llave. – me dijo antes de volver con la visita.
Acompañé al joven donde recogió lo que necesitaba. Cerré la puerta, corriendo el cerrojo hasta el final. Saque la enorme llave de la cerradura, la guarde en el bolsillo que la camisa tenía en el pecho, y eche a correr como un poseso por el camino de regreso. Al entrar en el rellano delante de la casa, bordeando un pequeño seto del jardín, resbalé y caí de bruces delante de la puerta, clavándome la llave en el pecho.
Justo en ese momento la visita se marchaba, y mis padres la despedían allí junto a la puerta. Me levanté del suelo avergonzado, con las rodillas sangrando y los pantalones y la camisa manchadas de barro. Una lágrima me cruzaba a traición la cara, cuando delante de mi padre, le entregaba la llave enorme mientras decía: – está todo cerrado. –

Me mandaron arriba, a limpiarme lo manchado y curarme las heridas de las rodillas y las manos. Ya solo en el baño, al quitarme la camisa, me di cuenta del otro daño. En el pecho izquierdo señalado tenía la llave marcada como si la hubieran dibujado.
Desde pequeño me gustaba que me mandase recados. Mi vecino se sentaba en una silla de madera y esparto a la puerta de la calle. Me ponía en la mano una moneda y en la otra una botella de cristal. – ve a la cantina y que te den lo de Leandro. – Y allí me plantaba yo con un litro de aguardiente en la mano, cruzando dos o tres calles para hacer bien el recado.
No se cuantos años tenía. Pocos, quizás cinco, o seis si acaso. Y no se me olvidará nunca la llave de mi primer encargo, ni la botella de Leandro.

Volver a ti

El eterno retorno de Carmen Salazar
Solo pedía treinta días de amor eterno, 
con la esperanza de que durara siempre. 
Y la certeza se abrió el camino más difícil. 
Ni un solo día concedido después del fin. 

Ahora me toca a mí afrontar el desafío. 
Sin más ayuda que un punto en el infinito horizonte.
Y no perder el rumbo ni la compostura, 
para alcanzar lo que siempre busque, no se donde. 

Sin ceder ni un ápice en mi viejo empeño,
no ha llegado aún la hora de desistir.
Cuando todos los cabos estén atados, 
empezaré a pensar qué sentido tiene insistir. 

Si vivir siempre fue inmensamente bello, 
intensamente quiero
volver a ti,
amor.

Imagen.- El eterno retorno, de Carmen Salazar

¿Estás aquí?

Ahora que viniste, 
ando con miedo 
de volver a perderte. 

Con todo lo que espere, 
el anhelo con que soñé 
un sueño imposible. 

Y ahora estás aquí, 
tan feliz,  
volviendo a reír. 

Tú me completas,  
no sé vivir así, 
sin ti, amor. 

Un abismo me espera. 
Saltar o caer, 
no hay más. 

Es si o nada. 
Y no veo en tu mirada 
el compromiso. 

Iremos despacio, 
al ritmo que marcas. 
No dejaré de confiar. 

Las distancias 
nos alejan, 
y el tiempo también. 

Esperaré 
tu impulso. 
Y saltare después. 

A tu abrazo 
me someto 
con toda mi fe. 

Y espero 
perdido 
tú amor imposible.

… y cada noche

Y cada noche 
soñando abrazos
Perdiendo el día
La vida entera
te donaría 

Atormentado 
he perdido la calma
Lucho cada centímetro 
Peleando con toda mi alma
por recuperar tu lado de la cama

Nada he conquistado
Cansancio
Insomnio 
Helado
Solo

Y cada noche
soñando abrazos
de fantasía 
La vida entera
te entregaría

LIMP2018@

Noveno paso

Confundí la soledad con el vacío.
Creí estar solo, sin nadie. Y, rodeado de tanta gente con la que, poco a poco, no me relacionaba, pensé que era abandonado a mi suerte.  

Pero estaba equivocado. Era yo quien me apartaba.
Día a día, la vida transcurre en un dar y recibir constante. Así es con la familia y los amigos, en especial. Y también con el resto de la gente.
Si dejas de dar, te aíslas, te vas quedando solo y vas dejando de recibir. Te vas excluyendo. 

Lo que yo he sentido y siento, no es sino el vacío inmenso que me dejas. 
Y que está siendo muy difícil de llenar. 
Es Tan enorme que no se abarca con nada. Y nada contiene. 
Es devastador. 
Solo silencio y una tristeza infinita. 
Es transparente, sin color. 
Es gélido y doloroso. Insoportable.

Busco una ventana que me saque de este laberinto sin salida, asfixiante y sobrecogedor. 
No se encuentra La Paz en el vacío.
En la soledad, si. Pero no sé vivir solo.

Solo darle tiempo a este infierno. Y que calcine las astillas y el árbol.
Imparable, para que siga la vida. Que se abra el horizonte despejado.