La primera vez

Siempre hay una primera vez.
Una experiencia distinta de todas, en la que te adentras sin darte cuenta, y te atrapa despacio, sin vuelta atrás.
Una trampa. Una enseñanza.

Ahora lo puedo contar, de mañana bien temprano, en el banco de pensar, con el sol estrenando día de cara. 
Pero, anoche, de madrugada, la angustia no hizo rehenes, nos invadió. Y nos salió cara. 

Después del día intenso en que nos la presentaran, con la noche ya avanzada, Martina se encerró en el baño. Y cuando quiso salir, se quedó atrapada. 
Ya noté pequeños golpes en la puerta y conversaciones susurradas, pero preferí mantenerme discreto.
Cuando me avisaron, la puerta estaba cancelada. Y lo intentamos todo durante más de una hora. Y Martina, dentro, sola, desesperaba.
Y valiente, colaboraba, pero no hubo forma de rescatarla. 
A la de tres, pedimos ayuda. Y se presentó en casa uno con la cara tatuada, seguramente de la legión extranjera. Y en unos minutos disipó el drama y sacamos a la dama de su celda.

Eran solo las tres en este cuento de madrugada. Y era la primera vez.
Ahora Martina descansa.

A mi me sacaron al parque, como siempre temprano. Fue solo un ratito. Ya volvemos a la terraza donde aprendí hace unos días que el azul es cian.
Miedo me da ¿que será la próxima?
Aventura asegurada.
… y risas.
Martina, tan pequeña, tan princesa, encantada.

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