Cuando el ángel se nos va

En casa desde hace muchos años, tantos que parece siempre, tenemos un ángel viviendo aquí que nos da el humor, la alegría, la vida, la pasión, una luz inimitable, la templanza, y la tranquilidad.
Es nuestro hogar.
Pero hay veces que elevamos nuestras expectativas y nuestros sueños hasta límites fuera de alcance. Entonces corremos desaforadamente en su busca, nos tropezamos y empezamos a atropellarnos, y así, a herirnos sin razón.
El aire se vicia, nos volvemos orgullosos y egoístas, angustiados por la parte de esos sueños improvisados que se nos va, y se apaga la luz.
Nos invade la tristeza y la rabia. Y un poco más tarde la tristeza, a secas.
Cuando el ángel se nos va, perdemos la alegría y este deja de ser nuestro hogar.
Todo deja de tener sentido cuando el ángel se nos va.

Y no se ha ido. Ahí está, mirando al otro lado del espejo, esperando que recoloquemos el alma y la sonrisa, que volvamos a poner unas plantas de color, y solo compitamos por amor.
Así somos. Así es nuestro Ángel

Efecto lluvia

Qué raro pensar la lluvia en verano. 
Sentir el deseo de mojarte a cielo abierto. 
De lavar el alma sutilmente, 
mirando arriba mientras caen gotas de agua 
en tu cara, en tu pelo, sintiendo que te empapa. 

… al andar

Y andar el camino buscando charcos de agua 
para pisarla, pisarla fuerte y que salpique. 
Y cada pierna fría mojada, sin preocuparte, 
sin prisas por volver a ponerte a salvo. 
A salvo de la reprimenda del sensato. 

… soñar 

Soñar con tus manos en mi espalda, 
salvando tu espacio, sin invadir la frontera, 
oler y oír tus besos, en el aire húmedo 
a cada lado del camino, en la misma dirección 
a ningún sitio, esperando ver caer el sol. 

… despacio

Y despacio ver pasar el día, a toda velocidad, 
atravesar el universo pequeño de un espacio
enorme, sin límite, todo imaginado en verde
y azul, columpiado en la calma del viento, 
que empuja y para, confundiendo lágrimas 

… y lluvia. 

Y lluvia. 

Tú mano

Siempre cerca.
A esa distancia infinita,
infranqueable,
paralela. 

Dulzura y tacto. 
Fuerza escondida. 
Tiéndeme tú mano, 
dame la vida. 

Quiero escalar el muro 
que me puso de rodillas. 
Andar el sendero,
regalarte la risa. 

Anhelo extendida
hacia la brecha, 
tu mirada limpia. 
Cogida, tu mano. 

Reina de la luz, 
paciencia fría. 
Volcán de pasión 
retenida, suspira. 

Carcel de otros
silencios ruidosos. 
Curioso exploraría 
tú piel, tus ojos. 

Siempre paciente,  
espero tú viento 
susurrando mensajes
de tu mano, de tu cielo 

… por fin . 

¡Que bueno sería!

Llevas días preguntando  
Pendiente con el rabillo del ojo
mientras sigues frenéticamente
la vida que te toca

… y como decirte que echo de menos
el aliento de su boca, su mirada sin dudas
el olor de su piel, su risa, su risa.
Su melena rubia, que es tan tuya.

Como despedirme sin dolor
sin soledad
Como acompañarte
Sin pesarte

No soy quien te conviene
ahora que inicié
el tiempo de destruirme.

Si el daño fuera
Solo colateral
Si mi recuerdo fuera también una risa.

¡Que bueno sería
si la vida continuara
sin lágrimas, y a toda prisa!

Súper fluo

Quise retenerte apretando fuerte
Y mis manos se abren al pasar los días 
Entre los dedos ya no puedo guardarte, 
 cómo poco a poco se escapa la vida 

En un tiempo al que no pertenezco 
todo lo que hago parece superfluo 
Y sigo eligiendo cuál es el momento 
de dejarlo pronto y desaparecer contigo 

Dejar atrás el futuro incierto 
cada vez más agrio, también más oscuro 
no me cuesta tanto. Dime donde busco 
donde me derramo, que no sea un diluvio 

El rincón tranquilo, un banco del parque 
El viento suave, hoy amanece lento 
Una ola, un abrazo, que cabemos juntos 
Una última mirada, espirar profundo. 

Líquido sobrante que se derrama fuera del recipiente, y por consiguiente innecesario, excesivo e inútil, que no cumple ninguna función. Superfluo

Cuando Tu No Estas

Caricia

El suave tacto
La textura sedosa
La intención
El ademán cancelado
El calor debido
La continuidad incansable
La paciencia
El respeto
La dulzura
La cadencia perfecta
La pausa
La intensidad precisa
El cariño dado
El tiempo detenido
La mesura

La caricia de corazón
El roce de tu mano
La lenta y dulce pasión

¡Acaríciame!

De pronto, sin avisar

Foto de Mikael Kapanaga
en fivehundredpx

De pronto sin avisar nos envuelve, cerca de la costa, la niebla del mar.
Y con ella la tristeza, que entra igual, sin ruido y con afán invasor.
No es solo que el día esté gris, y a estas alturas del año, con calor. Es que sin razón aparente no veo a donde ir, ni que hacer aquí. No estoy de humor para reuniones y no quiero compartir tristeza.
Es melancolía. Es inapetencia y falta de energía.
Es rendición, aceptar el fracaso. Es consumirte por dentro, enfermar sin oponerse.
Es despedida.
Es la tristeza.

El Muro

Me encontré de frente con un muro.
No era la primera vez, pero antes siempre escalaba para saltar y seguir con mi camino. Al menos lo intentaba.
Esta vez me quedé parado frente a él, mirando. Sin hacer nada, exhausto.
Estuve dibujando sobre el, para ver si desaparecía. O quizás para sentir que se abría un paso y me dejaría continuar.
Pero no. Ahí estaba el muro plantado. Plantado ante mi, sin ruido, sin moverse.
Yo también plantado ante él, sin moverme.
Y me dormí.
¿Que pensará esta mole gigante para mi tamaño que hago aquí frente a frente tanto tiempo?
Si es cuestión de paciencia, le echaré un poco, pero he llegado hasta aquí con la paciencia casi agotada. También justo de fuerzas. Y en consecuencia alterado, cansado e impaciente.
He recorrido muchos caminos, en bajada, en llano, rápidos y lentos. He salido de laberintos y encrucijadas. A veces también anduve en barbecho. Me encontré con situaciones de muchísima dificultad, con senderos empinados que había que atacar, siempre adelante, sin parar.
Hasta que me tope con mi muro. Todos tenemos uno, y el mío lo tengo ahora frente a mi.
No tiene porque ser grande. Ni siquiera de piedra o de cal. Puede ser una circunstancia, una situación inesperada. Solo que este no lo vas a superar.
Es un “hasta aquí hemos llegado”
Creo que quizás aún podía intentar superarlo, pero no tengo el ánimo, ni el deseo, ni la curiosidad. Es que realmente quiero quedarme aquí, frente a mi muro. Y no dar ningún un paso más.
Me arrodillé cómodamente delante para observarlo. Luego me senté con las piernas recogidas en cuclillas a descubrirlo. Porque este era Mi Muro.
Cuando pasas algún tiempo mirando cambia de color, de oscuro a brillante. Se convierte en un espejo donde te ves caminando en el pasado. Reconoces a personas queridas y a situaciones pasadas. Todo está ahí enfrente.
Ya no tengo dudas, ni fuerzas, ni ganas de moverme.
Todos tenemos nuestro muro. Lo encuentras antes o después. Este es mi muro. Lo encontré. Hasta aquí llegué.

Escribir

Dejé de escribir cuando sufría, para no hacerlo contagioso.
Dejé de escribir cuando no vivía, y tampoco dormía.
Dejé de escribir cuando abandoné la esperanza, que ya no me seguía.
Y dejé de escribir lo que a nadie importaba, y solo quería morir.
Todo lo perdí. La memoria de lo imprescindible, sobrevivir. Las necesidades innegables, respirar me costaba. La ambición, la competencia, la habilidad, la fuerza, la destreza, el interés por algo, cualquier cosa, también lo perdí. Las rutinas saludables, el cuidado propio, las amistades, las aficiones, los sueños, la felicidad.

Escuchaba conversaciones, apenas susurros, ruidos inesperados, aún estando solo. Cada vez más solo. 

Soñaba despierto cada noche, una y otra vez con detalle mis fracasos en bucle infinito.

Cada vez mas medicado, la tensión disparada, en guerra conmigo mismo, a medio riñón de intoxicarme, vomitando lo que no comí, con menos salud, viviendo la coplilla de Veneno “Por favor doctor, Recéteme Vd. un sedante que me quite la velocidad que cogí con lo de antes.” 

Escuchando consejos amigos, la medicación te ayuda, pero tan solo tú podrás curarte.

Y si de mi depende, se hace difícil, pero mi interés esta en cómo puede uno esfumarse, hacerse invisible, desaparecer. 

Y así dejé de escribir. 

Y de ser. 

Ahora ando refugiado detrás de una sonrisa eterna. Esperando que nada pase, como así ocurre. 

Se ha derrumbado mi mundo, que tanto esfuerzo me costo construir, y de los que solo un montón de escombros dan cuenta de lo que fue. 

Más nada de recuerdo dejo atrás, ni merece la pena. Tampoco arreglé el mundo como en mis sueños, ni conseguí que la gente fuera más feliz. Solo repartí algo de dignidad.

Todo lo perdí, y me olvidé. 

Dejé de escribir. Y así es como dejé de existir. En un mundo al que no pertenezco.

Si dejara de sentir estaré cerca de morir. …que para lo que hay…