… ese sendero

No supimos el porqué  
nos encontramos al paso  
en direcciones opuestas  
por un sendero tan largo 

Nos miramos de frente  
Decidimos intentarlo 
Fue una idea absurda  
un completo fracaso 

Fue intenso y corto 
Fue verdadero, un sueño  
sacado de un cuento  
en un bosque fantástico  

Es un todo o nada  
No podemos explicarlo  
Nunca funcionó a medias  
Así es mejor terminarlo  

No siento una parte de mi  
Creo que murió al dejarlo  
Un parte del corazón paró  
Mil veces intenté reanimarlo  

Se que fue casualidad  
haberte encontrado  
en esa encrucijada de vértigo  
fundidos en un abrazo 

Adiós mi amor de cuento  
Mi amor dulce y salado  
Será extraño no volver  
a ese sendero, ya lejano.

Joaquin Costa

Joaquin Costa (1846 – 1911) fue un jurista, historiador y erudito, que soñó con reformar España para acabar con la corrupción, promover el desarrollo y acercarla a Europa. Quizás por eso nadie se ha atrevido, hasta la fecha, a cambiar el nombre a las calles que tiene nominadas por toda España.


La que a mi me interesa, en mis recuerdos desde la mirada de bajito de siete u ocho años, donde todo me parecía fascinante y enorme, está en Badajoz, junto a la Puerta de Palma. Y corre junto al lienzo de muralla que arranca de ella, a un lado del río, en dirección a la Puerta de Carros de la Alcazaba.
Allí nací, en casa de mi abuela Engracia, mirando de frente Puerta Palma, la muralla y el “cuatro”, donde tantas veces jugaron mis tíos y mi madre. 
De esa casa del segundo piso siempre recordaré como al entrar en el zaguán gritábamos “abrir” a través del hueco de la escalera para anunciar la visita a tía Mechi.
Desde su balcón con persiana miraba con curiosidad las calles, la gente y algún que otro coche que circulaba en la calle o en la plaza.
Siempre me llamó la atención los enormes árboles de la Plaza que daban sombra y un poquito de frescor en verano. Siempre con gente, con bullicio, a veces llena de autobuses de portugueses que venían, especialmente a la feria de San Juan, a finales de junio, recién comenzado el verano.
Y el trasiego de familias gitanas hacia el Convento; ellas con sus enormes faldas hasta los pies, superpuestas unas encima de otras, y su delantal; ellos vestidos de negro y sombrero, con una vara en la mano.

En la misma calle Joaquin Costa, en el número 22, visitaba a mi tía Nana. Una casa con un enorme cocherón que abarcaba casi por completo la fachada, dejando justo el espacio para la puerta de acceso a las viviendas del primer piso.
Me quedaba extasiado mirando las maniobras del gigantesco camión de mi tío Joaquin, cargado de sal, entrando por ese portón. Casi no cabía. 
Cuando el camión estaba de viaje, la cochera me parecía mucho más grande. A veces tenía aparcados unos isocarros rotulados con “legia Romo” preciosos, y nos dejaba subir en ellos y jugar a conducirlos, moviendo con esfuerzo sus manillares y saltando en los asientos, simulando que estaban en marcha.
En un lateral tenía mi tío una pequeña oficina de mamparos de madera y cristal, con una ventanilla para despachar los pedidos y cobrar. Me gustaba bajar allí con él. Lo tenía todo ordenado, con sus carpetas de anillas, y las azules y rojas de cierre con goma elástica. Su lapicero ordenado, el tampón con el sello, y la goma de borrar. Y una fotografía grande enmarcada de su camión de tres ejes.
Me encantaba como explicaba todo con paciencia y complacido por mi interés.
Al fondo del garaje tenía ordenado un banco de trabajo con herramientas y un pequeñísimo patio con un lavadero. En esta zona siempre acababa perdido de grasa, pero la curiosidad por coger las herramientas y probarlas me superaba. Antes de subir a la casa, me sacaba una pastilla de jabón y estropajo para lavarnos bien las manos, supongo que preocupado por aliviar la pequeña regañina que nos esperaba arriba.
A la casa subíamos por un acceso a la escalera y estaba en el primer piso. Empezaba con un larguísimo pasillo con varias curvas, que daba acceso a los dormitorios a la izquierda y el baño y la cocina a la derecha, desembocando finalmente en la sala. Al fondo de la sala, una gran estantería, donde alguna vez, uno de mis primos más pequeños que yo, trepaba como si fuera una escalera, con el miedo y disgusto de sus padres. Una proeza de atrevimiento, para mi.
Desde la ventana de la cocina, a través del patio, mi tía Nana nos avisaba de la comida, si estábamos en el garaje.
El pasillo era un desahogo para los niños. Era ancho y largo. Allí jugábamos correteando, o puestos de rodilla, unos enfrente de otros, pasando la pelota verde que te daban con los zapatos “Gorila”, en un torneo interminable (Quizás preconizó el juego Air-Hokey de las salas de juego). 

Nosotros vivíamos bastante lejos, junto al nuevo hospital. Pero los sábados por la mañana, no tenia ninguna pereza en ir con la bici o caminando para ver a mis abuelas y acabar en casa de tía Nana.
Aún todavía los echo de menos.

Pájaros

Como un pájaro de perfil en un tejado 
Al fondo amanece con rabia 
Subido en la veleta del campanario 
como si fuera la guía del vendaval 
que viene cargado de nubes 
con ganas de primavera 
me lleva lejos 
por otro camino cualquiera 

Juramento

Por todas las veces que amé 
a corazón despierto. 
Despachando amor 
y recibiendo todo, o nada.

Por todas las veces que no. 
Que renuncié llorando, 
y, de todas las maneras, 
fue lo mejor para los dos. 

Por la infinidad de veces 
que se me escapó, 
que no reparé. 
Y seguí mi camino, incansable. 

Os juro por mi conciencia, 
que sin amor 
no hay existencia. 
Que se vive muriendo de amor. 

Sentenciado por la flor 
que desojando pétalos 
despejaba dudas. 
Y decidió esperar el último beso.

Anhelo con devoción 
encontrarlo nuevamente, 
contenida la respiración, 
antes que llegue la muerte. 

Niégame un beso. 
Porque siempre de eso 
se nos va la vida. 
Y te queda solo amor. ... y soledad

Días de sol y agua

Días de sol y agua. 
Primavera que comienza 
encerrados de lujo. 
Esta casa es tu mundo 
mas cercano. 

Y mi mano vacía, 
echa de menos tu mano, 
tus caricias suaves. 
Y tu sonrisa. 

Tú paciencia infinita 
en un tiempo infinito, 
varado a la orilla 
de tu regazo. 

Todo lo daría 
por tenerte de nuevo, 
aquí a mi lado. 

Estrechar contra mi pecho tu pecho, 
golpeando el corazón agitado, 
en un abrazo.

Mar de invierno

Querer, si no te corresponde. 
Ese es el infierno 
más ardiente. 
Infinita tortura 
sin solución definitiva. 
Solo olvido imposible 
y distancia infinita. 

Allí donde solo el silencio 
no te turba. 
Donde la violencia es 
que nada pase, 
es donde camino sin fuerza, 
donde me elevo cada día 
para caer en el abismo eterno. 

Soy el único espectador 
del derrumbe completo 
de un sueño 
que a nadie mas importa, 
y que es mi vida entera 
destruida 
por el mar de invierno.

HOY

Hoy echo de menos la aventura de vivir enamorado.   
La ilusión desbordada. 
La locura de existir y estar por otra persona. 
Por ti.

La alegría constante sin razón aparente. 
La impaciencia de esperar a verte. 
Los nervios mirándote de frente. 
El placer de sentirme querido. 

Los millones de planes que constantemente hacemos. 
El tiempo parado en interminables caricias. 
El corazón acelerado mientras te veo llegar. 
El sueño alterado si te imagino cada noche. 

La única sonrisa que reconozco en la multitud. 
La certeza de sentirme coordinado como tu pareja de baile. 
La cercanía sin barreras, sin límites. 
Las manos entrelazadas durante el paseo. 

Te echo muchísimo de menos. 
Te espero aunque pase mucho tiempo. 
Extraño este corazón vacío. 
Es necesidad: ¡Te quiero a ti!

(A mi madre, por su entrega infinita y su amor sin límites.
A mi padre: por que se que a veces ese brillo cuando la mira es amor.)