La fuente

En el patio del cole, en una esquina, pusieron una fuente con grifos de agua para beber o limpiarte la cara y las manos. El diseño era minimalista y muy práctico. Se trataba de un murete de ladrillo visto, que a ambas caras tenía una serie de grifos normales de cobre (ahora serían vintage), por lo menos siete y ocho por cada lado, y rematando la obra una canaleta de desagüe tapada por rejillas metálicas.
Fue, al principio, lo más parecido a unas duchas para después de gimnasia o entreno de deportes.
Y el agua buenísima: fría en invierno, caliente en verano, siempre abundante, y creo que nadie enfermó a pesar de que los grifos los chupaba todo cristo.
Hacia la fuente esprintamos trescientos sedientos desde todos los rincones del patio en el momento que sonaba el timbre del final del recreo. Se hacían colas enormes, con sus lances y empujones, pero que se resolvían con rapidez, porque había que #ponerseenfila y entrar con orden cada uno en su clase.
Eso no salía bien de primeras, y recuerdo que nos tuvieron un día entero en el patio; sonaba el timbre, corriendo a la fila, por orden de estatura, siempre en el mismo orden, entrar en clase; salir de clase al patio de nuevo; sonaba el timbre, corriendo a la fila, entrar en clase…. a la de cuatro nos dio la risa, pero nos enseñaron a entrar en orden.
Hace tiempo, mucho, que no voy por el cole, pero estaría por apostar que él murete de la fuente sigue en ese rincón del patio. Te puedes creer que el puñetero murete de los grifos es un recuerdo agradable del colegio.

Bachiller

Empezamos el bachiller en Los Salesianos. Un colegio nuevo, grande y vacío, que se fue llenando año a año.
El primero de ellos todo por hacer.
El patio enorme era una llano de tierra, que se llena de charcos. ¡Imagina el rato del recreo! Menos mal que alrededor había unos soportales enormes. En poco tiempo lo asfaltaron, pero seguía habiendo charcos. Solo que con esta mejora, si te caías, renovabas la piel de una sola vez.
Allí empezamos a jugar a la pelota, luego al balonmano y el basket.
Antes arreglamos el campo de fútbol a la trasera del edificio, empleando las horas de gimnasia y deporte a hacer batidas recogiendo piedras y restos de ladrillo y escombros de obra. Cada clase, en su hora de gin, doblaban la espalda para recoger piedras del campo de fútbol. En pocos meses, apenas un curso, el terreno era una alfombra. Se pusieron las porterías y que ruede el balón. Nadie nos dijo nunca, o yo no me enteré, porque estoy siempre en babia, lo del esfuerzo colectivo, el objetivo común conseguido y tal, pero siempre he sentido que, si el colegio llegó a tener un equipazo en primera juvenil nacional, y un jugador o dos, llegaron al Atletico de Madrid de primera división y tal y tal, fué por el esfuerzo colectivo de 150 y tantos niños recogiendo piedras un año. Vale, después hubo más cosas que también ayudaron, pero lo nuestro no nos lo quita nadie. También felices con esto. Hoy sería imposible una cosa igual.  Gracias generación de alumnos del 58, 59 y 60 Ahí lo dejo.

Cuento de Navidad. Tapia2

En mi pueblo, donde vivimos en mi caso, desde siempre y hasta los 8 años, las puertas de las casas y los portones del corral siempre estaban abiertos.
La gente entraba y salía como Perico por su casa, con la condición de que, nada más traspasado el umbral, se anunciaran a voz en grito o preguntaran por el dueño de la casa, también en el mismo tono. Ej.- ¡¡soy Luisito!!, y pa dentro. O también ¡¡Emilianaaa!! , y pa dentro también.
No obstante, a los chiquillos del lugar, nos flipaba trepar a las tapias, al salto o escalando árboles cercanos. Y andar a lo largo del filo estrecho y así pasar de un corral a otro, y de una casa a otra. ¡Era una cosa tremenda! A pesar de las riñas de los mayores, del riesgo de caídas, algunas con brazos rotos, o quizás por todo eso, andábamos como gatos trepando de tapia  en tapia, y pasando de corral en corral. Los pantalones rotos en las rodillas y en el trasero, que remendaban nuestras madres con parches de escay. Quien más parches tenía, más caídas, más valiente. En fin… Arañazos, torceduras, raspones, echos un cristo todo el santo día dando saltos,… y felices hasta doler.
Cuando nos mudamos a la ciudad, pasamos un tiempo bastante triste. No podíamos salir a la calle, había un lío de coches por todos lados, no había corral, ni patio… ¡un desastre!
Hasta que un día, un vecinito me dijo: – ¿vienes a jugar al frontón a los Maristas?. – – Pero si está cerrado. Le contesté.
-No importa. Podemos saltar por la tapia. !Que!, ¡La tapia! No sabe este chico la alegría que me dió. Desde entonces no faltaba un domingo a jugar al frontón en Los Maristas, que estaba cerrado. Hasta que llegaba el hermano Paco y nos echaba de allí, que se estaba haciendo de noche. Y todos corriendo a trepar por la tapia y a saltar para casa.
Una infancia durísima. Perdón quería decir felicísima. ¡Ya te digo!

Cuento de Navidad. La tapia

En la casa del pueblo, desde el corral, a través de una puertecita pequeña de madera, teníamos acceso directo al patio de la escuela. Por allí caminábamos todos los días, de suerte que se fue haciendo una veredita de camino a la puerta. Justo detrás de la puerta, de la parte del patio de la escuela, descubrimos que si nos pegábamos bien a la tapia, mi madre no nos veía desde la casa. Ni siquiera estando arriba, en los dormitorios de la primera planta. Alguna vez, desde la ventana abierta de esos cuartos, nos echaba un vistazo, o nos llamaba; y nosotros le contestábamos agitando la mano en alto.
En una ocasión, un día de fin de semana, que mis padres aprovechaban para dormir un ratito más, mis hermanos y yo, al mando del más pequeño (ciclista y matador de hormigas, como sabéis) nos despertamos muy temprano y, procurando no hacer ruido, salimos sin avisar a nadie, cruzamos el corral por la veredita, y pasamos al patio de la escuela, bien pegaditos a la tapia, escondidos. Mi madre despertó al poco y nos buscó desesperada por toda la casa. Mientras, nosotros aguantamos agazapados detrás de la tapia. No mucho tiempo, porque aquella aventura nos aburrió pronto, estábamos sin desayunar y decidimos volver, todavía en pijama, corriendo de vuelta a casa. Al vernos mi madre nos dio un abrazo breve y nos envió cada uno a su silla del rincon – “ahí quieto, sin moverte” –

En unas Navidades, los Reyes Magos lo bordaron: nos trajeron un muñeco, un balón de reglamento (de fútbol) y una bicicleta para compartir. Somos cinco niños y una niña. Descontados los dos pequeños, que no llegaban a los pedales, aún quedábamos tres o cuatro para hacer turnos con la bici. Y se nos ocurrió una prueba de habilidad: en el patio habia una pequeña rampita hacia abajo, en dirección a la tapia. La prueba consistía en pedalear cuesta abajo, a toda pastilla, y frenar lo más cerca posible de la pared encalada. Y a ello nos pusimos mis hermanos y yo, por turnos, pedaleando contra la pared. Hubo heridos, pero sin importancia. Y a la bici le doblamos el eje delantero. La dejamos un poquito “chata” diríamos.
Menuda tarde emocionante de Reyes en el 32 de la calle de las Mercedes. Fue por siempre una FELIZ NAVIDAD. 

Ahora que lo pienso, he tenido más tardes con colisiones con otras tapias. Algunas en moto, en coche marcha atrás … Le preguntaré al psiquiatra, por si me lo tengo que hacer ver. Lo de la tapia, digo.

Cuento de Navidad. La casa

La última Navidad que pasé en el pueblo, tenía 6 o 7 años, no más. Eran tiempos revueltos en casa. Estábamos de vacaciones, todos. Carreras, frío y calor, partidos de fútbol interminables, y mañanas al sol, si había suerte, en el patio. Si no, una tanda de botas katiuskas todas negras, que pegan con todo (no las teníamos de otro color), y a sortear charcos y meternos en el barro. Acabamos siempre con la ropa perdida de agua y barro. Nada de aburrimiento. Mis hermanos y yo incansables, pasábamos de, echar carreras, tirar la peonza, marear con la pelota o disparar con pistolas y escopetas de palos, jugando a “La Ponderosa”, a sentarnos en cuclillas alrededor de la cocinita de mi hermana, porque era la hora de comer en el rancho. Todo imaginado. El menú, hojas verdes de maceta, con tierrita mojada; y de postre geranios rojos. Deliciosos, servidos desde la cacerolita de latón a la mini vajilla de mini platos de plástico de colores. Tranquilamente. No por mucho tiempo. La cosa se iba calentando, intentando subir a los arbolitos del patio, asustar a las gallinas o jugar al balón con la cabeza del muñeco de mi hermana, mientras ella, hecha un mar de lágrimas, reclamaba ayuda (esta era una fijación de mi hermano rubio, el del remolino en el pelo, a la que sucumbíamos de vez en cuando). Después de un castigo ejemplar, consistente normalmente en separarnos en las cuatro esquinas – ¡ahí quieto, sin moverte! – que tampoco duraba tanto, nos reagrupábamos en torno a nuestro campeón “matador de hormigas”, otro de mis hermanos pequeños (para mi eran todos pequeños, siendo yo el mayor) que ademas tenía muy claro que quería ser ciclista y matador de hormigas al mismo tiempo. Calcula que el ya tenía en esos tiempos dos o tres años de conciencia, que en su caso, era muchísima. Un líder.
Ese año mi hermana me dijo al oído que los Reyes Magos eran dos. Y que los teníamos todo el año en casa. Primero lloré. Después de unos minutos, ya más calmado, negué la veracidad de esa información. Yo los había escuchado alguna noche de Reyes, cargados de regalillos, no todos para nosotros, mientras apretaba los ojos cerrados y escondía mi cabeza bajo las sábanas sin respirar para no romper el hechizo. Pero mi hermana insistió, clavando sus ojitos negros en los míos, mientras me confirmaba su descubrimiento. La verdad es que ella quería ser mayor. Y yo no.
Sería nuestra última Navidad en ese pequeño paraíso donde crecimos (un poquito), en el 32 de la calle de las Mercedes, antes de ir a vivir a la ciudad. Una parte de mí, se quedó allí, en esa casa. Fué por siempre una FELIZ NAVIDAD

Historia imposible

No sabes cuanto, 
en días interminables, 
clavada tu imagen en mi cabeza, 
en la cama solitaria, 
empezando de mañana, te extraño. 

Te asustaste. 
Y para no perderme, 
te perdiste de vista. 
Impusiste un silencio atronador. 
Pero te echaba de menos. 

De ahora en adelante prometo 
no decirte que te quiero. 
Solo acariciar tu pelo. 
Hablar con las manos. 
Mantener el corazón en silencio. 

Prometo no hacer planes de futuro. 
Solo ayudarte si lo pides. 
Bailar, divertirnos, improvisar, 
dejarte espacio libre. 
Y, en silencio, echarte de menos. 

Y prometo que vamos a ser felices  
en este infierno. 
Que cerraremos las cicatrices. 
Y viviremos un sueño 
donde nunca nos diremos te quiero .  

La leyenda de dos lobos

Una mañana, un viejo Cherokee intentaba explicar a su nieto cómo dominar el odio que sentía en su interior.

Él dijo, “Hijo, la batalla es entre dos lobos dentro de nosotros”.

“Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, soberbia, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego.

“El otro es Bueno – Es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad,
benevolencia, amistad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe.

El nieto lo meditó un minuto y luego preguntó a su abuelo:

“¿Qué lobo gana?”

El viejo Cherokee respondió: “Aquél al que alimentes.