Nos vemos en el futuro

-¡Nos vemos en el futuro¡ Alejandra escuchó aquella frase, la voz de aquel hombre resonó en su cerebro, parecía decírlo a ella. Volteó y se alejaba, …

Nos vemos en el futuro

De Luna en Mengua

Encantador

Más no cambies nada

Casas con living y closed.
Eso lo perdí. 
Chalets a medias en cien cuadras
a la redonda de donde viví. 

La iglesia a dos pasos, 
en dirección contraria. 
Los pomos, los jugos a centavos, 
los abrazos, la risa emisaria. 

El arranque ruidoso del carro. 
El café colado de las seis.  
La yerba cortada a machete, 
el pulso parado, tal vez. 

Nunca volveré. 
Nunca me fui. 
Solo se que sueño
con estar allí. 

Nunca cambiaré 
lo que tengo aquí. 
Nunca olvidaré 
lo que allí aprendí. 

El splass de madrugada
en la piscina de al lado. 
La certeza de nada 
de lo que había planeado. 

…. Y llueve a cántaros 
como si no hubiera un mañana
La Habana, Miramar, El Vedado, 
café con el que muero, cubana. 

Paseos amaneciendo, 
pisando las calles, mi gente. 
Todo descuidado, tan decadente, 
tan perfecto. Ayúdame si puedes. 



Despiértame del sueño, mi hermana. 
Háblame del sufrimiento. 
No dejes de mirarme,  
más nunca cambies nada. 

Nunca volveré. 
Nunca me fui. 
Solo se que sueño
con estar allí. 

Nunca cambiaré 
lo que tengo aquí. 
Nunca olvidaré 
lo que allí aprendí. 



La Habana, Cuba. 2016 

Con todo, un sueño feliz

Con todos los flancos abiertos, y los frentes ardiendo, no es casualidad que me quiera, soledad. 

No todas las espinas te traen una rosa. Todas las historias tienen más de un final, que vuelven a ti eternamente, tristes inevitablemente, y felices también. 

No soporto ya más otro rechazo, hasta que de nuevo me alcance el próximo. Así, sigo esperando una sonrisa, unos ojos para quedarme a mirar. Ah! 

Siempre que te dejo parezco más viejo. 

La ignorancia no da la felicidad, la verdad siempre está escondida del calor. Me molesta el ruido, no soporto el dolor, cada vez que quiero estar en paz me impaciento. 

El sufrimiento  es cruel, y no dejamos de buscarlo a diario. 

Ojalá me tocara la lotería para repartir pequeños trozos de alegría de papel (ilusos). 

Doctor recétame una pastilla que deshaga el nudo en la garganta, y de amor sin parar, vuelva a cantar. 

Nunca dejaré de buscarte amor, a pesar del veneno que me das de beber. 

Beber entorna los sentidos; caer en mitad del llano es lo que más risa me da. 

¿Donde está la salida? Que quiero empezar el camino de regreso y volver a empezar. 

(Risas)

Casa

Antes, cuando de verdad quería, creía que la casa era una fortaleza que contenía los valores, la paz y el cariño. Eran los recuerdos, el futuro, la referencia, era el hogar. 

Hacíamos derroche de ello y compartíamos con la familia y los amigos.

Los tiempos de ahora me han hecho el gestor de la estancia, manteniendo la fachada en pie, y administrando sus servicios, los suministros de luz, gas y agua, la despensa, la conexión constante de teléfonos y red, la colada, y la limpieza. El combustible, la ropa, impuestos, y demás.

Ni una sola cosa más. 

Así comparto piso con moradores, del tipo ese de solo para dormir y descansar, y también lo tengo del tipo ese de “armario”, solo para llegar ducharse, cambiarse de ropa y salir; pero ambos sin horarios ni compromiso. 

Un lujo. 

Sin discusión. 

Perdí un hogar, y me encontré una casa enorme que atender a solas. 

Reconozco que, según me vino de pronto, no me alcanza el tiempo para todo (cocinar, la ropa, la limpieza, la compra, … hasta la mascota) y menos para hacerlo bien,  al punto que aveces recibo quejas por la falta de alguna cosa en la despensa, problemas con alguna prenda en la lavadora, y cosas así… domésticas. 

Si recibimos visita, quizás almorcemos juntos. Pero rapidito, sin apenas sobremesa y conversación. 

A los desayunos no llegamos, por la diferencia horaria, tú me entiendes. Y las cenas directamente sé cancelaron. 

Lo mismo son cosas mías, pero esto, así como va no me gusta. Y estoy en la duda razonable, ese filo estrechito por donde es difícil equilibrar. Así que no se si echarlos o largarme.  

El “fuego” del hogar está completamente extinguido. 

Y ya solo queda la casa. 

Y sus cosas. 

Pero no perdamos el humor. El bueno, me refiero. 

Y unas flores. 

Nada tiene sentido

Mientras te miro, nada tiene sentido. 
Desconozco el porqué estoy aquí, contigo. 
Somos dos desconocidos. 
Impaciente dejo pasar los minutos y me olvido. 

Imaginando los colores de las flores. 
A ojos cerrados, los olores, 
la caricia del agua del mar, 
en el cielo, volar… 

La cabeza va a estallar, 
nervios a flor de piel . 
No puedo, no quiero parar.
Quiero salir, 
a escondidas, escapar. 

Ir allí 
           Estar contigo 
                                       Soñar 
                                                    Estar cerca 

            FIN

Derramado

Corazón derramado
Amanece
Mar en la luz
Cielo añil 
Frío que despereza

Dame tu mano
Tengo tu espera 
No espero nada de ti
Pierdo la cabeza 

Pájaro que mira y salta
Tira la caña y deja
la cama vacía sin dudas
Para que vengas 

No te detengas
en la orilla de arena
Vuela para que vuelva
Vuela corazón de pecas

Mota oscura
a contraluz 
de la inmensidad
del mar 

Este mar cansado
pausado y quieto 
que nada te pide 
que nada te da 

Yo que solo quise
ser quien te lavaba tus pies 
Y no miraste 
solo que olvidé. 



El marqués del cuento

Y se murió el marqués. 

Sin título ni legado. 

Siempre rodeado de gente, siempre tan solo. En su cara una sonrisa como siempre. 

En su habitación nadie presente y mucha gente de paso. 

Todo pasó tan deprisa. 

Murió joven para su edad, pero mucho más tarde de lo que hubiera deseado. 

Tan solo siempre, desde hace tanto tiempo, que ha sido un milagro que llegara entero a este momento. Siempre dijo “todos vamos a morir, pero no hay prisa”, tranquilos. 

Claro que de todo, siempre le salvó escribir. 

Siempre es pronto para morir, no es una frase que se le pueda aplicar ante el deseo intenso del que hacía gala en cada momento por despedirse. 

Al contrario, “me voy” era una cantinela que repetía machaconamente casi nada más llegar a cada sitio, a cada reunión, para el desespero de los anfitriones. 

Buen anfitrión él en sus dominios. Ponía todo su empeño y esfuerzo en demostrarlo hasta un nivel obsesivo, casi excesivo. 

No fue nunca el ser más sociable que pudieras encontrar. Más bien gustaba de estar apartado, en largos silencios, paseos en solitario, enfrascados en sus pensamientos y sus cuentos. Y así también gran observador, meticuloso, mirando todo al detalle, tan curioso que ni el más insignificante se le pasaba de mirar. 

Aprendió desde bien joven que el máximo poder e influencia consistía en haber ayudado a “crecer” a la gente que le rodeaba, consiguiendo mejorar su vida y sus opciones de progresar. 

No admitía regalos ni reconocimiento. Siempre anhelaba pasar desapercibido. 

Cuando fue necesario, no le importó tomar el trabajo de otros con tal de conseguir acabar con la tarea de todos. 

Queriendo ser escudero, le tocó por propia iniciativa comandar la nave, asumir las decisiones sin pestañear. Blandiendo su buen criterio en cada momento, aceptando los errores propios y los extraños sin rechistar, intentando resolver conflictos y mejorar las reuniones de gente con opiniones dispares. 

Mejor consejero de otros que de aprovechar sus propias oportunidades. 

¡Que buen caballero, si tuviera un gran señor! que escribieron del Cid, era como una sentencia que le perseguía en el tiempo. 

De acuerdo a una vida interior intensa, se esforzaba para estar siempre alegre, como autodefensa a su destino, del que siempre renegó con rebeldía y consiguió cambiar definitivamente. 

Siempre pensó que el gusto por la música y el buen humor, como tarea y predisposición diaria, fue la herencia materna. 

Encontró en la fina ironía una forma de expresión a su medida, escuchando en silencio desde pequeño a su padre, y luego reafirmando su gusto en conversaciones reveladoras entre risas auténticas y sinceras con su tío jesuita, indiscutible referencia vital, y que fue esclavo de sus creencias, su genio y su “parroquia” hasta el último día desafiante de su intensa vida. 

Fue engordando su currículum oculto, estudiando sin parar todo lo que creía necesario a su causa, siendo el gusto por los libros y la lectura su herencia paterna más considerable. 

Sus amores, espléndidos, intensísimos y escasos, fueron sin duda su motor y su energía. Nunca aprendió a estar solo, y ese fue su final. 

Sus nietos fueron definitivamente su debilidad, y la certeza de que se le escapaba la vida, esa que ya no le pertenecía. 

Sus hijos, todos y cada uno, una pizca parecidos pero todos distintos y únicos, fueron su devoción y su CAUSA por siempre. Para cada uno guardó un pequeño tesoro escondido en un abrazo, una mirada, una sonrisa, una complicidad y un beso. 

Fueron llegando poco a poco hasta colmar una vida extensa y fueron imprescindibles para agrandar su personalidad y su experiencia. 

A los veinte y pocos años, y recién casados, ya le leyeron a él en la palma de la mano, paseando las calles de Granada, que la vida le sería larga e intensa, con hijos y amor, aquella gitana morena y espléndida, “dame tu mano, marqué, y cómprame un romerito”  Y la voluntad. 

La voluntad nunca le falló. La voluntad y los sueños, que maduraron el perfil de su rostro de niño y cincelaron un cuerpo enorme de adolescente en cada entrenamiento de madrugada, antes de clases del colegio, al que no faltaba nunca, aunque lloviera o helara de frío como solo hace en Extremadura, enfundado en sus pantalones cortos y camiseta de baloncesto a pesar de cualquier inclemencia. Nunca dejó ese juego hasta casi los treinta. 

Cantar y tocar la guitarra, que abandonó en una decisión estúpida por un mal de amores.

Las primeras canciones cantadas a dos voces con su hermano más querido, que le abrieron el alma y la curiosidad por escribir historias cotidianas, a la sombra de una encina en las tardes espesas de calor del verano. Y el folk country y las guitarras acústicas prestadas… 

El tocadiscos y la música de sus padres, las canciones a “grito pelao” en los viajes en coche, apelotonados los seis hermanos, unos encima de otros, en el asiento de atrás de un Renault 4L, atrapó su atención para siempre.

Y luego la guitarra, la primera llegó a casa de la mano de su única hermana y sus clases de rondalla, pero seduciéndolo a escondidas tardes interminables de aprender los acordes, autodidacta, en el salón de su casa. 

La libertad que le otorgó conducir, su inmenso amor por los coches, su pasión por las motos, desde el primer ciclomotor o el SIMCA mil usado y pintado a mano, hasta el utilitario de estreno, los coupe deportivos, todoterreno, monovolumen, los grandes sedán, por no olvidarse de las motos de cross, escúters, deportivas, sport tourer… dejan rastro singular de su habilidad y su afición. 

Conducir fue su experiencia y pasión más transversal desde que se subiera a motor parado en la Mobillette negra de su padre con cinco años , la estudiara al detalle, admirado, sentado en cuclillas durante horas frente a ella sin desfallecer. Y luego la sucedieron la Lambretta, que el obispado asignó a su tío cura, y su chasis monocasco, su escudo de chapa, su pedal de freno, sus dos asientos separados, sus tapas laterales que escondían el motor y la rueda de repuesto … 

En el coche familiar, siempre sentado en el asiento trasero, justo detrás de su padre, desde donde le observaba incansable durante cada trayecto, memorizando cada gesto, cada pisada al pedal y mano a la palanca de cambio, cada giro de volante, cada mirada … 

La caterva de hermanos, queridísimos e imprescindibles primeros compañeros de juegos interminables, futbolistas, princesas, toreros, ciclistas y matadores de hormigas.  

Su hermana, única hermana indefensa entre tantos hermanos varones, brutos pegadores de patadas, y a la vez tan valiente: fue siempre la única que durmió sola. 

Ese primer año de vida, con su hermana gemela por tamaño, parlanchina, sentados en una mantita en el patio de casa, jugando inocentemente con un escorpión, tan FELIZ. 

Todo tan rápido. 

Al fin. 

El último banco

Se acerca la tarde. Aquí hace brisa fresca de poniente. Después del día intenso de calor, se agradece un poco de esta pausa viendo caer el sol. 

Ahora no tengo nada más que hacer que mirar el horizonte, con el sol de cara, encendido, pero ya no ardiente. Su fulgor se ha transformado en seda, en calor terciopelo, mientras empieza a hundirse en el mar azul marengo. 

Solo son unos minutos, largos, menos de una hora mágica que abre la puerta de los sueños. Donde una caricia multiplica su valor, llegando a lo más profundo del corazón. 

Aunque alrededor siguen jugando sin parar, siguen las conversaciones en tonos de compartir, eres capaz de concentrar tu alma en la caída al mar del día, hasta el punto de silenciar el momento como si fuera una fotografía, una cinta de película muda. 

Daría mi vida por tus pensamientos. 

Toda la vida en la emoción serena de un sueño, de una historia de cuento, de un cuento que termina en la noche, en un suspiro de amor. 

El último banco para mirar caer el sol que me regaló esa historia, lo tengo bien guardado en mi corazón. 

¡Que bueno sería!

Llevas días preguntando  
Pendiente con el rabillo del ojo
mientras sigues frenéticamente
la vida que te toca

… y como decirte que echo de menos
el aliento de su boca, su mirada sin dudas
el olor de su piel, su risa, su risa.
Su melena rubia, que es tan tuya.

Como despedirme sin dolor
sin soledad
Como acompañarte
Sin pesarte

No soy quien te conviene
ahora que inicié
el tiempo de destruirme.

Si el daño fuera
Solo colateral
Si mi recuerdo fuera también una risa.

¡Que bueno sería
si la vida continuara
sin lágrimas, y a toda prisa!