Invento un cuento

¿Porque me invento 
el movimiento de las hojas, 
si no tengo árboles 
pintados en el cielo?

¿Porque me invento 
el sacramento de la idiotez 
si no sé fingir en la mesa 
donde a oscuras escribo? 

¿Porque no encuentro 
lo que busco, si no busco, 
esperando lo traiga 
el aire de la azotea? 

¿Porque te espero 
de donde nadie vuelve 
sin duda me tienes 
enamorado de un sueño? 

Todo patas abajo 
menos la hormiga 
que vive en mi barriga 
Y me castiga despacio. 

Enamorado de una flor

Un día, mirando detenidamente una maceta de mi terraza, descubrí un brote 🌱 pequeñito en una rama de la planta. No se porqué me fije en él, pero cada día, una par de veces, me daba una vuelta por allí para echarle un vistazo. 
De ese pequeño nudito fueron saliendo varias hojas minúsculas, que se fueron desplegando con paciencia, de un color verde intenso. 
Casi se notaba la fuerza que corría por dentro y las ganas de extenderse al sol de Primavera. 
Cada día me pasaba a verla, curioso y excitado, esperando que me diera una nueva sorpresa. 
Así de rápido y de fuerte fue creciendo. 
Al pronto me di cuenta de que volvía a retorcerse en un nudo, del que le costó algo más salir. Por fin llegó el día, y ese nudito se deshizo cambiando el color a rojo anaranjado, al principio.  
Cada día, creciendo, se hacía más intenso el rojo, contrastando con el verdor intenso de las hojas que le arropaban. 
Estaba encantado con mi flor. Era preciosa y estaba exultante. Con qué brillo e intensidad se mostraba cada mañana. Espectacular. 
Llamaba la atención de algún insecto que se le acercaba a beber de su néctar y después escapaba. 
Orgulloso de mi flor encantada. No podía resistir el impulso de acercarme a verla, quizás presumiendo que tanta exuberancia, no podía ser eterna. 
Le busque un buen sitio, el mejor, en mi terraza. La regaba con cariño, ni poco, ni demasiado, escarbaba con cuidado, de vez en cuando, alrededor de su tallo, para facilitar el trato... 
La flor se abría con fuerza, como desperezándose, y atraía más mi curiosidad. 
Siguió cambiando su color. Pero me fijé que ya no era tan intenso. Cambio a tonos más oscuros, más pardos, las hojas de alrededor también se fueron arrugando, y lucieron lunares pardos.  
Seguía siendo maravillosa, mi flor, pero algo estaba cambiando. No presumía tan excelsa, y se iba ocultando del sol intenso de cada mañana. 
Dobló el tallo, se inclinó levemente hacia un lado. Hasta que llegó el día más amargo. Se le calló un pétalo; y luego otro hacia el lado. 
Oscurecida y arrugada, quería parecer lo de cada día, pero ya no aguantaba. Y mi flor sé secó en su rama, y guardó algo de color rojo pardo, casi morado, sin brillo, arrugado, pero eterno. 
Arranque la flor y el tallo. Abrí un libro de poemas, y la guardé con cuidado. 
Que feliz de encontrarla y que feliz de guardarla en mi libro preferido para no olvidarla. 
Había otras flores, rosas, moradas, amarillas; pero no eran como la mía. 

Te lo cuento

Érase una vez, Caperucita Feroz y la Lobita Roja, que se cruzaron en el pasillo largo de un edificio de oficinas. Y de tan estrecho que era no tuvieron más remedio que hablarse 

  •  Perdón, dijo la Lobita Roja
  • ¿Que quieres? ¿no ves que voy a pasar?
  • La Lobita Roja, enrojeció de vergüenza aún más sus mejillas, y con ese tono bajito y sensible de su voz, le contestó : pos passa, cariño. ¡Nové la niña! 

No siempre las cosas son de una única manera. Imagínate tú.
Fin del cuento.

P.D. Tan segura estaba de su capacidad de abusar, que continuó insultando. Al ascensor ya no llegaron. Enzarzadas en un conato de bronca, Caperucita Feroz le arreó una patada a Lobita Roja que le partió una uña. Y se marchó dándole la espalda enfundada en su capita amarilla.

¿continuará?, en plan story colletion

Con un gorila

Un día me crucé con un gorila 
Era joven, juguetón, amable. 
Sonreía. 
Estaba solo. 
Necesitaba compañía 
y la seguridad de un techo 
en las noches que venían. 

Me convencieron. 
Será por unos días. 
Y lo llevé conmigo. 

El gorila comía y comía. 
Aún hacía gracias 
y se comportaba. 
Su fuerza le podía. 
 Alardeaba, 
las dudas empezaban. 
La noche se cernía.  
Y no paraba. 

El gorila demostró su fuerza, 
su fiereza, 
su mirada altiva; 
sentí miedo. 
Hasta que golpeó 
fuerte y contundente. 
Destrozó el hogar aquel día.  

Perdí la paz, el sueño. 
Todo lo que tenía. 
La fiera arrasó con todo. 
Sentí pánico por mi vida 
mientras me asaltaba de noche. 
Yo corría lejos 
todo lo que podía.

Pedí auxilio. 

Mientras, escuchaba en mi cabeza 
su voz amenazante 
en contra de los que más quería. 

En lo profundo del gorila, 
mi amigo desapareció,
 y acabó con todo, 
lo pocos sueños que construí. 

Superar el miedo 
me enseñó. 
Su mirada altiva, su fuerza, 
me hará más fuerte. 

Nunca ayudes 
a quien te quita la vida. 

(De cuando te enfrentas a algo incurable)