Opinión.- No puedo creer

No me puedo creer que la única salida es la violencia. Sin inteligencia. 

No me puedo creer que no haya nadie convencido de que se puede hacer en paz. Y ver el futuro sin tierra calcinada. 

Si nadie pensó que mejor es conquistar y ceder a mitad, acordar no hacer daño, ni volver atrás. Se hace duro. 

Si nada quedó de lo que fue, del amor al son, la música del amor, el carácter tan singular. Oriente, La Habana, el paraíso interior, el sudor y la lucha. El orgullo de pertenencia, la historia.

Tan buen anfitrión, tan luchador, tan orgulloso de ser, tan querido. Tan caliente. 

No me puedo creer que el final sea siempre marcharse de aquí, regalar el talento y la preparación; huir. Perder otra generación. 

No quiero pensar que fue un sueño imaginar una Cuba alegre, moderna y libre, comunista y democrática, ¡FELIZ! 

Derriben para siempre muros y levanten embargos, dentro y fuera, odios amargos, cuentas antiguas, hipotecas vencidas. Injusticias a ambos lados.

Dejen que sea la mayoría, responsable, agradecida, madura y soberana la que decida. Y la que construya.
Que surja ordenada toda la energía, solidaria, joven, con talento y alma. Generosa.

Y que respete la historia, que no estamos para perder nada.
Porque solo el odio, el rencor y la muerte es patrimonio de pocos. La Patria, la Historia, la Vida es patrimonio de todos.

Mil millones de gracias daré siempre a mi familia del corazón, a los amigos, a la gente con la que trabajé, que me ayudaron y a las que ayudé, por enseñarme a ser mejor persona. Y el café.

¡Viva Cuba linda! La más linda de todas ellas.


Perdone que le escriba.

Summer irse

Con este calor cuesta no sumergirse en cualquier sitio, aunque sea de agua. 
Río, pantano, alberca, piscina o playa. Cualquiera nos vale para bucear un rato y que se bajen los humos. 
En casa, en calma, a veces echas de menos ese chapuzón sanador.
Y te enciendes sin querer pensando en varias cosas a la vez, intentando atender a dos manos, sin dar a basto. 
Son cosas del calendario, que corre a favor de corriente estos días. Y aún queda la mitad por venir. 

Tantas cosas por cerrar, es decir, abiertas en canal, y en la certeza de que no llegarás a todas. No me alcanzará para casi ninguno. 

En otros tiempos, estos eran días felices para disfrutar de la familia y los amigos. Sin duda felices. Ahora, sin embargo, la angustia de no llegar, de no estar a la altura, de no poder corresponder con la generosidad que acostumbraba, me mantiene encerrado y alerta, sin asomar la cabeza ni a la ventana, deseando escapar a hurtadillas o desaparecer para evitar este sufrimiento.
Esperando en pié para dar lo que me resta, con cariño y atención, sin tener seguro si será suficiente. 
A mi me gustaría ofrecer mucho más, y me duelen las manos que ahora extiendo vacías.
Pero he de entender que ya no intereso, y eso hace más fácil desaparecer.

Mientras, espero que pasen los días, con recuerdos de risas espléndidos. Espero la tristeza de las pérdidas compulsivas, y las llamadas que no llegarán nunca más.

Y es que en Julio ocurrió todo en mi vida. 

Panoli

Soy un panoli.
En casa, durante mi infancia lo escuché muchas veces, sin saber exactamente a qué se refería. Recuerdo que lo decían si se te caía algo de las manos, o te quitaban el sitio o las golosinas.
Incluso hoy tengo dudas sobre su significado. Y sin embargo estoy convencido de que soy un panoli. 

Ha habido épocas pasadas en las que espabilé muchísimo, quizás porque fui tomando responsabilidades, una detrás de otra sin parar, y esto me obligó a dejar de ser como siempre era.

Según he consultado con el diccionario, es un adjetivo coloquial que en España significa persona simple, bobo y fácil de engañar.
Me gusta más esta definición de  personas crédulas y muy confiadas.  Es menos “faltona”. 

Ahora, que estoy regresando a mis orígenes, se me hace  evidente que soy un panoli. Me relaja y me gusta ser así.
Estoy cansado de mantenerme alerta permanentemente, de competir por todo en cada minuto. Quisiera encontrar mi sitio. Un rincón apartado del tráfico de personas con prisas donde puedo estar confiado y feliz. 
Y parece complicado.

Pensé en ponerlo escrito en “una camiseta mensajera” tan de moda: SOY PANOLI. Y así, con esta autoafirmación simple me dejarían tranquilo.  
Pero siempre hay cerca alguien que te quiere y te advierte del efecto contrario, cuando, al leer el mensaje, los antónimos, listos y diligentes, se me abalancen como moscas a la miel, a la caza con engaño del pazguato y pánfilo etiquetado en el pecho.  

¡Esto no es vivir!

Soledad

La soledad. Dulce y amarga. Engancha.

Es adictiva. No compartes con nadie. No compromete con nada. Es desoladora. Es un círculo vicioso. 

La soledad no expande a la persona. La cercena. La estanca. Hay que ser muy valiente para estar solos, pero la soledad es cobarde. Y acrecienta la cobardía.

Es conservadora. Nunca arriesga nada. Es oscura, y temerosa. 

La soledad es paciente y temosa. No tiene prisas. Esta acomodada. Es falsa. Y mentirosa. No da felicidad, pero facilita la supervivencia.

Es de poca ciencia, y creatividad nula.

La soledad es vacía y triste. Es monótona. Es cruel.

Es el fondo del pozo donde resbalan todas las conquistas. Y los fracasos. Y las miserias. 

La soledad es parca y austera. Es gris, con ojeras. Es senil, embustera. Es arrugas en la piel. Y agria el carácter.

Es oscura. No me gusta. Es traicionera. Y engañosa.
La soledad es otra cosa que no se quiere nombrar.




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De balas y navajas postales, como amenazas

Últimamente vemos como, a través de la política, cada día más personas muestran su frustración, su desencanto, incluso su rabia, polarizando las posiciones, atacando sin piedad al contrario, sin respeto, de forma unilateral y partidaria, instalados en el postureo meritorio y en el todo vale. 

Cada vez veo más militantes sin argumentos, retorciendo realidades, arrimando el ascua a su sardina, sin vergüenza, instalados en el corto plazo, sin visión de futuro, y con menos crítica sosegada y constructiva.
Y claro, avanzamos en la escalada de amenazas y violencia. 

Yo milito en el respeto, en la consideración, en escuchar con atención a razones, en la tolerancia, en la curiosidad, en la discrepancia y en la discusión, en el esfuerzo, en el progreso, en la no violencia, en la generosidad y el altruismo, en la convivencia, en el humor y en la risa. Y lo digo en serio. 

Y discrepo de la falta de educación, del engaño, del insulto, la provocación, la ventaja, de la competencia insana, de la ausencia de valores, de la ambición obsesiva, de la agresión, de la ignorancia, de la pereza y del egoísmo. 

Puede parecer que no somos muchos, ni mil, pero se equivocan. 

Somos inmensa minoría, atenta y silenciosa, a pesar de la poca consideración de los voceadores de moda, que menosprecian la inteligencia de la audiencia y ven posible la manipulación y la mentira, confiando en la desmemoria de la mayoría. Esa masa ingente de “centro”, que dicen los políticos, sin militancia y que cambia de opinión poniendo o quitando gobernantes de forma democrática. 
Hartos ya de estrategias que solo esconden, y que no dicen apenas la verdad.

No nos educaron “de derechas o de izquierdas”. Nos formaron y educaron para “saber” y aprender. Y con ello ser críticos con lo conseguido. Y esforzados en mejorar. 

Está bien organizarse, agruparse con los que piensan como tú para lograr mejores resultados. Pero alienarse obedientes, adocenarse en el proselitismo ciego, aniquilando la autocrítica, es empobrecerse. 

Y mientras asistimos a esta escalada, cada vez con menos argumentos, más faltona, amenazante, perdiendo los papeles, subida de tono hasta gritar, compitiendo en esparcir mierda al contrario y conquistar el voto indeciso con falacias y mentiras, que luego si eso ya te digo que no se cumplen las promesas, porque son electorales, y es que esto va así. 

Ojalá estén equivocados. 

Y con tanto gritar y tanto ruido, no se les entiende nada. O si.

Fué D. José Ortega y Gasset, en el prólogo de La Rebelión de las Masas, quien escribió aquello de Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral…

Visto, claro está, desde su perspectiva de la filosofía.

La política la hemos convertido en otra cosa. Pero se puede arreglar.



Perdone que le escriba. 

Misionero

Era temprano, primera hora de la mañana. Una señora pregunta curiosa al recepcionista por ese señor de blanca barba, siempre sentado en una esquina, sin hacer ruido.

  • Ese buen hombre tiene una historia. Es un misionero jesuita, que estuvo viviendo con los indios del Amazonas. –  

Le explica Diego, quedándose la mujer perpleja.

Poco a poco me van llegando las imágenes de los dos años perdido en lo más profundo de la selva, viviendo en un poblado indio que me acogió cuando, vagando por los senderos, me perdí.

El día que me rodearon, asustado pensé que me capturaban y suponía el último día de mi vida. Tal era mi nivel de angustia y desesperanza. En realidad me salvaron, y cuidaron de mi todo ese tiempo que estuve allí.

Con humildad y curiosidad aprendí cómo era su vida. Me sentía como un “mono blanco” en mitad de todos ellos. Al fin y al cabo, también era objeto de curiosidad y observación; y eran más de treinta pares de ojos mirando. ¡No tenía ojos para todos! Siempre sobrexpuesto, no encontré donde buscarme un sitio discreto, en segundo plano como a mi me gusta, para observar y aprender.

Luego de comprender cómo hacían las cosas, pasé con torpeza a intentar hacerlas con ellos. Una cura de humildad para mi, y de paciencia en su caso. Y siempre un montón de risas en medio. Este es un vehículo universal estupendo para repartir felicidad. Y esas personas eran felices allí. Felices con lo simple, con lo singular, cuidando con respeto y veneración de su casa y su gente.

Intente acompañarles a todo lo que emprendían, excepto a cazar. Era un desastre andando en la selva, haciendo ruido como un elefante en una cacharrería, frente a su andar silencioso. De ahí mi apodo nativo de gran tambor.

Alguna vez me atreví a ayudarles, poniendo mis conocimientos y habilidades, para facilitar o mejorar pequeñas tareas. Claro que no mostraron ningún interés, por ejemplo, en mi empeño de guardar agua en depósitos o cultivar tubérculos y verduras. Les pareció absurdo ese esfuerzo ante la abundancia y la generosidad de la tremenda selva, su casa. En cambio si atendieron a mis escasas facultades culinarias, que parecieron sorprendentes.

Les llamó mucho la atención los ratos de meditación y oración. Siempre fui un hombre profundo, callado y reflexivo, no especialmente religioso. Pero les aseguro que en mitad de la selva, la grandeza y la fuerza de la naturaleza me sobrecogía extremadamente, conduciendo a un estado de paz de camino a la fe. En eso siempre fui respetado.

Inevitablemente paso lo natural, y después de dos años, aquel paraje se convirtió en mi casa, y esa gente en mi familia.

Hasta que, un buen día, en mitad de un aguacero, un pequeño destacamento de la policía federal me rescató cuando buscaban a un misionero jesuita español también perdido. 

A pesar de mis quejas y explicaciones, no conseguí convencerles de que no era la persona que buscaban. Mi larga barba blanca, mi aspecto, mi origen español y mi carácter calmado coincidían con la descripción de sus órdenes escritas. Mi desconocimiento del portugués acelerado y el miedo a que se descontrolara la situación, pudiendo hacer daño a la tribu, dispuesta a defenderme, también ayudó a zanjar con brevedad cualquier discusión.

Así abruptamente, sin apenas despedida, terminó mi estancia en el Amazonas después de dos años, que para mi fueron un suspiro. Un suspiro feliz lleno de risas y de calor, el que me daba mi familia de la selva. Los añoro muchísimo.

Y de golpe, así convertido en el misionero jesuita de larga barba blanca perdido en la selva del Amazonas, sin serlo. 


P.D. Sorprendente los detalles de la historia, que si no la atropellas demasiado, convierte a los captores en cuidadores, y en raptores a los que rescataron.

Envidio muchísimo al misionero jesuita buscado, que con este rescate, acabo de liberar. Estará sin duda feliz en la selva.

(Basado en un relato improvisado de Diego, de Torremolinos, en plena pandemia.)

Padrinos

Al parecer hoy es el día de los padrinos. 

Cuando era jovencito, los sábados ayudaba a mi madre en la casa y haciendo los recados. Me enviaba con la bici a los encargos más lejanos. Entre ellos pasar a ver a mi abuela Engracia, mi madrina. 
Subía las escaleras a toda prisa, hasta llegar donde me esperaba en la puerta mi tía Mechi con su sonrisa más bonita.
Pasaba un rato sentado al lado de mi abuela, con su mano en la mía. Le preguntaba por su día, le contaba de las mías.

Hace muchos años de esto, pero ese rincón junto al balcón que miraba Puerta de Palmas, sentado con mi abuela, una súper madrina que me colmaba de dulzura y de alegría, sus manos entre las mías, mi tia Mechi desviviéndose, es mi preferido de mi colección de rincones de paz. 

Estoy seguro de que tanto era el cariño que recibía como el que daba. Hoy en el día de los padrinos, mi recuerdo y mi amor infinito a mi madrina más guapa. Una parte de cómo soy.

Enfin

17 meses escribiendo 366 entradas en el blog y 10 opiniones, utilizando torpemente 41540 palabras, aproximadamente registrando 11350 visitas, 4482 visitantes,  y más de 500 publicaciones en Facebook, tengo que agradecer a los 1664 seguidores y casi 400 amigos su atención y su paciencia. Seguiré intentando escribir en elmundoenlosojos.com y 21siglosofia mis realidades y fantasías. Si a alguien le apetece pasarse, por allí me encontraré. En cuanto a este sitio, hoy me despido. Me voy con la lluvia. Besos bajitos y abrazos enormes.
Perdonen que les escriba.

Fin del sendero

Y el camino se pierde, 
donde dobla la esquina. 
Al llegar a este punto, 
perderemos la pista. 

Se abre el monte sin trazas. 
Se cierra el bosque entero. 
No hay senderos. 
No detengo la marcha. 

Abrir camino nuevo 
no me acobarda. 
Solo espero encontrarte 
posada en alguna rama. 

Sentada al borde del agua. 
En la puerta de embarque 
de la próxima escalada. 
Y quererte de esa forma descarada. 

A tan solo …

A tan solo 
una 
primavera de ti. 

Una distancia 
suficiente 
para sufrir, para vivir.

Si no llegó 
aún 
el invierno. 

Si nos esperas 
sin encender 
el fuego, el miedo. 

Todo 
tiene que pasar 
intenso. 

Y si lo pienso, 
estás 
en cada lugar, amor.