La Luz

Perdido el sentido de mi vida, solo paso los días sin motivo. Atravesando un tiempo vacío que lleno dando sonrisas y abrazos generosos. Pero es un intento vano, una estrategia de engaño para sobrevivir este camino sin amor.

Quiero a los míos, a todos. Y quiero a la familia elegida, la del corazón, a todos también. Sin embargo mi corazón sigue vacío. Y ese silencio es turbador. Convierte mi vida en invisible. Las noches en interminables pesadillas.

Observo, como de forma inevitable, se marchita despacio la Luz.  Esa Luz que solo da la Felicidad. Esa Felicidad que solo encuentras en el Amor, que alienta y alimenta tu vida. Entonces no sonríes con la cara. Sonríes con todo el corazón, con el hígado y los pulmones. Sonríes con el Alma.

Contemplo con tristeza como elegí el camino más corto para el final. 

Y mientras veo pasar el último barco con la primera Luz del día.

Cuento de Navidad

La Navidad es un cuento. 
Un cuento que nos han contado desde pequeños a generaciones y generaciones de niños. 
Es pura magia. 

En mi casa era tiempo de mucho frío y lluvia. Tiempo de botas katiuskas y jersey gordo de lana.
De tardes de candela y noches de brasero de picón bajo la falda de camilla. 

Eran tiempos de leer y de contar. Que un niño precioso había nacido de noche en un portal, y lo calentaban un buey y una mula.
Y le visitaban todos los pastores. Y Reyes a caballo y en camello seguían a una estrella para encontrarle. 

Tiempos imaginar cómo esa historia se repetía cada año en estas vacaciones. Donde cada tarde oscurecida, las calles se quedaban vacías, y eran ocupadas por pajes y personajes a caballo, que iban de paso hacia Belén, y recibían las cartas escritas a los Reyes Magos con las peticiones de todos los niños. También informaban de su comportamiento en casa, en la escuela o con los demás niños. 
Y mientras, se pasaban esos días aguantando la promesa de portarse bien, y el suspense hasta el día de Reyes en que, si cumpliste, quizás te dejen algún regalo. 

Alguna tarde, con mi abuela y mi tía, en la casa del cura, casi los sentimos pasar, ya de noche, con los postigos de las ventanas cerrados. 

Noches imaginando balones de cuero, muñecas de pelo largo, triciclos, juegos de arquitectura o camiones volquetes. 

Y los olores cambiaban a tierra mojada, a hierba, en casa a canela y limón, a cazuela de pavo, a rosquillas con azúcar y pestiños de miel, a mantecados y turrón, solo para estas fiestas. 

En nochebuena, cantar villancicos sin parar y aprovechar para tocar pandereta y zambomba, que luego se guardaban con las figuras del belen hasta el próximo año. Y comer polvorones y turrón.

En fin de año, confetis y matasuegras, uvas, más dulces y turrón.

Y al final, la noche de Reyes, preparando vasos y platos para los Magos y sus camellos. Noche de nervios para saltar de la cama apenas amanecía, correr escaleras abajo y explosión de alegría.

Cada diciembre, mi infancia fue una casa de pueblo llena de niños alrededor de un cuento de navidad.

A DOS

Perdón,
te amo en francés 
te hace parecer 
cuando no sabes sentir. 
Cuando no entiendes 
que sentir 
no es parecer. 

Pero nada es igual a decir
Je t’aime, mon coeur  
Te amo meu coraçao
O
Ti amo tutto il mío cuore 
 ... a corazón abierto 
... a cielo despierto, 
a todo o nada,  
lanzado al vacío 
en busca de tus abrazos 
salvadores, 
de tus besos embriagadores 
de fresa y limón. 

En mitad de la nada 
hace frío y vacío. 
Se te complica tu plan,  
y a pesar de dar tu mano, 
no compensa en el pecho 
el dolor de no ver tus ojos.
Suplico llorar a tu lado, 
emocionados. 
Emoción a dos. 
A dos. 

Burbuja

Se puede vivir en una burbuja.

Entiendo que, acostumbrados a vivir sin fronteras, tener unos límites tan cercanos nos provoquen cierta ansiedad. Pero es que dentro de esos límites está la garantía de supervivencia. 

No es una cueva. Es una burbuja que tiene las paredes transparentes y que nos permite movimiento suficiente y limpio. Y tener cierta perspectiva.

Pero la condición humana, inquieta y desafiante, nos empuja fuera de la zona segura, tentando a la suerte, aún sabiendo que la suerte siempre es escasa y esquiva. 

Es un impulso irracional desmedido en busca de rescatar lo perdido sin reconocer que está fuera de nuestro alcance. Y hasta ahora está siendo suicida.

No se entiende bien esta impaciencia.
Puede que la incertidumbre haya ganado espacio a la prudencia. Y la verdad no la vemos en la información. 

Lo más terrible es contemplar el tiempo perdido, la sensación de que se nos pasa la oportunidad. Sin embargo la VIDA enseña que, de oportunidades, es una cadena interminable. 

De mi, de ti

Sácame, de mi todo
yo quiero darte todo,
mi vida entera. 
Mi corazón lleno
de amor, desata 
la pasión, fuego 
encendido, vuela
la imaginación, ciego, 
entrego mi alma
a tu abrazo, belleza, 
dulzura, delicadeza. 


A ti, quien quiera que seas. 
Corazón en búsqueda. 
Solo si te siento cerca, 
sabré que eres tú, 
alma gemela, 
quien me completa. 


Saca de mi todo lo que quieras. 
Yo te puedo dar toda mi vida entera.
Con mi corazón lleno de amor, 
desata la pasión, despide la tristeza.

De caramelo

En una ciudad histórica, grande y señorial, de la raya, pegadito a Portugal, a este lado del rio Guadiana, la génesis y la herencia vital me cuenta al oído, en mitad del paseo, que soy biznieto de Caramelo
Y mientras caminamos el empedrado negro y gris de un tiempo pasado, en el pueblo más bonito de España, me señala a La Magdalena, el Castillo o puente Ajuda, que lleva escrito Olivença del otro lado. 
El ratito de saludos y recuerdos en Casa Fuentes, para recoger la Técula Mécula y unas figuritas de mazapán, sellan este viaje improvisado y feliz. 
Los recuerdos de familia me vienen con olor y sabor del recetario de la “abuela Maria” de contenido culinario, de labores y de cómo comportarse. Y siempre pegaditos a las faldas y la conversación con mi madre y también con Engracia, Mechi, Pili y Nana, mis tías, y de Concha, la madrina.
Para volver en nada que estemos dispuestos. 

Ríete conmigo


Poco a poco me doy cuenta de mi alcance, que ha menguado.
Hubo un tiempo en que pretendía poder prestar atención a varias cuestiones o tareas al tiempo.
Puntualmente lo conseguí, al menos dos o tres máximo al tiempo, pero con un desgaste mental y físico enorme.
Nada en mi apogeo me impedía al menos probarlo.
Me lo argumentaba a mi mismo como un mérito, como una supercapacidad y un talento especial. Lo empleaba bien en mi trabajo, manteniéndome alerta y concentrado. 
Pero ahora creo que, aún habiéndolo conseguido puntualmente, era un tremendo error. No merecía la pena.
Ahora, cuando se me olvida el café en el micro, guardo el azucarero en el congelador o la tostadora provoca un incendio en la cocina, me doy cuenta de que perdí mi súpertalento, y que, además, no servía para nada que me ayudara a no equivocarme mientras mantenía la tensión, acabando agotado.
Sigo abordando dos o tres cosas al tiempo.
Es un proceso instintivo, ya ni lo pienso. Y lo intento sin darme cuenta, y no lo alcanzo.
Al final voy dando vueltas atrás y adelante, sin descanso. 
Las urgencias no me han abandonado y persiste su presión. Y me inquieta. Pero las prisas ya no son prioridad, ni la necesidad de ser productivos doble o triplemente, es relevante.
Nada es relevante. Y lo sigo intentando.
Y acabo otra vez dando vueltas, como un bobo, en el pasillo, en el garaje, o en la mitad del campo. 
Tengo que desaprender esto.
Es urgente intentarlo para borrarlo todo y empezar a aprender lo nuevo, tomarlo todo con calma y apreciarlo.
Es urgente. Y hacerlo solo, me costará. 
Tengo que intentarlo, me repito determinado, mientras recojo en el vestidor la llave inglesa de dentro del armario. 

Blanco y negro

Cuando no distingo bien los matices, cierro los ojos y lo veo de nuevo en blanco y negro.

Claro que a lo mejor no es lo mismo exactamente, y algo imagino en lo que no estoy mirando.
Pero si que me ayuda a recordar lo importante, lo relevante, lo que me llamó la atención aquel rato.

Después vuelvo a abrir los ojos y miro.
Y ahora sí que veo los matices que, en principio, me pierdo.
Corro el riesgo de pasar por alto otros detalles, en los que no he reparado, y con la mirada puesta en lo que quiero, dejo atrás sin verlos.

Si tengo paciencia, vuelvo a cerrar los ojos, borro todo lo brillante y vuelvo a abrirlos de nuevo para mirarlos.
Así aparecen los otros detalles perdidos, en los que ahora me fijo impaciente. 

Dejo pasar un rato. Descanso y dejo volar mi imaginación.

Y, finalmente, me invento una historia única, en la que el protagonista será el pétalo seco desprendido de la flor, la gota de agua en el cristal que se desliza perezosa y llega tarde, la brisa que mece un toldo no recogido al aire, junto a la playa, y las niñas que juegan un día de frío con la arena seca del mar de aquí, cerca de mi casa.

Y eso me hace feliz, triste, contento, cansado, extraño, distante, enamorado.

En blanco y negro, sin matices, esperando.
El amor no lo he agotado. 

Mi plan

Mi plan es arriesgado. Para que funcione, debe ser secreto, por lo menos algo.
Porque he de comunicar un motivo de mi ausencia suficiente para que me dejen realizarlo. Por eso, no te lo puedo contar.

Dejarlo todo y caminar, a ver si me encuentro algo. Así sin prepararlo, sin etapas definidas, a campo abierto, y dejar que se vaya escribiendo solo el diario.

Porque me gustaría hacerlo. Escribir cada día lo andado.
No hablar de itinerario o caminos o pasos. Hablar de cosas, de personas, de sentimientos que me vaya encontrando. 
Y hacerlo en prosa poética, como me dijo Rosario.
“La vida es como la poesía: a nadie le gusta” escribió un amigo en su glosario de rrss.
Es falso, seguramente.
Pero voy, arregañadientes, a aceptarlo.