Blanco y negro

Cuando no distingo bien los matices, cierro los ojos y lo veo de nuevo en blanco y negro.

Claro que a lo mejor no es lo mismo exactamente, y algo imagino en lo que no estoy mirando.
Pero si que me ayuda a recordar lo importante, lo relevante, lo que me llamó la atención aquel rato.

Después vuelvo a abrir los ojos y miro.
Y ahora sí que veo los matices que, en principio, me pierdo.
Corro el riesgo de pasar por alto otros detalles, en los que no he reparado, y con la mirada puesta en lo que quiero, dejo atrás sin verlos.

Si tengo paciencia, vuelvo a cerrar los ojos, borro todo lo brillante y vuelvo a abrirlos de nuevo para mirarlos.
Así aparecen los otros detalles perdidos, en los que ahora me fijo impaciente. 

Dejo pasar un rato. Descanso y dejo volar mi imaginación.

Y, finalmente, me invento una historia única, en la que el protagonista será el pétalo seco desprendido de la flor, la gota de agua en el cristal que se desliza perezosa y llega tarde, la brisa que mece un toldo no recogido al aire, junto a la playa, y las niñas que juegan un día de frío con la arena seca del mar de aquí, cerca de mi casa.

Y eso me hace feliz, triste, contento, cansado, extraño, distante, enamorado.

En blanco y negro, sin matices, esperando.
El amor no lo he agotado. 

Mi plan

Mi plan es arriesgado. Para que funcione, debe ser secreto, por lo menos algo.
Porque he de comunicar un motivo de mi ausencia suficiente para que me dejen realizarlo. Por eso, no te lo puedo contar.

Dejarlo todo y caminar, a ver si me encuentro algo. Así sin prepararlo, sin etapas definidas, a campo abierto, y dejar que se vaya escribiendo solo el diario.

Porque me gustaría hacerlo. Escribir cada día lo andado.
No hablar de itinerario o caminos o pasos. Hablar de cosas, de personas, de sentimientos que me vaya encontrando. 
Y hacerlo en prosa poética, como me dijo Rosario.
“La vida es como la poesía: a nadie le gusta” escribió un amigo en su glosario de rrss.
Es falso, seguramente.
Pero voy, arregañadientes, a aceptarlo. 

El último minuto

A veces me pregunto como suena la sangre saliendo de tu cuerpo, vaciándolo.
Cual será el sonido intenso de los últimos momentos, cuando ya no hay vuelta atrás, respiras con dificultad, empleando tus ultimas fuerzas en ello, aferrándote.
Una vida que ya no te pertenece, y que pierdes sin remedio a pesar de tu oposición desesperada. 
¿Que violento pensamiento cruza por tu cabeza en ese instante, que no has preparado?
Y, aún habiendo pensado mucho en morir, ¿por que, en ese último instante deseas un poco más de vida, si ya fue suficiente el sufrimiento, que venció hasta el fin tu resistencia?
¿Hueles algo en esos momentos? ¿Que miras sin ver, angustiado?
¿Tu memoria te traiciona y no encuentras con orden lo que quieres recordar?
Es histérico el último minuto, agónico, endiablado, desesperado.
Nunca olvidaré, ni perdonaré ese sufrimiento enconado. Tanto dolor me traspasó y me dejó herido y devastado.
¿Puede haber un final feliz, pacifico, ordenado? 
Puede buscarse y hallar un destino más humano. Quizás la soledad de un sueño profundo, enfrascado en recuerdos, sosegado.
Pasar despacio al otro lado y acabar aquí, así con tu pasado.
 ¿Es mucho pedir ese poco de dignidad?

A donde

Quiero echar a caminar 
a ningún lugar, 
a donde me lleven los pasos,  
lejos de donde ahora estoy. 
A ningún lugar, 
a ningún lugar. 

Una línea cualquiera 
del horizonte, me guiará, 
me espera un destino en guerra, 
un camino sin velas, 
un nuevo y antiguo lugar, 
de ningún lugar. 

Un cielo con estrellas, 
y mi luna ya entera 
en silencio y frío, fuera 
dejando que pasen lentas 
hacia ningún lugar, 
a ningún lugar,  

las horas mágicas 
que esperan cerca, 
ver tú amanecer espléndido, 
sordas marcas de pisadas, 
a ningún lugar, 
a ningún lugar. 

Solo rosas blancas 
en la esquina de tu balcón. 
Y no tengo el valor 
para decir Te Quiero. 
Acompáñame cielo, 
a ningún lugar. 

Ven a esta playa desierta, 
a mi jardín con olas, 
coge mi mano abierta 
pasea conmigo despacio, 
a ningún lugar,
de ningún lugar.