Es necesario vivir

¿Es necesario vivir? – me pregunta Hilario.  Balanceando lo bueno y lo malo, lo que te aporta y lo que exige, no siempre el resultado es vivir.
La parte más triste, lo imprescindible que perdiste, pesa mucho, como una losa de 1,60×2,30 gris granito. 
Aunque lo que libera es poder abrazar en la espuma de mar, donde la despediste entre lágrimas, solo, al alba, un día de julio. Y juntos descubrir ese nuevo mar de más allá, camino al horizonte donde tantos amaneceres estuviste añorando.
Si te faltan razones. Si te faltan tareas por completar, para las que ya no tienes fuerzas. Si no soportas el silencio de esta soledad. Si en tu cabeza, una y otra vez, resuena el recuerdo de su risa abierta y sincera. Entonces es el momento en que vivir sé acabó, deja de tener sentido.
No te extiendas en despedidas. No recojas nada, ni hagas acopio de ninguna cosa. El camino es largo, pero no necesitamos nada.
Solo decide, y ve a su encuentro.
Salta.
Escapa. 
Y termina.

Pero no siempre estás en lo cierto, Hilario. – le replico con desgana.

De alma blanca

Busco un alma. 
Un alma noble. 
Un alma libre. 
Un alma en pena. 

Busco un cielo  
que me atormenta  
y que descarga  
el agua buena.  

Que me gira  
la cara para mirarla. 
Y escape con prisas  
a ninguna parte. 

Un camino estrechito 
hacia tú pelo  
bonito.

Una mariposa  
que me embelese  
en tu cielo de estrellas  

La mirada fija 
en tus pupilas  
Brillantes.  

El corazón roto 
en mil pedazos 
de amor y risas, pequeña.

De alma blanca, 
la mirada encendida
y el corazón quema.

Hilario, mi amigo

Es Hilario, mi amigo. 
Ni se que decirles, pero desde siempre fue mi amigo, incluso antes de que supiera que existía y le llamase Hilario. 
Es mi mejor amigo. Siempre está. Y me escucha. 
Conoce bien lo que llevo y como lo hago. Cada cosa. Es una versión de mi conciencia, esa maldita incómoda que siempre me reprime y me ata a la prudencia.
Es asertivo. Demasiado. No miente nunca.
No tiene mano izquierda. A lo que ve, va y te lo suelta. Es jodido, pero acierta.
A pesar de todo es dulce y agradable en el trato, nunca se enfada ni se calienta. 
Me provoca con tanta calma y acierto que desespera. 
Y también me enseña.

Es gordito, tranquilo, de cara redonda. Una cara reconocible, sin nada que descoloca. No le ves, pero está continuamente cerca.
Es mi amigo Hilario. 
El que me sigue a todas horas y está siempre en mi cabeza.

Como fuego

Como el fuego que se apaga 
de un atardecer en el horizonte,   
ceniza  y rojo, deshaciéndose,  
al filo de la línea de tierra, a poniente. 
 
El frío va envolviendo tu cara
y tu cuerpo, echando de menos la bufanda 
del abrazo que me regalaste, 
en el cuello y en el alma. 

Sin más día que ver, 
con la noche por delante, 
que promete fantasía. 
Y promete soñar. 

¿Que te voy a decir?
Así no me gusta estar. 
Quiero sentir una mano amiga,
una mirada limpia. 

Una música suave
en mi cabeza,
y la delicadeza
de tu amor. 

Y como el músico 
abraza su guitarra, 
y suena en su memoria
la balada del final. 

La niebla gris

El invierno se cierra en torno al hogar. Este año tardó en venir.
Una suave niebla, gris y densa, le gana la batalla a la luz, invadiendo lentamente todo de oscuridad.
De tristeza también.
Es inútil seguir mirando, a lo lejos el horizonte se hace invisible. Una vez más va haciéndose a la idea de que ya no volverá.
El viento frío se siente con dolor en las mejillas.
Ya no sonríe. Hace tiempo qué aprendió a hundir bien profundo sus emociones.
La angustia le va atrapando en este callejón sin salida.
Mientras se atormenta buscando en su cabeza una salida, un pequeño destello de luz que le indique el fin de esta tortura, la mirada cae despacio hasta sus pies en señal inequívoca de derrota.
Luego, el peso se coloca todo encima del pecho y no le deja respirar. Siente palpitar a toda velocidad el corazón, que bombea con fuerza en las muñecas y la sien. También en la cabeza, con una punzada aguda que le atraviesa.
Los nervios disparatados, pelean con esta parálisis, quieren sacudirle para que se mueva. Pero ni lo intenta.
Los ojos, ahora abiertos de par en par, hacia el suelo, sin mirar, se secan, y dejan escapar una lagrima.
Otra vez le viene a visitar.
Es la ansiedad.

Tormenta

Cuando era pequeño, en las noches de tormenta mi madre nos mandaba poner los pies en alto. Se apagaba la tv, todos los aparatos y la luz eléctrica. Estábamos mejor a la luz escasa de un candil o un quinqué, y el misterio de sus sombras en la pared. A poder ser nos mandaba directamente a la cama.
Por supuesto nada de salir a la calle, y menos con paraguas o debajo de los árboles. Y quitarse de las corrientes.
Ya en mi cuarto, las noches de tormenta imaginaba un gigante que escupía rayos luminosos por los ojos y sus pisadas sonaban como truenos. No tenía mucho miedo, sino curiosidad. Me asomaba a hurtadillas al postigo de la ventana y miraba asombrado el espectáculo de luz rompiendo en el cielo oscuro. Y el llanto interminable del aguacero, arreciando a cada trueno, corriendo el agua por los tejados y ya en el suelo, calle abajo. Mañana tocaría saltar charcos con las katiuscas. Y, a pesar del atraso en el trabajo del campo, no se les veía tristes a Leandro y a Emiliana, ni a Leandrin con las vacas en el establo.
Y esos rayos.
Algunas veces restallaban como un látigo. Otras, sonaban más broncos y hacía temblar todo a su paso.
Ya no llueve como antes.
Aunque esta noche fue como hace años.
Apague las luces, la tv y me asomé al patio.¡Menudo espectáculo!

De camino

– Ahora se que viví un amor de sueño. -respondía en voz baja a su compañero de viaje.
– Lo mejor de amar es ser correspondido, querido amigo. – le contestó totalmente convencido.
– Ahora, que se acabó, se que fue el mejor. Fue intenso y tan efímero, que me dejó descompuesto y frío. Sin aliento.
Sin saber que hacer, sin respiración, a medio camino entre el jardín y el pozo. – continuó, haciendo un silencio que pareció eterno.
– A pesar de que gozo del beneficio de la duda, sin saber que hacer: si vivir como alma en pena, o morir de amor. –
El camino cruza el bosque, cuesta arriba en este tramo. La respiración se hace intensa y el esfuerzo les obliga a tomar una pausa.
– Si buscas un poco de dignidad, … o vives con horror. – le aconsejó con dulce indolencia apoyado en el tronco de un árbol enorme.
– Nunca dejaré de amarle .- replicó sin alterarse, mientras fijó la mirada en sus ojos. – Nunca –
La tarde caía rendida después de un día tan largo. El cielo se teñía anaranjado, mientras se escondía el sol, por fin.

Demasiado tarde

Ahora es demasiado tarde, y ya no deseo vivir más.
Tanto afán, tanta lucha desplegada, tanto tiempo, que en el intento se esfumó toda la vida.
Y es, en este momento que aún nos espera el sprint final, cuando no queda nada con que soñar.
El silencio atronador, la luz azul, el frío violento, la fuerza fallida, el corazón parado, la mirada perdida, la voluntad disuelta.
En un rincón sentada, acalambrada, hecho un ovillo de dolor, imposible estar erguido. Solo un brillo en la mirada, la alegría de ver esa cara, esa voz amiga, de la familia, que al paso te da la caricia justa, el cariño que añoras, y que debes administrar bien, pues tardará en volver esos mis ojos preferidos. 
Y la rabia, a veces, por dentro, no es suficiente para poner fin a la tortura.
¿Por que está insistencia desmedida, si solo necesito un poco de dignidad, y que la calma me lleve a mi final, agradecida? 
Esto no es vida

La carta que nunca escribí

La carta que nunca escribí, y que nunca has leído. 
Es tan difícil cruzar una mirada con alguien descubriendo lo que para ti es tu mundo, que cuando la encuentras y la pierdes, nada te vale de consuelo.
Tantas veces fue imposible, que me doy por fin vencido.
No hay rencor alguno, sino pena. No hay culpable, sino yo mismo. 
No fui capaz, dándolo todo, de crear un sueño perdido. 
Hoy llevo el corazón parado, en busca de un nuevo sentido. No sé estar solo, pero a ti nunca te olvido. 
Llevo tiempo exhausto, pedaleando un tándem con un asiento vacío. Llegó para mi el fin de etapa. Siento como lentamente el cuerpo me dice basta, como lentamente me derrumbo, me invade el dolor y el frío.
Me quedan, así, pocas cosas por hacer. A su término y conseguido no ser imprescindible, será el momento de salir a buscar mi destino. De “hacerme transparente” para no hacer ningún ruido. Y escapar a otro mundo, otra vida de gato y desaparecer diluido. 
Todo ha terminado. Y los ojos en lágrimas no deciden lo que he vivido.
Sin contacto, sin heridas.
Sin ilusión, sin razones, sin esperanza, sin corazón. Sin futuro, sin sentido.
Sin rencor, sin culpable.
Solo, sin olvido.
Es la carta que nunca escribí, y que nunca has leído.
FIN

(A la mujer que he perdido)