Joaquin Costa

Joaquin Costa (1846 – 1911) fue un jurista, historiador y erudito, que soñó con reformar España para acabar con la corrupción, promover el desarrollo y acercarla a Europa. Quizás por eso nadie se ha atrevido, hasta la fecha, a cambiar el nombre a las calles que tiene nominadas por toda España.


La que a mi me interesa, en mis recuerdos desde la mirada de bajito de siete u ocho años, donde todo me parecía fascinante y enorme, está en Badajoz, junto a la Puerta de Palma. Y corre junto al lienzo de muralla que arranca de ella, a un lado del río, en dirección a la Puerta de Carros de la Alcazaba.
Allí nací, en casa de mi abuela Engracia, mirando de frente Puerta Palma, la muralla y el “cuatro”, donde tantas veces jugaron mis tíos y mi madre. 
De esa casa del segundo piso siempre recordaré como al entrar en el zaguán gritábamos “abrir” a través del hueco de la escalera para anunciar la visita a tía Mechi.
Desde su balcón con persiana miraba con curiosidad las calles, la gente y algún que otro coche que circulaba en la calle o en la plaza.
Siempre me llamó la atención los enormes árboles de la Plaza que daban sombra y un poquito de frescor en verano. Siempre con gente, con bullicio, a veces llena de autobuses de portugueses que venían, especialmente a la feria de San Juan, a finales de junio, recién comenzado el verano.
Y el trasiego de familias gitanas hacia el Convento; ellas con sus enormes faldas hasta los pies, superpuestas unas encima de otras, y su delantal; ellos vestidos de negro y sombrero, con una vara en la mano.

En la misma calle Joaquin Costa, en el número 22, visitaba a mi tía Nana. Una casa con un enorme cocherón que abarcaba casi por completo la fachada, dejando justo el espacio para la puerta de acceso a las viviendas del primer piso.
Me quedaba extasiado mirando las maniobras del gigantesco camión de mi tío Joaquin, cargado de sal, entrando por ese portón. Casi no cabía. 
Cuando el camión estaba de viaje, la cochera me parecía mucho más grande. A veces tenía aparcados unos isocarros rotulados con “legia Romo” preciosos, y nos dejaba subir en ellos y jugar a conducirlos, moviendo con esfuerzo sus manillares y saltando en los asientos, simulando que estaban en marcha.
En un lateral tenía mi tío una pequeña oficina de mamparos de madera y cristal, con una ventanilla para despachar los pedidos y cobrar. Me gustaba bajar allí con él. Lo tenía todo ordenado, con sus carpetas de anillas, y las azules y rojas de cierre con goma elástica. Su lapicero ordenado, el tampón con el sello, y la goma de borrar. Y una fotografía grande enmarcada de su camión de tres ejes.
Me encantaba como explicaba todo con paciencia y complacido por mi interés.
Al fondo del garaje tenía ordenado un banco de trabajo con herramientas y un pequeñísimo patio con un lavadero. En esta zona siempre acababa perdido de grasa, pero la curiosidad por coger las herramientas y probarlas me superaba. Antes de subir a la casa, me sacaba una pastilla de jabón y estropajo para lavarnos bien las manos, supongo que preocupado por aliviar la pequeña regañina que nos esperaba arriba.
A la casa subíamos por un acceso a la escalera y estaba en el primer piso. Empezaba con un larguísimo pasillo con varias curvas, que daba acceso a los dormitorios a la izquierda y el baño y la cocina a la derecha, desembocando finalmente en la sala. Al fondo de la sala, una gran estantería, donde alguna vez, uno de mis primos más pequeños que yo, trepaba como si fuera una escalera, con el miedo y disgusto de sus padres. Una proeza de atrevimiento, para mi.
Desde la ventana de la cocina, a través del patio, mi tía Nana nos avisaba de la comida, si estábamos en el garaje.
El pasillo era un desahogo para los niños. Era ancho y largo. Allí jugábamos correteando, o puestos de rodilla, unos enfrente de otros, pasando la pelota verde que te daban con los zapatos “Gorila”, en un torneo interminable (Quizás preconizó el juego Air-Hokey de las salas de juego). 

Nosotros vivíamos bastante lejos, junto al nuevo hospital. Pero los sábados por la mañana, no tenia ninguna pereza en ir con la bici o caminando para ver a mis abuelas y acabar en casa de tía Nana.
Aún todavía los echo de menos.

Juramento

Por todas las veces que amé 
a corazón despierto. 
Despachando amor 
y recibiendo todo, o nada.

Por todas las veces que no. 
Que renuncié llorando, 
y, de todas las maneras, 
fue lo mejor para los dos. 

Por la infinidad de veces 
que se me escapó, 
que no reparé. 
Y seguí mi camino, incansable. 

Os juro por mi conciencia, 
que sin amor 
no hay existencia. 
Que se vive muriendo de amor. 

Sentenciado por la flor 
que desojando pétalos 
despejaba dudas. 
Y decidió esperar el último beso.

Anhelo con devoción 
encontrarlo nuevamente, 
contenida la respiración, 
antes que llegue la muerte. 

Niégame un beso. 
Porque siempre de eso 
se nos va la vida. 
Y te queda solo amor. ... y soledad

Días de sol y agua

Días de sol y agua. 
Primavera que comienza 
encerrados de lujo. 
Esta casa es tu mundo 
mas cercano. 

Y mi mano vacía, 
echa de menos tu mano, 
tus caricias suaves. 
Y tu sonrisa. 

Tú paciencia infinita 
en un tiempo infinito, 
varado a la orilla 
de tu regazo. 

Todo lo daría 
por tenerte de nuevo, 
aquí a mi lado. 

Estrechar contra mi pecho tu pecho, 
golpeando el corazón agitado, 
en un abrazo.

Mar de invierno

Querer, si no te corresponde. 
Ese es el infierno 
más ardiente. 
Infinita tortura 
sin solución definitiva. 
Solo olvido imposible 
y distancia infinita. 

Allí donde solo el silencio 
no te turba. 
Donde la violencia es 
que nada pase, 
es donde camino sin fuerza, 
donde me elevo cada día 
para caer en el abismo eterno. 

Soy el único espectador 
del derrumbe completo 
de un sueño 
que a nadie mas importa, 
y que es mi vida entera 
destruida 
por el mar de invierno.

HOY

Hoy echo de menos la aventura de vivir enamorado.   
La ilusión desbordada. 
La locura de existir y estar por otra persona. 
Por ti.

La alegría constante sin razón aparente. 
La impaciencia de esperar a verte. 
Los nervios mirándote de frente. 
El placer de sentirme querido. 

Los millones de planes que constantemente hacemos. 
El tiempo parado en interminables caricias. 
El corazón acelerado mientras te veo llegar. 
El sueño alterado si te imagino cada noche. 

La única sonrisa que reconozco en la multitud. 
La certeza de sentirme coordinado como tu pareja de baile. 
La cercanía sin barreras, sin límites. 
Las manos entrelazadas durante el paseo. 

Te echo muchísimo de menos. 
Te espero aunque pase mucho tiempo. 
Extraño este corazón vacío. 
Es necesidad: ¡Te quiero a ti!

(A mi madre, por su entrega infinita y su amor sin límites.
A mi padre: por que se que a veces ese brillo cuando la mira es amor.)

Hoy la vi (un sueño)

Hacía ya unos días que habíamos conseguido evitar cruzarnos, en un nuevo intento del olvido.
No sin esfuerzo, porque a veces pasaba por el lugar de la última despedida, de camino a casa, esperando esa sorpresa de verla por casualidad.
Hoy la vi. Y me estrechó en un abrazo que alimenta mi alma.
Esta preciosa. Con cara de cansada a estas horas del día, pero preciosa en su sonrisa y su alegría.
No se puede entender lo que me alegra escucharla y mirarla mientras me mira. Me pone loco este viejo corazón partio. 
Luego me batí en retirada con prisas para no romper ese minuto encendido.
Te quiero amor.
Aunque solo haya sido un instante, que me encantó. Pero se el miedo que inspiro.
Se lo imposible que es mi delirio.
Es el destino que me cruzó con la Luna

Adiós amigos

Adiós amigos. 
El abismo que exploro me engulle.
Cada vez más cerca de la oscuridad
que ciega la mirada más sutil, 
el silencio más profundo, 
el frío intenso que traspasa la piel. 
No me queda aliento suficiente
para articular palabras de despedida, 
ni de socorro ante el hundimiento. 
No controlo las emociones que siento. 
No dependo de nada ni nadie. 
Ningún lazo conocido me sostiene aquí. 
Y cada vez más lejos de lo cotidiano, 
despacio, alejándome sin pausa
de una realidad que me es lejana. 
El eco adormecido de conversaciones ajenas 
me llega como comparsa de este adiós improvisado. 
En medio de tanta gente y tan solo, 
me siento extraño
en un paisaje que se desintegra
a la vista de mis ojos cansados. 
Aspiro fuerte a descubrir
más allá, en los confines de la mente perdida,
 la dimensión que abre el camino
de encontrarte, al fin,
AMOR.

Y sin embargo ...

19 canciones

19 canciones de amor  
y una noche en blanco  
y negro,  
sin saber porque este insomnio sin fin,  ¿porqué sin ti?  
69 minutos sin parpadear,  
mirando a través de la penumbra  
de mi corazón,  
a lo lejos del balcón al mar.  
Esperando me alcance la noticia.  
Que has regresado  
para ser feliz, amor.  
Y la espera se hace eterna  
Quietud  
y  silencio.  
Fundido a negro.

Instante

Un instante cuántico,  
en estado mecánico.  
Donde el tiempo transcurre adelante y atrás, 
indistintamente.  
En él aparece tu espíritu oculto 
sin que nada puedas hacer,  
salvo contemplarlo.  
Un destello de fuerza  
interminable, cósmica.  
Luz a través de un punto   
se derrama por la habitación.   
Y el miedo y la agitación 
desborda tus defensas,  
acompasada, psicodelia,  
de tambor y distorsionada realidad.  
Salto al vacío de la nada,  
del que te cuesta volver 
a sentir en gravedad.  
Un solo sentido en alerta.   
La consciencia,  
perdida y transparente.  
Todo es velocidad   
y recuerdos apelotonados,  
algunos olvidados convenientemente  
en el fondo oscuro de la memoria.  
Eres tú mismo, reencarnado  
sucesivamente en los otras identidades  
que te invaden al tiempo. 
Te hacen ver siglos de existencia  
en un instante cuántico  
Desolador y fantástico.  
Confusión mental. 
Visiones brillantes 
vertigo y panico.

Luego silencio.