Yannis Copelam es un viejo profesor de secundaria en un instituto de provincias.
Luce una poblada barba blanca, y un gesto pausado, como si el tiempo se hubiese detenido en esa persona.
Vive solo, rodeado de libros y pinturas, sus dos persistentes aficiones declaradas.
Guarda celosamente un secreto, una promesa que juró nunca desvelaría.
Y nunca desvelará.
Categoría: de cuento
Lo que es de Cesar
Y- Hoy fui a ver a Cesar. Por primera vez. – le digo a Hilario.
Estuvo callado y atento. Provocando con su silencio.Me ayudó un poquito.
Estamos midiendo los terrenos.
H- Creo que no te dice todo lo que ve, todo lo que piensa. Es un profesional. – Contesta seguro Hilario.
Yannis – Yo tampoco le dije todo. Soy introvertido. Pero por un momento, me emocioné, y me relajé. –
Hilario – No creo que aguantes mucho más la presión. –
Y – Si me ayudó a verbalizar lo que pienso. Opina que es difícil salir de la encrucijada, donde adaptarse al presente pase por ser como soy; y también pasa por dar por acabado este nudo. Y a la vez, lo contradictorio es, ya finalizado, ¿que hacer sin nada más que lo pasado? ¿Terminar? –
H – Quizás tu mejor opción sea terminar con todo. Terminar con esto. – opina Hilario.
Y – Lo plantea como una lucha de mi yo contra mí mismo. Si gano, es un “por el momento”, hasta la próxima vez que se me ocurra. –
H – Sin embargo, si pierdes, es un instante, y para siempre. Un instante decisivo. Y ya está.-
Y – Pero no puedo dejar de pensar en lo que dejo atrás. Me importa demasiado. Nunca he sido cobarde. Y esto puede parecerlo, aún siendo la decisión más valiente. –
H – Esta duda te está matando, amigo. Puedes elegir el momento adecuado. Minimizar daños… –
Y – Desgraciadamente, Hilario, puede que tengas razón, y de todas las que tengo, es la mejor opción. –
H – ¿Y dejarlo terminado? Tranquilo. Todo en su momento. –
Y – A Cesar lo que es de Cesar. Me dijo que era bueno compartirlo. El me ha ayudado, y dentro de un mes volvemos a ver que ha pasado. –
olvida y espera
Yannis.- Ando nervioso escuchando el tintineo del teléfono móvil, esperando la respuesta.
Hilario.- No esperes nada. Nada te llegará como deseas. Ni siquiera a tiempo. Ese te negará lo que tanto deseas.
Y.- No seas cruel. ¿No ves cuanto me interesa?
H.- Tú eres cruel, que tanto te interesas. Te clavas las estacas en la cabeza, y no sales del círculo que te condena.
Y.- Voy a esperar un poco más. Es temprano. Puede que no lo leyera. … y si lo hizo …. (estalla el silencio) , si lo hizo es la cer te za de que sigo castigando a quien tanto me interesa.
H.- Desolador es no ser correspondido. Cruel torturar, con constancia, a quien te rechazó, y no lo aceptas, amigo
Amor de cuento
Con el cielo embravecido el frío del aire se siente donde el mar rompe con fuerza contra el pecho y mi tristeza Y si fuera todo mentira las notas lentas y sentidas de esta canción sin fin no sonarán solo para mi Con el corazón tapado de este manto gris no tengo ganas de seguir si no camino de tu mano Hundido cabeza abajo en este oceano caliente de dudas solo sin verte que me lleva lejos de tu lado Ven a mi Mirándote detrás de un cristal Voy por ti Amor buscado Amor de cuento Por un sendero de luces en fila que dirigen la mirada hacia el cielo profundo Y allí estás
Es necesario vivir
¿Es necesario vivir? – me pregunta Hilario. Balanceando lo bueno y lo malo, lo que te aporta y lo que exige, no siempre el resultado es vivir.
La parte más triste, lo imprescindible que perdiste, pesa mucho, como una losa de 1,60×2,30 gris granito.
Aunque lo que libera es poder abrazar en la espuma de mar, donde la despediste entre lágrimas, solo, al alba, un día de julio. Y juntos descubrir ese nuevo mar de más allá, camino al horizonte donde tantos amaneceres estuviste añorando.
Si te faltan razones. Si te faltan tareas por completar, para las que ya no tienes fuerzas. Si no soportas el silencio de esta soledad. Si en tu cabeza, una y otra vez, resuena el recuerdo de su risa abierta y sincera. Entonces es el momento en que vivir sé acabó, deja de tener sentido.
No te extiendas en despedidas. No recojas nada, ni hagas acopio de ninguna cosa. El camino es largo, pero no necesitamos nada.
Solo decide, y ve a su encuentro.
Salta.
Escapa.
Y termina.
Pero no siempre estás en lo cierto, Hilario. – le replico con desgana.
Hilario, mi amigo
Es Hilario, mi amigo.
Ni se que decirles, pero desde siempre fue mi amigo, incluso antes de que supiera que existía y le llamase Hilario.
Es mi mejor amigo. Siempre está. Y me escucha.
Conoce bien lo que llevo y como lo hago. Cada cosa. Es una versión de mi conciencia, esa maldita incómoda que siempre me reprime y me ata a la prudencia.
Es asertivo. Demasiado. No miente nunca.
No tiene mano izquierda. A lo que ve, va y te lo suelta. Es jodido, pero acierta.
A pesar de todo es dulce y agradable en el trato, nunca se enfada ni se calienta.
Me provoca con tanta calma y acierto que desespera.
Y también me enseña.
Es gordito, tranquilo, de cara redonda. Una cara reconocible, sin nada que descoloca. No le ves, pero está continuamente cerca.
Es mi amigo Hilario.
El que me sigue a todas horas y está siempre en mi cabeza.
Tormenta
Cuando era pequeño, en las noches de tormenta mi madre nos mandaba poner los pies en alto. Se apagaba la tv, todos los aparatos y la luz eléctrica. Estábamos mejor a la luz escasa de un candil o un quinqué, y el misterio de sus sombras en la pared. A poder ser nos mandaba directamente a la cama.
Por supuesto nada de salir a la calle, y menos con paraguas o debajo de los árboles. Y quitarse de las corrientes.
Ya en mi cuarto, las noches de tormenta imaginaba un gigante que escupía rayos luminosos por los ojos y sus pisadas sonaban como truenos. No tenía mucho miedo, sino curiosidad. Me asomaba a hurtadillas al postigo de la ventana y miraba asombrado el espectáculo de luz rompiendo en el cielo oscuro. Y el llanto interminable del aguacero, arreciando a cada trueno, corriendo el agua por los tejados y ya en el suelo, calle abajo. Mañana tocaría saltar charcos con las katiuscas. Y, a pesar del atraso en el trabajo del campo, no se les veía tristes a Leandro y a Emiliana, ni a Leandrin con las vacas en el establo.
Y esos rayos.
Algunas veces restallaban como un látigo. Otras, sonaban más broncos y hacía temblar todo a su paso.
Ya no llueve como antes.
Aunque esta noche fue como hace años.
Apague las luces, la tv y me asomé al patio.¡Menudo espectáculo!
De camino
– Ahora se que viví un amor de sueño. -respondía en voz baja a su compañero de viaje.
– Lo mejor de amar es ser correspondido, querido amigo. – le contestó totalmente convencido.
– Ahora, que se acabó, se que fue el mejor. Fue intenso y tan efímero, que me dejó descompuesto y frío. Sin aliento.
Sin saber que hacer, sin respiración, a medio camino entre el jardín y el pozo. – continuó, haciendo un silencio que pareció eterno.
– A pesar de que gozo del beneficio de la duda, sin saber que hacer: si vivir como alma en pena, o morir de amor. –
El camino cruza el bosque, cuesta arriba en este tramo. La respiración se hace intensa y el esfuerzo les obliga a tomar una pausa.
– Si buscas un poco de dignidad, … o vives con horror. – le aconsejó con dulce indolencia apoyado en el tronco de un árbol enorme.
– Nunca dejaré de amarle .- replicó sin alterarse, mientras fijó la mirada en sus ojos. – Nunca –
La tarde caía rendida después de un día tan largo. El cielo se teñía anaranjado, mientras se escondía el sol, por fin.
La fuente
En el patio del cole, en una esquina, pusieron una fuente con grifos de agua para beber o limpiarte la cara y las manos. El diseño era minimalista y muy práctico. Se trataba de un murete de ladrillo visto, que a ambas caras tenía una serie de grifos normales de cobre (ahora serían vintage), por lo menos siete y ocho por cada lado, y rematando la obra una canaleta de desagüe tapada por rejillas metálicas.
Fue, al principio, lo más parecido a unas duchas para después de gimnasia o entreno de deportes.
Y el agua buenísima: fría en invierno, caliente en verano, siempre abundante, y creo que nadie enfermó a pesar de que los grifos los chupaba todo cristo.
Hacia la fuente esprintamos trescientos sedientos desde todos los rincones del patio en el momento que sonaba el timbre del final del recreo. Se hacían colas enormes, con sus lances y empujones, pero que se resolvían con rapidez, porque había que #ponerseenfila y entrar con orden cada uno en su clase.
Eso no salía bien de primeras, y recuerdo que nos tuvieron un día entero en el patio; sonaba el timbre, corriendo a la fila, por orden de estatura, siempre en el mismo orden, entrar en clase; salir de clase al patio de nuevo; sonaba el timbre, corriendo a la fila, entrar en clase…. a la de cuatro nos dio la risa, pero nos enseñaron a entrar en orden.
Hace tiempo, mucho, que no voy por el cole, pero estaría por apostar que él murete de la fuente sigue en ese rincón del patio. Te puedes creer que el puñetero murete de los grifos es un recuerdo agradable del colegio.
Bachiller
Empezamos el bachiller en Los Salesianos. Un colegio nuevo, grande y vacío, que se fue llenando año a año.
El primero de ellos todo por hacer.
El patio enorme era una llano de tierra, que se llena de charcos. ¡Imagina el rato del recreo! Menos mal que alrededor había unos soportales enormes. En poco tiempo lo asfaltaron, pero seguía habiendo charcos. Solo que con esta mejora, si te caías, renovabas la piel de una sola vez.
Allí empezamos a jugar a la pelota, luego al balonmano y el basket.
Antes arreglamos el campo de fútbol a la trasera del edificio, empleando las horas de gimnasia y deporte a hacer batidas recogiendo piedras y restos de ladrillo y escombros de obra. Cada clase, en su hora de gin, doblaban la espalda para recoger piedras del campo de fútbol. En pocos meses, apenas un curso, el terreno era una alfombra. Se pusieron las porterías y que ruede el balón. Nadie nos dijo nunca, o yo no me enteré, porque estoy siempre en babia, lo del esfuerzo colectivo, el objetivo común conseguido y tal, pero siempre he sentido que, si el colegio llegó a tener un equipazo en primera juvenil nacional, y un jugador o dos, llegaron al Atletico de Madrid de primera división y tal y tal, fué por el esfuerzo colectivo de 150 y tantos niños recogiendo piedras un año. Vale, después hubo más cosas que también ayudaron, pero lo nuestro no nos lo quita nadie. También felices con esto. Hoy sería imposible una cosa igual. Gracias generación de alumnos del 58, 59 y 60 Ahí lo dejo.









