Ojalá pudiera hablar contigo.
Y contarte de frente, con los ojos abiertos de par en par, lo que ahora me deja sin sueño.
Esas ideas locas, sin dueño, que me sobreexcitan sin descanso.
Ojalá tuviera la suerte de tenerte conmigo.
Y de mirarte de frente, mientras te digo lo que escribo. Lo que espero, lo que siento y prometo estar agradecido.
Ojalá nos regaláramos ese ratito tranquilo.
¿Tú sabes como pienso, como sueño, cómo sería reírnos?
Un paseo despacito y desconocido.
Después, silencio.
Categoría: de camino
Tiempo
El tiempo es una sucesión lineal de secuencia constante homogénea. Eso es lo de siempre, Aristóteles, lo normal, lo que hemos aprendido, lo que nos enseñaron, es lo lógico.
Pero hay una dimensión del tiempo que no es lineal. Es transversal. Es el tiempo del alma que decía San Agustin.
Es el tiempo grueso, intenso, lineal y estrecho. Es el tiempo desapacible, el tiempo alegre, agradecido o perdido. El tiempo de oro y diamante. El tiempo frío o ardiente. El tiempo espeso de espera, el feliz detenido también en un beso.
El tiempo lineal, no es eterno, es efímero. Sin embargo el tiempo del alma, intenso, es infinito.
Cada cual es libre de creer con su tiempo lo que quiera.
En mi caso, transcurrido el tiempo, fue algo así:
Fui consciente de él desde muy pequeño, quizás al descubrir mi curiosidad. Siempre ferozmente, intentando aprender y hacer muchas cosas, a vivir intensamente, con riesgo. Hasta que todo cambió.
Imagina cuando luchas con fuerza por tu sueño, y consigues alcanzarlo. Y lo vives con ilusión y pasión, casi sin darte cuenta, a toda velocidad. Y un instante después, de la misma manera, lo pierdes de vista y desaparece.
Caer al vacío sin final, paralizado, enfadado, desolado, es la única base de todos los pensamientos.
Bajas los brazos, te declaras vencido y crees en firme haber finalizado tu misión, y no dispones ya de futuro.
Sin embargo, pasado un tiempo, descubrí aliviado que había perdido todo, especialmente la ambición. Pero también aprendí a mirar despacio, a vivir con sentido lo que te toca, a ver el tiempo “a lo ancho”, recreando cada sentido, respirando hondo, escuchando con paciencia, aprovechando la vida, más austera, más intensa y verdadera. A disfrutar siendo generoso y calmado. Y haciendo reír.
La única pérdida letal que añoro son los abrazos. Y el castigo, la soledad.
El amor, os aseguro, lo llevo dentro.
Ahora me voy a aprovechar el tiempo. Y a disiparlo.
Perdonen que les escriba.

Imagen.- El eterno retorno. Carmen Salazar
Deseo, y no ver
Los abrazos
Cuando alcanzas a saber todo lo que perdiste.
Y consiste en una especie de ceguera, una puerta oscura cerrada de golpe, ahora pandémico.
Y no ver
A oscuras, solo, imaginando lo que deseas.
Únicamente un hilo de luz en los recuerdos, reconociendo sonidos antiguos.
Tu
Si hay otra vida, debe ser luz y abrazos.
Sin tus labios y tus ojos ardiendo, mejor no ver, estar ciego.
Perdido, estamos perdidos
Ya nada está perdido, cuando lo has perdido todo. El mundo y la vida es de los atrevidos.
Arriesgarlo todo cuando no tienes nada.
Emprender un nuevo camino al final de una certeza. Tomar aire cuando exhalaste el que te queda.
Nada de esto tiene mérito, ninguno es una gesta. No merece considerarlo, ni aplaudirlo.
Es una necesidad de vida. Es un atrevimiento, quizás.
Pero el camino comienza incierto. Ni siquiera el rumbo ni el tiempo están determinados con claridad.
Unicamente das un paso detrás de otro.
Cargado a la espalda, de cualquier modo, todos tus miedos y tus vergüenzas, las mentiras y tus verdades, el orgullo y la humildad, para andar y no parar, hasta el final.
Nómada
¿En que momento de debilidad decidimos echar raíces y defendernos. Pararnos a conservar lo conseguido, y dejar de buscar lo nuevo?
Siempre hay un placer en la partida hacia un destino lejos, un camino surcado de encrucijadas donde perdernos, una duda, un atardecer que nos deje sentado y en sueños.
¿Y si no vuelvo? ¿Y si, por una vez más, me pierdo? Que más da, si soy feliz con este atrevimiento.
Cada día amanece, y no quiero perderlo. Solo una lágrima no va a parar el cielo. Ojalá llueva y moje todo de vida, y este viaje se haga eterno.
A años luz
A años luz de lo que quieres que casi tocan mis dedos Una brisa del paraíso me trae noticias de tu anhelo A años luz de tu sonrisa que siempre eriza mi pelo Quiero correr a toda prisa razón de más, pero no puedo Ojalá se calme el mar, y no sea tarde que quiero verte desde lejos pisar la arena de la playa con el príncipe de tus sueños
Historia a las cinco
Llama mi atención. Capucha y mascarilla ocultan el rostro. Sus ojos mirando al suelo. En la pierna, un tic constante descarga nervios.
¿qué me importará a dos metros de silencio?
Se remueve en su asiento. Cae algo del bolsillo. Dudo si decirle. Tantos meses en silencio.
¡qué narices! – Perdona, te calló algo… –
– ¡Uff! si lo pierdo. Me espera mi madre – descubre, la cabeza rapada, ojos alegres.
– La recojo. A casa muy contentos –
– Cuidaros mucho – golpeando el pecho.
– Igualmente –
Los ojos revelan sonrisas.
El Metro abre la puerta. Hospital.
Desaparece corriendo.
De repente…
Cada día mil millones de historias de gente normal, que ninguna son verdad y todas son ciertas.
Y es que de cada certeza salen al menos dos historias.
Solo son cosas corrientes, que atraviesan sin más la vida, y siguen pendiente abajo, hasta desaparecer.
Historias irrepetibles, recientes. Que a nadie importan, que nadie siente.
Y que más da, si desaparecen. Historias de tren, de medio día, de media tarde.
Invisibles. Transparentes. Intangibles.
Y de repente…
Media parte
Caminando a ciegas. Sin media parte, de naranja, de limón. Mi ojito derecho perdió la visión. El corazón parado de pulsación a 180. Un horizonte helado, un mar esmeralda. Mirando hacia el suelo el pico de tu falda. Escucho tu risa en sueños. No quiero esperar el momento de perder. No quiero esperar el momento de volar. Y volverte a perder, amor.
Lo que perdí, Cesar
Perdí las gafas.
Hoy me di cuenta, mientras repasaba todo lo que también perdí.
La ilusión y la necesidad de servir, de ser útil e importante para alguien. Alguien por quien me estremezca cuando la mire, que me motive y me necesite.
Todo lo que perdí es eso. La soledad no era para mi. Está siendo abrumadora.
En todo este tiempo no fui capaz de rehacer mi vida.
Y lo más destacado es la soledad. Estar tan solo es insoportable. Es encontrarse en el umbral de la puerta final.
Y de seguir así, lo de mañana no merece la pena pasarlo.
Me siento muy egoísta con esto. Porque están mis hijos y mis nietos; y mis padres y hermanos, algunos pocos amigos que me echaran de más o de menos. Pero cada uno de ellos tiene su vida, sus ilusiones, su futuro por delante.
Yo sin embargo, con todo el pasado por detras, sentía un vacío inmenso. Lo mío era un esfuerzo inútil y efímero, absurdo.
Alguna vez pensé que lo imprescindible era tener un propósito. Y mi sicólogo de cabecera, Cesar, peleó conmigo en las terapias con el maldito concepto. Me negaba la importancia de tener propósito. Con tanta discusión, me di cuenta que le incomodaba la sola mención del término “propósito “ Yo insistía cada vez, de forma tediosa, porque estaba empeñado en que ese era mi problema.
Pero es cierto, y quizás no elegí bien el término. No me explique bien con mis inquietudes.
Y ahí están.Tan cerca como la última puerta. Tan perdida la esperanza como las gafas.









