Para toda la vida

Con toda la vida por delante. 
Por siempre
es un plazo corto
Casi inmediato
Se pasa en un instante 
Demasiado intenso para perderlo
Más corto que un segundo 
Es ya!
La vida es corta.
No desperdicies nada  
Por pequeño que parezca 
Un gesto
Un viaje
Un amanecer
Una tarde tranquila
Una aventura trepidante
Una oportunidad próxima
Una puesta de sol
Una caricia tímida 
Una mirada de amor..
Para toda la vida
Por siempre
es hoy.

Diciembre

Se paso noviembre. 
Ayer.
Y no ocurrió nada. 
Solo,
día a día, 
el mes más bonito del año,
haciéndome daño 
sin compañía. 

Me abandonó mi alma. 
Encerrado en mi cabeza, 
viviendo una historia muerta. 
Transitando en un presente pasado. 
Condenado a no tenerte 
nunca a mi lado, 
sin entender 
que pasó. 

Final feliz para una desgracia, 
no supo a poco 
la mágia, 
no duele tanto 
la ausencia, 
sino la interminable esencia 
de tu olor 
en mi almohada.

Callado, recorro el camino
que se hace largo. 
Pasar página 
me cuesta tanto, 
si en la siguiente escribo: 
tu cara y tus labios
no vuelven, 
no olvido tus manos. 

Un débil lamento. 
Me esfuerzo en llorar para adentro.
Un ruego imposible. 
Un error sin tiempo. 
Un sueño, 
un infierno lento. 
Encendido, un último abrazo. 
Te quiero. 

Noviembre
El mes de los muertos.

Gritar

¿Cómo hacer para aliviar 
mi dolor más personal?
Luchar por superarlo
ha sido inútil.

Y solo me queda subir,
necesito el punto más alto,
de la montaña más alta.

Para gritar desde allí tu nombre,
y descargar mi odio y mi pena
por haberte perdido, amor.

Tengo miedo a decidir.
Ir volando a tu encuentro
por el camino más rápido,
que sin duda es morir, amor.

No es mi mejor día 
Ni mi mejor idea
sin duda es debilidad
en una persona perdida, amor

Mándame tu fuerza
Tú esperanza y tú alegría 
Para no torcer mi conciencia 
Para ser quien tú querías, amor
Feliz

Corazón intacto

Intento mantener mi corazón intacto, 
entero entre tanta incertidumbre, 
a pesar de que, de vez en cuando,
se le desprende un llama, con dolor, 
para seguir el paso, 
iniciando su camino y su vida. 

Todo el amor que contiene no cabe,
dejando escapar
una fumarola en la oscuridad,
tormenta solar radiante, 
que inunda en el firmamento, 
el nacimiento de una estrella.

Y cada vez que alumbra 
de blanco una luna llena,
se apaga un poco este fuego
que ahora me quema,
 dejando escrito en el cielo, 
por siempre tuyo, mi perla negra.

La llave

Vivíamos en un pueblecito blanco de la Vega del Guadiana, pedanía de uno cercano. Un pueblecito nuevo que se iba haciendo poco a poco.
Al pasar de los días le iban instalando las luces, las aceras empedradas y algunos árboles.
No se cuantos años tenia. Pocos, cinco o seis si acaso. 

Ese día, por la tarde, mientras en mi casa había visita, llamaron a la puerta. Fui corriendo; a mi me correspondía abrir, soy el mayor de los hermanos. Un hombre joven venía a buscar algo de la casa de al lado. Lo atendió enseguida mi padre. Me dio una llave grande, y me pidió que lo acompañara a recoger lo que pedía y cerrara después la puerta con la llave. Prestaba toda la atención a lo que me decía, con los ojos bien abiertos para que no se olvidara nada del encargo.
-No te entretengas y vuelve volando, que es casi de noche. Y no pierdas la llave. – me dijo antes de volver con la visita.
Acompañé al joven donde recogió lo que necesitaba. Cerré la puerta, corriendo el cerrojo hasta el final. Saque la enorme llave de la cerradura, la guarde en el bolsillo que la camisa tenía en el pecho, y eche a correr como un poseso por el camino de regreso. Al entrar en el rellano delante de la casa, bordeando un pequeño seto del jardín, resbalé y caí de bruces delante de la puerta, clavándome la llave en el pecho.
Justo en ese momento la visita se marchaba, y mis padres la despedían allí junto a la puerta. Me levanté del suelo avergonzado, con las rodillas sangrando y los pantalones y la camisa manchadas de barro. Una lágrima me cruzaba a traición la cara, cuando delante de mi padre, le entregaba la llave enorme mientras decía: – está todo cerrado. –

Me mandaron arriba, a limpiarme lo manchado y curarme las heridas de las rodillas y las manos. Ya solo en el baño, al quitarme la camisa, me di cuenta del otro daño. En el pecho izquierdo señalado tenía la llave marcada como si la hubieran dibujado.
Desde pequeño me gustaba que me mandase recados. Mi vecino se sentaba en una silla de madera y esparto a la puerta de la calle. Me ponía en la mano una moneda y en la otra una botella de cristal. – ve a la cantina y que te den lo de Leandro. – Y allí me plantaba yo con un litro de aguardiente en la mano, cruzando dos o tres calles para hacer bien el recado.
No se cuantos años tenía. Pocos, quizás cinco, o seis si acaso. Y no se me olvidará nunca la llave de mi primer encargo, ni la botella de Leandro.

La historia de un pañuelo

Fue un regalo de hace tiempo. 
Es blanco y liso.
Únicamente una inicial bordada en un
extremo. 
No lo llevo para mi. Cuando a alguien
le hace falta, lo comparto. 
Ha sido paño de lágrimas de alegría y
tristezas. Todas para recordar. 
Agitado al aire para celebrar triunfos
de otros y como bandera para la
rendición. 
Arrojado a la cara como un guante en
un duelo.
Es mi pañuelo mi último consuelo,
el compañero final cuando ya no
queda nadie.
Nunca supe valorar cuánto lo quiero. 
Es la historia de mi pañuelo. 

Aprender cada día

Quiero ser sencillo, peleo cada día.

Nunca destaque especialmente en nada. Sin embargo lo intenté todo. Alguna cosa con fortuna. Los estudios, el deporte, la música, proyectos, empresas, sueños, amores… En estos momentos nada me queda de todo, salvo experiencia. Temible, si me pusiera a contarla. Y el convencimiento de haber fracasado intentándolo. Orgulloso de haberlo intentado.
Siempre rodeado, nunca solo. En los mejores tiempos, muy acompañado. Con familia muy numerosa, ingente cantidad de amigos, un millón de conocidos y mucha actividad social ocupaban sin descanso todos los días de todos los años de mi vida. Hasta que la desgracia me sobrevino, y no supe negociar con ella. Se invirtió entonces mi suerte, sintiendo la mirada de un tuerto sin encontrar una explicación convincente a todo lo que se acumulaba desgraciadamente.
Y, sin rechistar, asumo desde entonces el menguante acompañamiento y la dilucion de mi vida social hasta la nada. Confieso que me esfuerzo mucho por aislarme. No tengo ahora el cuerpo para fiestas. Y, claro está, se me nota, y no soy buena pareja de reuniones y encuentros. Mejor así.
Me disgusta compartir las penas, y he de aprender a callar y oír. Cuando aprenda, seguramente será tarde, quien sabe.
Además estoy perfeccionando el propósito de prescindir. Mi coche rutilante, los viajes distinguidos de business, de vestir de traje y corbata, uno distinto cada día; dejé de hacer regalos y atenciones, de cursar invitaciones y visitar restaurantes donde antes prácticamente me pasaba la vida, y colmaba de buen trato y distinción de forma generosa como anfitrión.
Todo es prescindible. 

Ahora aprendo a cultivar intensamente la humildad, y solo puedo ser generoso en el gesto, la atención y el cariño. Y para este viaje menguó mucho la compañía. No me quejo, sinceramente lo digo. Me encuentro mejor solo, menos incómodo.

Y estoy peligrosamente acostumbrándome a ser francamente asocial.
Siempre me gustó más regalar que recibir. Y ahora que no me queda nada, prefiero la soledad. No tengo mucho que ofrecer y no sé recibir sin dar.
Confieso, sin embargo, echar de menos una compañía intima y escasa con la que compartir confidencias, secretos y opiniones muy personales, así como planes futuros.
Me inquieta un poco acostumbrarme a tener mucha vida interior que se quede únicamente para mi; pero es lo que hay. Tengo ya mi amiga en secreto que se llama recuerdos. Hablamos cada día.
Y por día qué pasa en blanco de esta manera, más a gusto me sienta estar solo.
Y eso es un problema. La soledad es insufrible. Es mejor no resignarse.
Aprenderé. Porque el horizonte está lejano.

¿Las migas no van al cielo?

Las migas no van al cielo. Se quedan más o menos en el sitio donde las dejamos. Como son pequeñas y de poco peso, pueden moverse un poco, pero no se van al cielo. Aunque, de pronto, como por arte de magia, desaparecen del suelo.

Tampoco viene del cielo la comida a la nevera. Es un buen aparato con diseño moderno, pero entre sus prestaciones no está la de “llenado automático”. Al menos de momento. Y ya de paso, debería cocinarla a demanda. Y recoger los platos, por qué no. Eso si que sería un buen aparato moderno.
Lo mismo pasa con la lavadora, que increíblemente, no recoge aún del cuarto la ropa, ni la limpia, ni la seca, ni la dobla con cuidado y tampoco la coloca en el armario. ¡Vaya una mierda de aparato!
Por mucho que hayamos avanzado, al mundo le queda todavía un rato para satisfacer las demandas, casi necesidades, que tenemos los humanos. 

En mi casa lo hacen los duendes. Estos si que son un cielo. Y te sacan la basura, … y te dan abrazos. ¿Y tú que duende eres?


(A todos los duendes, a mis hijos y mis nietos, con cariño y buen humor)

Hogar

Hogar 
Ese sitio donde quiero volver.
El refugio definitivo.
La felicidad.

Cuanto cuesta mantener
encendido el fuego.
Con paciencia infinita.
Sin perder la fe.

Te apartas corriendo. 
Con prisas miras el horizonte,
dando valor a todo lo nuevo.
Natural.

Y mientras,
en la puerta de salida,
te colocas de espalda
sin mirar atrás.

Aquí sigo
sin perder la fe.
Teniendo todo preparado
por si decides volver.

De su Habana

Que gusto caminar por La Habana. Disfrutar de sus calles, y mirar curioso a su gente.  Quedarme perplejo embobado en sus edificios, que hacen equilibrios en el tiempo, y se mantienen en pie.
Siempre que fuí no me sentí extranjero. Todo tan reconocible, tan cercano, sacando de mi memoria tiempos antiguos de pantalón corto y chanclas. De mi infancia en un pueblo De la Vega del Guadiana. De carreras con bici, de jugar, de aprender, de vivir en la calle. De charcos, de parques con árboles inmensos, de paredes encaladas, puertas abiertas y mecedoras en el porche, al fresco, con sillas esperando una conversación.  De comercios vacíos, casi; de kioscos de jugo a granel y verduras; de pequeñas gasolineras con un par de surtidores a pie de calle, en la esquina.

Y, como no, de Centro Habana, Capitolio, la Fábrica de Tabaco, Gran Teatro, la infinita Plaza de la Revolución, La Habana vieja, el Morro y el atardecer en el Malecón. Por pocos pesos le coges un cartucho al manisero, que aún quedan.

Y mi querido Yara, el gran cine de La Habana, que conozco con calma y emoción, a través del cariño de un Amigo para siempre. Y, enfrente, los helados de Coppelia, los almuerzos en el paladar, sin olvidar el Hotel Habana Libre, o el Nacional, donde tantas esperas soporté. O el Capri y el Cohiba, de relax con mi amigo y hermano de allí y de aquí, dando unos tragos.
Y de mil sitios y mil historias más que iré recordando siempre.

Pero, si me dan a elegir, siempre tendré a primera mano los largos paseos a solas, entre las calles de Vedado, recibiendo las miradas de frente, descaradas, de los paisanos que no resultaron nunca incómodas. Aguantando, claro, después la reprimenda de mi familia por el atrevimiento.  Las caminatas amaneciendo en Miramar, que recorría de cabo a rabo sin fatiga, siempre observando con suma curiosidad y entusiasmo. Les pido disculpas con todo respeto por la invasión.

La charleta fácil y simpática con el coronel retirado y su vecina, en el rellano del edificio; el socorro a una familia cambiándole una rueda al carro en plena tarde_noche empapado en sudor; o el cafetito tranquilo, en casa de Angelito, mi hermano, sentado en su sillón, hasta que comentó que seguramente debajo tenía el caimán que se le escapo la otra noche de la bañera ….

Y por encima de todos, los cafés en la terraza de tía Carmita. Allí vuelvo cada vez con el corazón. Allí volvería otra vez ahora mismo, Felo.