Aprender cada día

Quiero ser sencillo, peleo cada día.

Nunca destaque especialmente en nada. Sin embargo lo intenté todo. Alguna cosa con fortuna. Los estudios, el deporte, la música, proyectos, empresas, sueños, amores… En estos momentos nada me queda de todo, salvo experiencia. Temible, si me pusiera a contarla. Y el convencimiento de haber fracasado intentándolo. Orgulloso de haberlo intentado.
Siempre rodeado, nunca solo. En los mejores tiempos, muy acompañado. Con familia muy numerosa, ingente cantidad de amigos, un millón de conocidos y mucha actividad social ocupaban sin descanso todos los días de todos los años de mi vida. Hasta que la desgracia me sobrevino, y no supe negociar con ella. Se invirtió entonces mi suerte, sintiendo la mirada de un tuerto sin encontrar una explicación convincente a todo lo que se acumulaba desgraciadamente.
Y, sin rechistar, asumo desde entonces el menguante acompañamiento y la dilucion de mi vida social hasta la nada. Confieso que me esfuerzo mucho por aislarme. No tengo ahora el cuerpo para fiestas. Y, claro está, se me nota, y no soy buena pareja de reuniones y encuentros. Mejor así.
Me disgusta compartir las penas, y he de aprender a callar y oír. Cuando aprenda, seguramente será tarde, quien sabe.
Además estoy perfeccionando el propósito de prescindir. Mi coche rutilante, los viajes distinguidos de business, de vestir de traje y corbata, uno distinto cada día; dejé de hacer regalos y atenciones, de cursar invitaciones y visitar restaurantes donde antes prácticamente me pasaba la vida, y colmaba de buen trato y distinción de forma generosa como anfitrión.
Todo es prescindible. 

Ahora aprendo a cultivar intensamente la humildad, y solo puedo ser generoso en el gesto, la atención y el cariño. Y para este viaje menguó mucho la compañía. No me quejo, sinceramente lo digo. Me encuentro mejor solo, menos incómodo.

Y estoy peligrosamente acostumbrándome a ser francamente asocial.
Siempre me gustó más regalar que recibir. Y ahora que no me queda nada, prefiero la soledad. No tengo mucho que ofrecer y no sé recibir sin dar.
Confieso, sin embargo, echar de menos una compañía intima y escasa con la que compartir confidencias, secretos y opiniones muy personales, así como planes futuros.
Me inquieta un poco acostumbrarme a tener mucha vida interior que se quede únicamente para mi; pero es lo que hay. Tengo ya mi amiga en secreto que se llama recuerdos. Hablamos cada día.
Y por día qué pasa en blanco de esta manera, más a gusto me sienta estar solo.
Y eso es un problema. La soledad es insufrible. Es mejor no resignarse.
Aprenderé. Porque el horizonte está lejano.

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