La llave

Vivíamos en un pueblecito blanco de la Vega del Guadiana, pedanía de uno cercano. Un pueblecito nuevo que se iba haciendo poco a poco.
Al pasar de los días le iban instalando las luces, las aceras empedradas y algunos árboles.
No se cuantos años tenia. Pocos, cinco o seis si acaso. 

Ese día, por la tarde, mientras en mi casa había visita, llamaron a la puerta. Fui corriendo; a mi me correspondía abrir, soy el mayor de los hermanos. Un hombre joven venía a buscar algo de la casa de al lado. Lo atendió enseguida mi padre. Me dio una llave grande, y me pidió que lo acompañara a recoger lo que pedía y cerrara después la puerta con la llave. Prestaba toda la atención a lo que me decía, con los ojos bien abiertos para que no se olvidara nada del encargo.
-No te entretengas y vuelve volando, que es casi de noche. Y no pierdas la llave. – me dijo antes de volver con la visita.
Acompañé al joven donde recogió lo que necesitaba. Cerré la puerta, corriendo el cerrojo hasta el final. Saque la enorme llave de la cerradura, la guarde en el bolsillo que la camisa tenía en el pecho, y eche a correr como un poseso por el camino de regreso. Al entrar en el rellano delante de la casa, bordeando un pequeño seto del jardín, resbalé y caí de bruces delante de la puerta, clavándome la llave en el pecho.
Justo en ese momento la visita se marchaba, y mis padres la despedían allí junto a la puerta. Me levanté del suelo avergonzado, con las rodillas sangrando y los pantalones y la camisa manchadas de barro. Una lágrima me cruzaba a traición la cara, cuando delante de mi padre, le entregaba la llave enorme mientras decía: – está todo cerrado. –

Me mandaron arriba, a limpiarme lo manchado y curarme las heridas de las rodillas y las manos. Ya solo en el baño, al quitarme la camisa, me di cuenta del otro daño. En el pecho izquierdo señalado tenía la llave marcada como si la hubieran dibujado.
Desde pequeño me gustaba que me mandase recados. Mi vecino se sentaba en una silla de madera y esparto a la puerta de la calle. Me ponía en la mano una moneda y en la otra una botella de cristal. – ve a la cantina y que te den lo de Leandro. – Y allí me plantaba yo con un litro de aguardiente en la mano, cruzando dos o tres calles para hacer bien el recado.
No se cuantos años tenía. Pocos, quizás cinco, o seis si acaso. Y no se me olvidará nunca la llave de mi primer encargo, ni la botella de Leandro.

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