Poco a poco, inevitablemente, los hospitales me van dejando ese sentimiento intenso a despedida. Y es otoño.

Poco a poco, inevitablemente, los hospitales me van dejando ese sentimiento intenso a despedida. Y es otoño.

Porqué que me gusta vivir en los tejados me critican demasiado, porqué me gusta ser independiente y elegir a mi gente, quien te abraza, y a quien rechazo. Porqué ando mirando agazapado, sin liarme en los tinglados, siempre buscando contracorriente, mirando de frente, me llaman gato.
Con la mano alzada sobre el teclado, esperándote. Con la mente en blanco, queriendo llover. Y el miedo atroz a que la tormenta se lleve de golpe lo sembrado. La incertidumbre de quien vendrá hoy, y si serán suficientes los desvelos. Si la atención y el cariño no fueran suficientes para calmar el alma y los deseos. Otoño que acecha, y el día se abre con sol radiante, todo al revés. Y en mi cabeza tú. Buscando una señal, la nota que comience la canción de sueño que suena a lo lejos. Lágrimas, angustia, necesidad de ser feliz. Nada se cumple si no se cae el cielo encima hoy. Solo la transparencia infinita del Azul de los ojos de un bebé precioso, señal de que mi tiempo ya pasó. El eco repite cada vez: espera, espera, espera.
Se me rompió la vida cuando te perdí. Hicimos planes para siempre que de pronto se esfumaron. Y me dejaron vacío, mirando al mar lejano, sin comprender aún que tú fin era el mío también. Me resistí con violencia un tiempo, que fue un suspiro. Pero al fin la evidencia calló sobre mi, como el telón oscuro del teatro, poniendo fin. Y se rompió la vida cuando te perdí.
En mitad de la noche, paralizado en mi cama. Un pequeño grupo de figuras etéreas a mi alrededor. Son tall grays que susurran entre ellos:
Me tomaron por los tobillos y me arrastraron escaleras abajo, hasta el zaguán. Intentaba gritar, pero no salía sonido alguno de mi garganta. Bajando el último tramo de escalones vi la puerta de casa abierta. Hacia afuera nada se veía. Y el viento agitaba las copas de los árboles grandes de la explanada.
Luchaba extenuado, muerto de miedo. En el momento final, me zafé de su agarre y mi espíritu voló escaleras arriba, a recuperar el cuerpo tendido inerte en la cama, empapado en sudor y lágrimas.
Ese verano estalló la guerra entre árabes e israelíes. Horrorizado, me juré que me pondría en medio de la batalla para poner fin a esa masacre, “Nadie dispararía a un niño”.
Tenía siete años. Fue en octubre. En la casa de los maestros. Nunca le conté nada a nadie.
Se nos va el mes a toda prisa, con la cantidad de cosas por hacer y sin tener prisa.
Será cuestión del verano que a veces frena el ánimo y otras lo acelera.
O quizás también va por horas, y el greco (fresco) de la mañana apacigua sin duda las cosas, mientras que la noche te invita a invadir el día siguiente entre las penumbras de la noche junto al mar.
Para soñar. Y esperar que nos llegue la luna llena, más allá de la mitad de la mitad del mes, cuando casi se nos escapa del calendario, y empezamos con el dedo mojado a pasar la página y dar un vistazo al agosto planeado.
Julio es un mes intenso. Muy, muy intenso. Y a pesar de ser de los meses largos, no da tiempo a tanto acumulado.
Será después de tantos años, que lo tengo como mes señalado. A fuego y llanto, a cielo y miedo.
Fue un mes de julio…

Ahora mismo lucho con un cuerpo que quiere parar, y una cabeza que quiere morir.
Y con ninguno de los dos estoy de acuerdo.
Pero exhausto, a punto de la rendición.
Déjame tener una historia de amor. La última vez, bajo el soportal empedrado del dique oscuro junto al mar azul. Déjame besar tus labios, amor, beber tus lágrimas, en tus mejillas, palidecer, tus ojos cerrados y yo sin perder. Abrázame como si fuera la primera vez, y la noche nos fuera a encender, tanto tiempo frío el corazón lo dejo correr. Siento tan cerca tu latido Y luego abandóname. Yo nunca te olvidaré. El viejo malecón se llevó mis sentidos, y te dejó atrás el tacón en el escalón donde bailamos fundidos de amor.
Dos por cuatro, ritmo de nostalgia y anhelos. Tango de amor perdido, de magia, llorado, vivo.
Si. Después de tu beso sentido despacio, y tu abrazo más querido, me sentí inmortal. ¿Por que ahora quisiera volar? ¿Cruzar la puerta de la existencia y salir a cantar la felicidad? Sentirte pegado a mi piel mientras, bailando, dejamos correr el corazón a ritmo. Y el abrazo envuelve el aura del color que tantas veces soñé. No sé vivir sin tu mano acariciándome. Tus ojos solo para mi. Es amor inmortal, eterno amor vital. Es Amor, amor.