Un gusano

Un gusano me invadió 
dejando todo vacío. 
La fachada la defendí 
heroicamente,

sin propósito aparente. 
Solo por vergüenza,  
sin darme cuenta 
del gran vacío interior. 

Ni planes a medida 
ni nada en consecuencia. 
Que importancia tenia 
lo que pudiera pasar. 

Y ahora, que reparo, 
nada tiene sentido 
si solo he conseguido 
mantener en pie lo de fuera. 

No siento nada conmigo, 
ni aprecio lo que vendrá. 
Todo se acabará 
con el último suspiro. 

Puerta de Tannhäuser

Cerca, muy cerca 
de la Puerta de Tannhäuser, 
que vi abierta, imaginé  
un rayo iluminando el cielo oscuro. 

Y era el brillo de tu sonrisa, 
poniendo luz 
al corazón cerrado 
desde que no estás conmigo. 

En este mundo helado, 
siempre encuentro 
en el camino 
un fuego encendido. 

Y como lágrimas en la lluvia, 
desaparecer olvidado, 
al ritmo sincopado 
del reloj que llega a su fin. Perdido. 

El abrazo

Aveces sueño 
con certezas. 
Como esta:

Mi padre 
puso en mi ADN 
un abrazo.

Lo hizo, como supongo 
que también en él 
lo acuñaron. 

Porque nadie
abraza como nosotros. 
Permítanme alardearlo. 

El nuestro es un abrazo
grande, y largo. 
Y suave, y enredado.

Casi siempre casto, 
aunque a veces
se nos fue la mano. 

Es un abrazo de amigo 
es un abrazo sentido, 
de hermano.

Ahora que no podemos darlos, 
aparece la importancia
de este gesto para ambos. 

Tanto el que da, 
como el que recibe, 
se cuelgan encantados. 

Es una pérdida 
horrible, 
no podemos soportarlo. 

Mi padre y yo
soñamos cada día 
con ese abrazo. 

Por favor.
Déjame 
dártelo. 

Bulerías

No sé si lo que escribo 
es verdad o es mentira 
Solo se lo que siento.
Tristeza, soledad, melancolía 

Cosas que veo 
historias que invento 
Y que las cuento con alegría, 
con lágrimas sentidas, 
con rabia del corazón, 
con ironía. 

Y que no se me olviden, 
vida mía 
Para colgarlas en tu balcón.

por bulerías.


Speedy Gonzalez, Pablo

Fue un día 30 de octubre. 
Yo estaba trabajando con un grupo de empleados en Nerja ese día. 
No recuerdo bien, pero creo que fue como al medio día que recibí una llamada al teléfono del  
despacho de mi cliente. “Es para ti” y me pasó el teléfono amablemente. 
Desde mi oficina me avisaban de que la buena noticia que esperaba estaba al llegar.   
Mi pequeño llamaba a la puerta. 
Como hoy, ese año aún no había llegado el frío y se sucedían los días soleados, radiantes,   
como la sonrisa y el brillo de mis ojos en ese instante. 
Hice un esfuerzo por calmarme y terminar la reunión. Pero cordialmente me despidieron,   
entre enhorabuenas y deseos de suerte, para volver a casa, al encuentro de mi pequeño.   
Entonces inicie un viaje al sprint, intentando llegar antes que él. Nuestra primera competición   
de muchísimas más que luego vendrían.   
Volver a la oficina, dar instrucciones, pasar por el hotel, hacer la maleta, poner gasolina,   
subir al coche, y a buscarle.   
Nunca ese trayecto de cuatro horas y media, que tantas veces he hecho, igualó el de ese día.   
Con la sonrisa puesta todo el rato hasta dolerme la cara, imaginando cómo sería, como encajaría   
con los dos pequeños en la foto de mi familia. Sería moreno, rizado, despierto y menudo, como el   
mayor; o rubio y de ojazos, enorme y cariñoso, como su otro hermano.   
Cuando llegue excitado al hospital materno subí por las escaleras, demasiado impaciente para   
esperar el ascensor.   
Se me fue el día en el viaje y cuando entré a la habitación era de noche. Estaba a oscuras.   
La mamá y mi hermana, que le acompañaba, las dos durmiendo.   
Y el bebé dentro.   
Una tanda de besitos tiernos, y me enviaron a dormir a casa de Eloísa y Antonio.   
La abuela no paraba de preguntarme ¿cómo está mi niña? Con cariño me preparó una tortilla,   
un baso de leche y a dormir.   
Ya en la cama pensé “menudo sprint; al menos no llegué tarde” .   
Me quedé dormido al instante, agotado.  
Al día siguiente desperté sobresaltado. Me había quedado dormido. ¡No podía ser!   
seguro que el peque ya había llegado.   
Corriendo de nuevo al hospital. Al llegar me tranquilizan “está todo controlado”.   
Una breve espera más y ya está.   
En el capazo ¡nada de todo lo que había imaginado! Salió pitando con ganas mi pequeño Pablo.   
La carita redonda, se parecía más a los Ramos.   
Y desde entonces este pequeño ratón lo hizo todo muy rápido. Al estilo de aquel personaje de   
Loones Tunes “Speedy González”,  que arrancaba a correr gritando ¡epa epa ándale ándale arriba   
arriba!   
Hoy después de estos años te pido, una vez más, que tengas cuidado. Cosas inevitables de padre.   
Pásalo bien. Solo tu corazón es más grande que tu fuerza, ratón. 
Y reconozco mi derrota. Por el corazón me has ganado. 

31 de octubre. Felicidades. 
Papá 

Silencio pío

Me cortaron las manos 
para no escribirte 
ni un verso más.

Para no poder 
decirte ni pio. 
En silencio completamente. 

Y, mientras miraba 
lo que antes fueron, 
me inundó el silencio, 

dejando vacío y ruido 
el único espacio 
que llenaba contigo, amor 

Y solo el sonido 
de una lágrima 
 rompió 

pensamiento 
y oración, 
el silencio pío. 

Sueño sin dueño

¿Y si te quiero 
a tumba abierta, 
a pierna suelta 
de sueño profundo, 
sin tiempo?

Donde mucho, que es todo 
pasa en un segundo, 
despacio, sensible, 
invisible tu roce, 
suave la brisa, tiemblo. 

Después el estruendo, 
la fuerza del viento, 
el abrazo más intenso 
enredados los dedos, 
tu mano en mi pecho. 

Si solo recuerdas 
el último instante, 
el beso, sin dueño. 
Si sueño y despierto vacío, 
echándote de menos. 

Te quiero

Hoy quiero 
escribir te quiero 
como despedida. 

Es fácil decirlo 
para quedarse, 
mi vida. 

Es natural sentir 
te quiero 
sin distancia. 

Enredar mi mano 
en tu pelo 
con paciencia. 

Sentir anhelo 
a un minuto 
de tu ausencia. 

Si respiro tu aire 
en mi cara 
en un abrazo. 

Sin perder un minuto 
tu mirada 
en cada beso. 

Pero hoy no, 
no es eso. 
Es silencio. 

Me alejo.
Y te quiero, 
al final, 

fue cuchillo
hundiéndose 
en mi pecho.