Speedy Gonzalez, Pablo

Fue un día 30 de octubre. 
Yo estaba trabajando con un grupo de empleados en Nerja ese día. 
No recuerdo bien, pero creo que fue como al medio día que recibí una llamada al teléfono del  
despacho de mi cliente. “Es para ti” y me pasó el teléfono amablemente. 
Desde mi oficina me avisaban de que la buena noticia que esperaba estaba al llegar.   
Mi pequeño llamaba a la puerta. 
Como hoy, ese año aún no había llegado el frío y se sucedían los días soleados, radiantes,   
como la sonrisa y el brillo de mis ojos en ese instante. 
Hice un esfuerzo por calmarme y terminar la reunión. Pero cordialmente me despidieron,   
entre enhorabuenas y deseos de suerte, para volver a casa, al encuentro de mi pequeño.   
Entonces inicie un viaje al sprint, intentando llegar antes que él. Nuestra primera competición   
de muchísimas más que luego vendrían.   
Volver a la oficina, dar instrucciones, pasar por el hotel, hacer la maleta, poner gasolina,   
subir al coche, y a buscarle.   
Nunca ese trayecto de cuatro horas y media, que tantas veces he hecho, igualó el de ese día.   
Con la sonrisa puesta todo el rato hasta dolerme la cara, imaginando cómo sería, como encajaría   
con los dos pequeños en la foto de mi familia. Sería moreno, rizado, despierto y menudo, como el   
mayor; o rubio y de ojazos, enorme y cariñoso, como su otro hermano.   
Cuando llegue excitado al hospital materno subí por las escaleras, demasiado impaciente para   
esperar el ascensor.   
Se me fue el día en el viaje y cuando entré a la habitación era de noche. Estaba a oscuras.   
La mamá y mi hermana, que le acompañaba, las dos durmiendo.   
Y el bebé dentro.   
Una tanda de besitos tiernos, y me enviaron a dormir a casa de Eloísa y Antonio.   
La abuela no paraba de preguntarme ¿cómo está mi niña? Con cariño me preparó una tortilla,   
un baso de leche y a dormir.   
Ya en la cama pensé “menudo sprint; al menos no llegué tarde” .   
Me quedé dormido al instante, agotado.  
Al día siguiente desperté sobresaltado. Me había quedado dormido. ¡No podía ser!   
seguro que el peque ya había llegado.   
Corriendo de nuevo al hospital. Al llegar me tranquilizan “está todo controlado”.   
Una breve espera más y ya está.   
En el capazo ¡nada de todo lo que había imaginado! Salió pitando con ganas mi pequeño Pablo.   
La carita redonda, se parecía más a los Ramos.   
Y desde entonces este pequeño ratón lo hizo todo muy rápido. Al estilo de aquel personaje de   
Loones Tunes “Speedy González”,  que arrancaba a correr gritando ¡epa epa ándale ándale arriba   
arriba!   
Hoy después de estos años te pido, una vez más, que tengas cuidado. Cosas inevitables de padre.   
Pásalo bien. Solo tu corazón es más grande que tu fuerza, ratón. 
Y reconozco mi derrota. Por el corazón me has ganado. 

31 de octubre. Felicidades. 
Papá 

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