Corazón derramado Amanece Mar en la luz Cielo añil Frío que despereza Dame tu mano Tengo tu espera No espero nada de ti Pierdo la cabeza Pájaro que mira y salta Tira la caña y deja la cama vacía sin dudas Para que vengas No te detengas en la orilla de arena Vuela para que vuelva Vuela corazón de pecas Mota oscura a contraluz de la inmensidad del mar Este mar cansado pausado y quieto que nada te pide que nada te da Yo que solo quise ser quien te lavaba tus pies Y no miraste solo que olvidé.
Contigo
El marqués del cuento
Y se murió el marqués.
Sin título ni legado.
Siempre rodeado de gente, siempre tan solo. En su cara una sonrisa como siempre.
En su habitación nadie presente y mucha gente de paso.
Todo pasó tan deprisa.
Murió joven para su edad, pero mucho más tarde de lo que hubiera deseado.
Tan solo siempre, desde hace tanto tiempo, que ha sido un milagro que llegara entero a este momento. Siempre dijo “todos vamos a morir, pero no hay prisa”, tranquilos.
Claro que de todo, siempre le salvó escribir.
Siempre es pronto para morir, no es una frase que se le pueda aplicar ante el deseo intenso del que hacía gala en cada momento por despedirse.
Al contrario, “me voy” era una cantinela que repetía machaconamente casi nada más llegar a cada sitio, a cada reunión, para el desespero de los anfitriones.
Buen anfitrión él en sus dominios. Ponía todo su empeño y esfuerzo en demostrarlo hasta un nivel obsesivo, casi excesivo.
No fue nunca el ser más sociable que pudieras encontrar. Más bien gustaba de estar apartado, en largos silencios, paseos en solitario, enfrascados en sus pensamientos y sus cuentos. Y así también gran observador, meticuloso, mirando todo al detalle, tan curioso que ni el más insignificante se le pasaba de mirar.
Aprendió desde bien joven que el máximo poder e influencia consistía en haber ayudado a “crecer” a la gente que le rodeaba, consiguiendo mejorar su vida y sus opciones de progresar.
No admitía regalos ni reconocimiento. Siempre anhelaba pasar desapercibido.
Cuando fue necesario, no le importó tomar el trabajo de otros con tal de conseguir acabar con la tarea de todos.
Queriendo ser escudero, le tocó por propia iniciativa comandar la nave, asumir las decisiones sin pestañear. Blandiendo su buen criterio en cada momento, aceptando los errores propios y los extraños sin rechistar, intentando resolver conflictos y mejorar las reuniones de gente con opiniones dispares.
Mejor consejero de otros que de aprovechar sus propias oportunidades.
¡Que buen caballero, si tuviera un gran señor! que escribieron del Cid, era como una sentencia que le perseguía en el tiempo.
De acuerdo a una vida interior intensa, se esforzaba para estar siempre alegre, como autodefensa a su destino, del que siempre renegó con rebeldía y consiguió cambiar definitivamente.
Siempre pensó que el gusto por la música y el buen humor, como tarea y predisposición diaria, fue la herencia materna.
Encontró en la fina ironía una forma de expresión a su medida, escuchando en silencio desde pequeño a su padre, y luego reafirmando su gusto en conversaciones reveladoras entre risas auténticas y sinceras con su tío jesuita, indiscutible referencia vital, y que fue esclavo de sus creencias, su genio y su “parroquia” hasta el último día desafiante de su intensa vida.
Fue engordando su currículum oculto, estudiando sin parar todo lo que creía necesario a su causa, siendo el gusto por los libros y la lectura su herencia paterna más considerable.
Sus amores, espléndidos, intensísimos y escasos, fueron sin duda su motor y su energía. Nunca aprendió a estar solo, y ese fue su final.
Sus nietos fueron definitivamente su debilidad, y la certeza de que se le escapaba la vida, esa que ya no le pertenecía.
Sus hijos, todos y cada uno, una pizca parecidos pero todos distintos y únicos, fueron su devoción y su CAUSA por siempre. Para cada uno guardó un pequeño tesoro escondido en un abrazo, una mirada, una sonrisa, una complicidad y un beso.
Fueron llegando poco a poco hasta colmar una vida extensa y fueron imprescindibles para agrandar su personalidad y su experiencia.
A los veinte y pocos años, y recién casados, ya le leyeron a él en la palma de la mano, paseando las calles de Granada, que la vida le sería larga e intensa, con hijos y amor, aquella gitana morena y espléndida, “dame tu mano, marqué, y cómprame un romerito” Y la voluntad.
La voluntad nunca le falló. La voluntad y los sueños, que maduraron el perfil de su rostro de niño y cincelaron un cuerpo enorme de adolescente en cada entrenamiento de madrugada, antes de clases del colegio, al que no faltaba nunca, aunque lloviera o helara de frío como solo hace en Extremadura, enfundado en sus pantalones cortos y camiseta de baloncesto a pesar de cualquier inclemencia. Nunca dejó ese juego hasta casi los treinta.
Cantar y tocar la guitarra, que abandonó en una decisión estúpida por un mal de amores.
Las primeras canciones cantadas a dos voces con su hermano más querido, que le abrieron el alma y la curiosidad por escribir historias cotidianas, a la sombra de una encina en las tardes espesas de calor del verano. Y el folk country y las guitarras acústicas prestadas…
El tocadiscos y la música de sus padres, las canciones a “grito pelao” en los viajes en coche, apelotonados los seis hermanos, unos encima de otros, en el asiento de atrás de un Renault 4L, atrapó su atención para siempre.
Y luego la guitarra, la primera llegó a casa de la mano de su única hermana y sus clases de rondalla, pero seduciéndolo a escondidas tardes interminables de aprender los acordes, autodidacta, en el salón de su casa.
La libertad que le otorgó conducir, su inmenso amor por los coches, su pasión por las motos, desde el primer ciclomotor o el SIMCA mil usado y pintado a mano, hasta el utilitario de estreno, los coupe deportivos, todoterreno, monovolumen, los grandes sedán, por no olvidarse de las motos de cross, escúters, deportivas, sport tourer… dejan rastro singular de su habilidad y su afición.
Conducir fue su experiencia y pasión más transversal desde que se subiera a motor parado en la Mobillette negra de su padre con cinco años , la estudiara al detalle, admirado, sentado en cuclillas durante horas frente a ella sin desfallecer. Y luego la sucedieron la Lambretta, que el obispado asignó a su tío cura, y su chasis monocasco, su escudo de chapa, su pedal de freno, sus dos asientos separados, sus tapas laterales que escondían el motor y la rueda de repuesto …
En el coche familiar, siempre sentado en el asiento trasero, justo detrás de su padre, desde donde le observaba incansable durante cada trayecto, memorizando cada gesto, cada pisada al pedal y mano a la palanca de cambio, cada giro de volante, cada mirada …
La caterva de hermanos, queridísimos e imprescindibles primeros compañeros de juegos interminables, futbolistas, princesas, toreros, ciclistas y matadores de hormigas.
Su hermana, única hermana indefensa entre tantos hermanos varones, brutos pegadores de patadas, y a la vez tan valiente: fue siempre la única que durmió sola.
Ese primer año de vida, con su hermana gemela por tamaño, parlanchina, sentados en una mantita en el patio de casa, jugando inocentemente con un escorpión, tan FELIZ.
Todo tan rápido.
Al fin.

El último banco
Se acerca la tarde. Aquí hace brisa fresca de poniente. Después del día intenso de calor, se agradece un poco de esta pausa viendo caer el sol.
Ahora no tengo nada más que hacer que mirar el horizonte, con el sol de cara, encendido, pero ya no ardiente. Su fulgor se ha transformado en seda, en calor terciopelo, mientras empieza a hundirse en el mar azul marengo.
Solo son unos minutos, largos, menos de una hora mágica que abre la puerta de los sueños. Donde una caricia multiplica su valor, llegando a lo más profundo del corazón.
Aunque alrededor siguen jugando sin parar, siguen las conversaciones en tonos de compartir, eres capaz de concentrar tu alma en la caída al mar del día, hasta el punto de silenciar el momento como si fuera una fotografía, una cinta de película muda.
Daría mi vida por tus pensamientos.
Toda la vida en la emoción serena de un sueño, de una historia de cuento, de un cuento que termina en la noche, en un suspiro de amor.
El último banco para mirar caer el sol que me regaló esa historia, lo tengo bien guardado en mi corazón.

Don antes
De joven, hace mucho, a mitad de juventud más o menos, se me acercó una clienta, en Cáceres, me miró a los ojos, y deslizó con una sonrisa de súplica un ejemplar de solicitud de donante. Donante de ojos.
… y se fue de mi ventanilla.
Me dejó un poco perplejo.
Luego en casa leí detenidamente el formulario y decidí rellenarlo y enviarlo.
Así me hice donante. De ojos. También lo soy de sangre, por mi grupo 0-, donante universal.
Ahora que últimamente ya no me llama nadie, me gustaría ser donante de sonrisas, de calma, de miradas profundas, y de abrazos y caricias.
Y como decía antes, ya nadie me llama. Y esto se acaba.
Estoy viendo venir la soledad más cierta, ahora que caminar me agota, que se apaga la mirada, con la paciencia intacta, aún con la sonrisa puesta, herencia de la casa.
Engreído y generoso. la realidad manda.
Jo.
… y yo que los regalaba.
Fácil mente fáciL
Me olvido fácilmente de lo que importa
Me enfado constantemente por lo que nó
Me río con euforia de todo lo que me pasa
Me esfuerzo cada día hasta la extenuación
Nada de lo que hago tiene un motivo
Caigo cuesta abajo con decisión
Busco un imposible por todos sitios
Siento que he perdido el control
Dos y dos ya no son parejas
Encerrado entre rejas
en una habitación
En un papel, una sola letra
es una historia completa
dentro de mi corazón

Dentro de mi razón
no hay razones
que sustenten una decisión
He roto en pedazos
mis estrategias
quiero que pare el reloj
Agotados los esfuerzos
sin energía ni viento a favor
deja que la corriente me lleve
a donde se pone el sol
Quiero quedarme bajo tierra
y darle vida a una flor
ojalá margaritas
… margaritas y limón
Versos sueltos, vida entera. La despedida perfecta.
Escribo sin parar versos sueltos, para respirar cada día de una vida entera, contando historias, versiones todas de la que llevo dentro de mi.
A pesar de que cada día tenga un color diferente.
A pesar de que cada día tiene una música distinta que mece y mece, como el mar al barco sin gobierno.
El aire trae tu olor, imagino con los ojos cerrados, tumbado entre abrazos perdidos del salón al jardín.
No sé hasta cuando seré capaz de respirar en paz.
Elegir cuando quieres dejar de estar, y hasta aquí llegará el recuerdo. Tu elección más valiente.
Sin reproches, sin exigir más, como has decidido. Estuve allí.
Solo acompañando, a la distancia de una mano tendida, aguantando lágrimas, a veces no, deseando lo que tú quieres, sonriendo, serena, bella, perfecta despedida.
Yo solo estuve allí siempre a tu lado, en silencio.
Ahora me parece todo tan lejos y tan cercano, mientras esperaba en el pasillo que desahogaras tu corazón y pidieras ayuda a quien también nos acompañó.
Otro seis de julio deseando que vengas a llorar conmigo las lágrimas que entonces escondí, y que aquí dentro me inundan hasta ahogarme, amor.
Esperando llorar sin parar hasta secar esta angustia, porque no he aprendido desde entonces a vivir.
¿Como hacer? ¿Como hacer? Si te prometí ser feliz
… y fallé.
Pero lo haré.
Feliz.
Mil Besos, amor.
Cargado
Cargado de razones que pesan hasta rendirme.
Cargado de defensas de las causas perdidas, de lo imposible.
Cargado de amor, por las personas, por la vida.
Cargado de dolor, por las ausencias, la soledad, mi desdicha.
Cargado de vacío, el viaje más costoso, mi enemigo.
Cargado de tormentas, de dudas, de mala conciencia, injusta la mía.
Cargado de ganas de atravesar el mundo entero, para besarte.
Cargado de alegría para derrochar, sin medida.
Cargado de asombro por lo sencillo, un amanecer, el mar.
Cargado de rabia, sin miedo, sin tiempo, sin salida.
Cargado de razones para dejarlo todo, y rendirme.
Cargado de fantasía si tú enciendes mi día.
… si tú encendieras mi día.
Tu enemigo

Mala elección si decidiste luchar contra ti mismo.
Eres tú peor enemigo.
Y si aún no lo sabes, vas a perder.
Siempre.
Hay un extraño en casa. Veo su sombra detrás de mi. Le miro a los ojos frente al espejo, allí, al otro lado.
No se cuando pasó. No lo recuerdo. Pero un día empecé a ver un extraño en mi cara , en mis manos.
Usurpaba mi identidad. Utilizaba mi voz. No era yo. Yo no pensaba así, no miraba así, no decía esas cosas.
Determinación
Ya no quiero ser tu héroe.
Rebelde en rebeldía.
Ya no me gusta el esfuerzo para dar ayuda desinteresada sin recibir recompensa.
Y no quiero regalos ni premios.
No quiero nada de nadie.
No quiero amigos de interés.
La energía que venía de lo más profundo del interior del pecho, secó su cauce al paso del día.
Ahora llega de una perturbación por otra vía, ha cambiado de color y se ve turbia y opaca.
Ahora solo desespera el paso del tiempo vacío, sin misión ni encomienda.
Y no tengo más conciencia que mi pasado, ni más memoria que lo que ahora escribo y olvido.

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