Se puede vivir en una burbuja.
Entiendo que, acostumbrados a vivir sin fronteras, tener unos límites tan cercanos nos provoquen cierta ansiedad. Pero es que dentro de esos límites está la garantía de supervivencia.
No es una cueva. Es una burbuja que tiene las paredes transparentes y que nos permite movimiento suficiente y limpio. Y tener cierta perspectiva.
Pero la condición humana, inquieta y desafiante, nos empuja fuera de la zona segura, tentando a la suerte, aún sabiendo que la suerte siempre es escasa y esquiva.
Es un impulso irracional desmedido en busca de rescatar lo perdido sin reconocer que está fuera de nuestro alcance. Y hasta ahora está siendo suicida.
No se entiende bien esta impaciencia.
Puede que la incertidumbre haya ganado espacio a la prudencia. Y la verdad no la vemos en la información.
Lo más terrible es contemplar el tiempo perdido, la sensación de que se nos pasa la oportunidad. Sin embargo la VIDA enseña que, de oportunidades, es una cadena interminable.
Autor: 21siglosofia
A las andadas
Volveremos.
Volveremos de forma tozuda a las andadas, tropezando torpemente con la misma piedra.
Y así una oleada tras otra.
El efecto llamada de salir a la calle pitando, de juntarnos hasta estrechar la distancia de seguridad, casi a tiro de un abrazo. Ese efecto llamada supera los miedos, nos hace olvidar los peligros y nos mete de lleno, otra vez, en el problema.
No puede haber duda que, a pesar de las vacunas diversas e inciertas, empezaremos el año nuevo contagiados y contagiando.
Mi madre, que es maestra, cuando de pequeño lloraba desconsolada e incansablemente hasta olvidarme de por qué, se “inventó” un término que aún me acompaña. Me decía “no seas temoso”.
No tenemos remedio. Nos quejamos, nos espantamos de miedo, escandalizados nos ponemos “temosos”. Y luego nos juntamos abrazándonos y contagiándonos en otra nueva oleada, de la que solo cabe esperar a contar la incidencia … y los muertos.
Y luego, de nuevo emocionados y “temosos”, quizás gritaremos ¡que vivan los muertos!
Bienvenido año nuevo 🪅
De mi, de ti

Sácame, de mi todo yo quiero darte todo, mi vida entera. Mi corazón lleno de amor, desata la pasión, fuego encendido, vuela la imaginación, ciego, entrego mi alma a tu abrazo, belleza, dulzura, delicadeza. A ti, quien quiera que seas. Corazón en búsqueda. Solo si te siento cerca, sabré que eres tú, alma gemela, quien me completa. Saca de mi todo lo que quieras. Yo te puedo dar toda mi vida entera. Con mi corazón lleno de amor, desata la pasión, despide la tristeza.
Amaneció
Y ya amaneció. Se paro mi sueño. Estiro los brazos para cogerlo. Se escapa, se escapa. Y ya amaneció. En mi mirada estas tan guapa. Acaríciame amor. Dame tu calma. Que se escapa, se escapa. Y ya amaneció. Amor de noche intensa de risas. Agitada danza de madrugada. Se escapa la brisa, se escapa. Y ya amaneció.
De caramelo
En una ciudad histórica, grande y señorial, de la raya, pegadito a Portugal, a este lado del rio Guadiana, la génesis y la herencia vital me cuenta al oído, en mitad del paseo, que soy biznieto de Caramelo.
Y mientras caminamos el empedrado negro y gris de un tiempo pasado, en el pueblo más bonito de España, me señala a La Magdalena, el Castillo o puente Ajuda, que lleva escrito Olivença del otro lado.
El ratito de saludos y recuerdos en Casa Fuentes, para recoger la Técula Mécula y unas figuritas de mazapán, sellan este viaje improvisado y feliz.
Los recuerdos de familia me vienen con olor y sabor del recetario de la “abuela Maria” de contenido culinario, de labores y de cómo comportarse. Y siempre pegaditos a las faldas y la conversación con mi madre y también con Engracia, Mechi, Pili y Nana, mis tías, y de Concha, la madrina.
Para volver en nada que estemos dispuestos.
Ríete conmigo

Poco a poco me doy cuenta de mi alcance, que ha menguado.
Hubo un tiempo en que pretendía poder prestar atención a varias cuestiones o tareas al tiempo.
Puntualmente lo conseguí, al menos dos o tres máximo al tiempo, pero con un desgaste mental y físico enorme.
Nada en mi apogeo me impedía al menos probarlo.
Me lo argumentaba a mi mismo como un mérito, como una supercapacidad y un talento especial. Lo empleaba bien en mi trabajo, manteniéndome alerta y concentrado.
Pero ahora creo que, aún habiéndolo conseguido puntualmente, era un tremendo error. No merecía la pena.
Ahora, cuando se me olvida el café en el micro, guardo el azucarero en el congelador o la tostadora provoca un incendio en la cocina, me doy cuenta de que perdí mi súpertalento, y que, además, no servía para nada que me ayudara a no equivocarme mientras mantenía la tensión, acabando agotado.
Sigo abordando dos o tres cosas al tiempo.
Es un proceso instintivo, ya ni lo pienso. Y lo intento sin darme cuenta, y no lo alcanzo.
Al final voy dando vueltas atrás y adelante, sin descanso.
Las urgencias no me han abandonado y persiste su presión. Y me inquieta. Pero las prisas ya no son prioridad, ni la necesidad de ser productivos doble o triplemente, es relevante.
Nada es relevante. Y lo sigo intentando.
Y acabo otra vez dando vueltas, como un bobo, en el pasillo, en el garaje, o en la mitad del campo.
Tengo que desaprender esto.
Es urgente intentarlo para borrarlo todo y empezar a aprender lo nuevo, tomarlo todo con calma y apreciarlo.
Es urgente. Y hacerlo solo, me costará.
Tengo que intentarlo, me repito determinado, mientras recojo en el vestidor la llave inglesa de dentro del armario.

Blanco y negro
Cuando no distingo bien los matices, cierro los ojos y lo veo de nuevo en blanco y negro.
Claro que a lo mejor no es lo mismo exactamente, y algo imagino en lo que no estoy mirando.
Pero si que me ayuda a recordar lo importante, lo relevante, lo que me llamó la atención aquel rato.
Después vuelvo a abrir los ojos y miro.
Y ahora sí que veo los matices que, en principio, me pierdo.
Corro el riesgo de pasar por alto otros detalles, en los que no he reparado, y con la mirada puesta en lo que quiero, dejo atrás sin verlos.
Si tengo paciencia, vuelvo a cerrar los ojos, borro todo lo brillante y vuelvo a abrirlos de nuevo para mirarlos.
Así aparecen los otros detalles perdidos, en los que ahora me fijo impaciente.
Dejo pasar un rato. Descanso y dejo volar mi imaginación.
Y, finalmente, me invento una historia única, en la que el protagonista será el pétalo seco desprendido de la flor, la gota de agua en el cristal que se desliza perezosa y llega tarde, la brisa que mece un toldo no recogido al aire, junto a la playa, y las niñas que juegan un día de frío con la arena seca del mar de aquí, cerca de mi casa.
Y eso me hace feliz, triste, contento, cansado, extraño, distante, enamorado.
En blanco y negro, sin matices, esperando.
El amor no lo he agotado.
Mi plan
Mi plan es arriesgado. Para que funcione, debe ser secreto, por lo menos algo.
Porque he de comunicar un motivo de mi ausencia suficiente para que me dejen realizarlo. Por eso, no te lo puedo contar.
Dejarlo todo y caminar, a ver si me encuentro algo. Así sin prepararlo, sin etapas definidas, a campo abierto, y dejar que se vaya escribiendo solo el diario.
Porque me gustaría hacerlo. Escribir cada día lo andado.
No hablar de itinerario o caminos o pasos. Hablar de cosas, de personas, de sentimientos que me vaya encontrando.
Y hacerlo en prosa poética, como me dijo Rosario.
“La vida es como la poesía: a nadie le gusta” escribió un amigo en su glosario de rrss.
Es falso, seguramente.
Pero voy, arregañadientes, a aceptarlo.
El último minuto
A veces me pregunto como suena la sangre saliendo de tu cuerpo, vaciándolo.
Cual será el sonido intenso de los últimos momentos, cuando ya no hay vuelta atrás, respiras con dificultad, empleando tus ultimas fuerzas en ello, aferrándote.
Una vida que ya no te pertenece, y que pierdes sin remedio a pesar de tu oposición desesperada.
¿Que violento pensamiento cruza por tu cabeza en ese instante, que no has preparado?
Y, aún habiendo pensado mucho en morir, ¿por que, en ese último instante deseas un poco más de vida, si ya fue suficiente el sufrimiento, que venció hasta el fin tu resistencia?
¿Hueles algo en esos momentos? ¿Que miras sin ver, angustiado?
¿Tu memoria te traiciona y no encuentras con orden lo que quieres recordar?
Es histérico el último minuto, agónico, endiablado, desesperado.
Nunca olvidaré, ni perdonaré ese sufrimiento enconado. Tanto dolor me traspasó y me dejó herido y devastado.
¿Puede haber un final feliz, pacifico, ordenado?
Puede buscarse y hallar un destino más humano. Quizás la soledad de un sueño profundo, enfrascado en recuerdos, sosegado.
Pasar despacio al otro lado y acabar aquí, así con tu pasado.
¿Es mucho pedir ese poco de dignidad?
El sol baila a la luna
Hoy a la Luna le ha costado esconderse, a pesar de que el miércoles prendía. BUENOS DÍAS Y el sol, según salía. La envolvía con luz, disipada en un abrazo. La colmaba de encanto Amanecer radiante, azul Y la luna casi decía: Mi amor, me quitas la pena, si hoy estás aquí. Amanecía... y la luna llena.









