Cuento Sultana de Istanbul
Mi querido Capitán:
Siempre fuiste un fiel luchador, humilde y triunfador.
Ganador de éxito. Reconocido.
No te abandones a la tristeza, o te vencerá.
Noto desesperación en tu último mensaje.
Acepta de verdad, como dices, tu misión como un reto, y no dudes en el intento.
Para no defraudarnos ninguna expectativa, no esperes nada. Yo tampoco esperaré nada de estos tiempos.
Entrégate a tu tarea con total dedicación. No te guardes nada, y triunfarás. Vive la vida como si está fuera la última, feliz.
Por mi parte igual haré.
Y el Hacedor dispondrá que futuro nos depara.
Cuida tu espalda, y defiende con interés las heridas de cara.
Siempre esperaré con felicidad ver entrar a tu caballo en la explanada de palacio, trayendote de vuelta.
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Destino
Cuento Sultana de Istanbul
Cuántas veces achacamos al destino la dirección de nuestro viaje, incluso el final.
Cada cual tiene su camino trazado, dicen.
Podemos desviarnos en un cruce, para retomarlo un poco más tarde.
Cada uno, en función de su bagaje, de su condición y de su linaje, va trazando su historia, que se cruza con otras en un tramo de su recorrido, como nos pasa ahora.
Pero puede que esto no dure. Que el tramo compartido parezca poco, y que mi destino me envíe al frente, lejos de ti.
La frontera está en llamas eternamente. Defender el territorio de quienes continuamente nos invaden, parece mi última misión.
La acepto con honor, aunque me separe irremediablemente de la corte.
Allí, a tu lado, viví sin duda los mejores tiempos, y en el corazón llevo tatuado tu insignia, que defenderé con mi vida.
Si el Señor de las almas quisiera, volveré cerca de ti, esperando que tú senda y la mía coincidan afortunadamente.
Pero temo que los riesgos de la empresa que acometo, y el desgaste de las fuerzas cada día, nos alejen sin remedio.
No estés triste nunca. Ten por seguro que juntos vivimos una historia de cuento, que será siempre eterna.
Hasta pronto, hasta siempre, hasta nunca. El Hacedor dispondrá.
Tuyo por siempre.
El Capitán de tu Guardia.

Alejados
Cuento Sultana de Istanbul
Hay días, cuando te alejas, que presiento alegre tu misión.
Ocupando en la tienda tu tiempo en las tareas más urgentes, ayudando a la gente en su conversación.
Aveces, imagino, te desplazas a caballo hasta el mismo lugar donde nos vimos. Y a pie recorres con paso decidido las calles, atendiendo los asuntos de tu agenda.
Alguna vez tengo envidia de tu criterio sin fisuras, y aprecio infinito la limpieza de tu mirada, tu dulzura.
Ser de luz, corazón sensible, poderoso compañero de armas, que juraste defenderme y auxiliarme, ven a mi, acércate que te extraño el abrazo.
¿Cómo no hacerlo?
Cuento Sultana de Istanbul
Cómo no quererte.
Cómo guardar en secreto.
Disimular los gestos de la cara
al mirarte fijamente.
Cómo no pasar miedo,
si el temor a perderte
me atenaza la duda,
que se desvanezca este cielo.
Y vuelvan las tormentas
azotando el mar de hielo.
La soledad más completa,
sin tu calor en mi pecho.
Sin ataduras, sin compromiso.
Sólo sitiendo la ternura
de tu mano en mi espalda,
abrazo refugio, paraíso entero.
Cómo no quererte,
si me has devuelto a la vida,
la risa, la ilusión de ver mañana
amanecer, envuelta en mi camisa.
Ya no llegan barcos
a través de mi ventana
de la Mezquita MOLLA CELEBİ.
En FINDIKLI, el puerto de Istanbul.
Con los ojos cerrados
Con los ojos cerrados
veo el mundo de colores.
Verdes, morados, anaranjados.
Varias ramas desprendidas de los árboles,
volando en el aire mecidas.
Y las olas, crecidas,
se estampan a la orilla de la playa.
Con los ojos cerrados
no hay distancia.
Imagino tus mejillas
aquí pegadas.
Tus manos en las mías,
preguntando, aferradas,
¿dónde está la silla?
¿dónde la ventana?
¿Dónde está tu pecho
que me sirve como almohada?
¿Dónde la cama?
¿La dulce calma?
Con los ojos cerrados
no hay distancia
Los pasos medidos
a compás de la danza.
Con los ojos cerrados,
tu rostro son las yemas de mis dedos,
la curva de tu espalda,
decir que te quiero.
Con los ojos cerrados
no hay distancia.
No hay sonidos.
No hay nada.

Otra Encrucijada
¿Dónde estás?
encrucijada.
A veces pérdida,
otras olvidada.
Algúna confundida.
Sin duda junto al mar.
O quizás lejos,
al pié de la montaña.
Encrucijada
Lo mejor de estar cerca, es la paz que me has dado.
Y lo peor, las despedidas.
La verdad es que, en mis planes de viaje, que nunca se cumplen, había reservado este día para estar junto a ti.
Ahora, en un cruce de carreteras, no se decidir. A la izquierda, hacia donde quisiera. A la derecha, de vuelta.
Y la mirada fija en la pantalla oscura del smartphone, esperando se encendiera con tu mensaje de tres letras: VEN.
Siempre es difícil. A veces imposible.
Nunca sacies del todo tu hambre, tus deseos, ni tus sueños, me dijeron de pequeño, y no entendí. Y aquí estoy infeliz, viviendo una vida a medias, deseando, soñando y a medio comer.
El tiempo, infinito siempre, menos para cada uno, se agota. Y no veo la hora, impaciente por volver. Será antes que el olvido, y muy tarde para el que espera.
Mientras crecerán las ganas, regadas con amor.
Preparada la montura. Ojalá el tiempo acompañe, y los días que restan hasta entonces pasen volando, como nubes en el cielo de una tarde gris de otoño.
Hasta entonces, escribir.
Viaje
Salí de viaje, como planeé.
Y, a la mitad del camino,
cuenta me di
de que no iba a llegar bien,
cómo pensé.
Y sin dudarlo.
Sin dudarlo,
seguí el camino
hasta el final.
Y me perdí.
Y estabas tú.
No te alcancé.
Sólo lloré
cuando te vi,
Y regresé.
Llueve
Llueven rayos de sol
sobre el jardín de olas
Llueven lágrimas de amor
en cada paso a solas
Abrazos de calor
Risas en cada cosa
Ver esa chispa feliz
pegada a tu boca.
La gata
Esperando a la puerta de la casa, curiosa de ojos grandes, recibió con besos, descarada, saltándose la distancia, oliendo la fragancia y los recuerdos, con interés.
Desconfiada, siempre atenta, a la defensiva, nunca se dejó acariciar, tan solo jugar con mi funda de fieltro para las gafas.
Luego marcó su distancia de seguridad. Esa que ni cerca, ni lejos, impidiendo alargar mi mano para tocarla.
Sólo me queda mirarla, y soñar









