La Respuesta

Cuento Sultana de Istanbul

Mi querido Capitán:
Siempre fuiste un fiel luchador, humilde y triunfador.
Ganador de éxito. Reconocido.
No te abandones a la tristeza, o te vencerá.
Noto desesperación en tu último mensaje.
Acepta de verdad, como dices, tu misión como un reto, y no dudes en el intento.
Para no defraudarnos ninguna expectativa, no esperes nada. Yo tampoco esperaré nada de estos tiempos.
Entrégate a tu tarea con total dedicación. No te guardes nada, y triunfarás. Vive la vida como si está fuera la última, feliz.
Por mi parte igual haré.
Y el Hacedor dispondrá que futuro nos depara.

Cuida tu espalda, y defiende con interés las heridas de cara.

Siempre esperaré con felicidad ver entrar a tu caballo en la explanada de palacio, trayendote de vuelta.

Alejados

Cuento Sultana de Istanbul

Hay días, cuando te alejas, que presiento alegre tu misión.
Ocupando en la tienda tu tiempo en las tareas más urgentes, ayudando a la gente en su conversación.
Aveces, imagino, te desplazas a caballo hasta el mismo lugar donde nos vimos. Y a pie recorres con paso decidido las calles, atendiendo los asuntos de tu agenda.
Alguna vez tengo envidia de tu criterio sin fisuras, y aprecio infinito la limpieza de tu mirada, tu dulzura.
Ser de luz, corazón sensible, poderoso compañero de armas, que juraste defenderme y auxiliarme, ven a mi, acércate que te extraño el abrazo.

¿Cómo no hacerlo?

Cuento Sultana de Istanbul

Cómo no quererte.
Cómo guardar en secreto.
Disimular los gestos de la cara
al mirarte fijamente.

Cómo no pasar miedo,
si el temor a perderte
me atenaza la duda,
que se desvanezca este cielo.

Y vuelvan las tormentas
azotando el mar de hielo.
La soledad más completa,
sin tu calor en mi pecho.

Sin ataduras, sin compromiso.
Sólo sitiendo la ternura
de tu mano en mi espalda,
abrazo refugio, paraíso entero.

Cómo no quererte,
si me has devuelto a la vida,
la risa, la ilusión de ver mañana
amanecer, envuelta en mi camisa.

Ya no llegan barcos
a través de mi ventana
de la Mezquita MOLLA CELEBİ.
En FINDIKLI, el puerto de Istanbul.

Con los ojos cerrados

Con los ojos cerrados 
veo el mundo de colores.
Verdes, morados, anaranjados.

Varias ramas desprendidas de los árboles,
volando en el aire mecidas.
Y las olas, crecidas,
se estampan a la orilla de la playa.

Con los ojos cerrados
no hay distancia.
Imagino tus mejillas
aquí pegadas.

Tus manos en las mías,
preguntando, aferradas,
¿dónde está la silla?
¿dónde la ventana?

¿Dónde está tu pecho
que me sirve como almohada?
¿Dónde la cama?
¿La dulce calma?

Con los ojos cerrados
no hay distancia
Los pasos medidos
a compás de la danza.

Con los ojos cerrados,
tu rostro son las yemas de mis dedos,
la curva de tu espalda,
decir que te quiero.

Con los ojos cerrados
no hay distancia.
No hay sonidos.
No hay nada.

Lazo roto

Hoy necesite ayuda. No podía dormir.
Ya de madrugada voy mirando a la ventana, por si veo amanecer. Pero desde aquí no se ve.
He roto el enlace que me unía a un sueño. Era débil y fácil de romper. Pero me hacía tanta ilusión que en la sobrexcitacion lo rompí, como un niño alterado con un juguete delicado.

Es normal. Era demasiada intensidad. Tanta que daba miedo.
Y ha sido eso lo que ha dejado el enlace roto.

Voy a salir. Aún es de noche, pero quiero buscar tu primer haz de luz del día, el viento en las mejillas secará lágrimas y respirar el mar calmara con sal el dolor de las heridas.

Es jueves esperanza, y el cielo gris amenaza lluvia. Ojalá me moje de camino a casa. Ojalá enfríe está hoguera encendida alta. Ojala recupere lo perdido, y me devuelva el viento ese lazo de seda.

Encrucijada

Lo mejor de estar cerca, es la paz que me has dado.
Y lo peor, las despedidas.
La verdad es que, en mis planes de viaje, que nunca se cumplen, había reservado este día para estar junto a ti.
Ahora, en un cruce de carreteras, no se decidir. A la izquierda, hacia donde quisiera. A la derecha, de vuelta.
Y la mirada fija en la pantalla oscura del smartphone, esperando se encendiera con tu mensaje de tres letras: VEN.

Siempre es difícil. A veces imposible.
Nunca sacies del todo tu hambre, tus deseos, ni tus sueños, me dijeron de pequeño, y no entendí. Y aquí estoy infeliz, viviendo una vida a medias, deseando, soñando y a medio comer.

El tiempo, infinito siempre, menos para cada uno, se agota. Y no veo la hora, impaciente por volver. Será antes que el olvido, y muy tarde para el que espera.

Mientras crecerán las ganas, regadas con amor.
Preparada la montura. Ojalá el tiempo acompañe, y los días que restan hasta entonces pasen volando, como nubes en el cielo de una tarde gris de otoño.

Hasta entonces, escribir.

La humilde princesa.

Cuento Sultana de Istanbul

Escondida tras una gran cortina en el salón de palacio, la princesa desde niña se mantuvo atenta a todo lo que pasaba. Las voces solemnes, los susurros, las miradas cruzadas, las sonrisas, las lágrimas, los discursos. Nada se le escapaba. 

Ella no participaba, nadie pedía su opinión. Pero en su cabeza se iba formando despacio, su carácter y su universo decidido.

Poderosa princesa, que aprendió con los ojos bien abiertos y en silencio.

Asistió a fiestas y bailes, siempre en segunda fila, sintiéndose normal, no especialmente bella, atenta a seguir los pasos de danza sin pareja, soñando siempre con ella.

Poderosa princesa, que bailó cada pieza, aveces con la más fea.

No siempre acertó. Alguna vez la rebeldía se volvió contra ella. Humildad que aprendió de la vida, con lecciones duras que tragó a duras penas.

Poderosa princesa, que no fue a la guerra, y las libró todas ellas.

Ahora, sabia, prudente, alegre y bella, elige su compañía, su soledad, y cada vez a que propósito se entrega.
Alguna vez triste, no se siente valorada.

Poderosa mi princesa, deslumbrado estoy por ella. Suspiraba bajo el disfraz el pájaro oscuro que no dejaba de mirarla.