Con todo, un sueño feliz

Con todos los flancos abiertos, y los frentes ardiendo, no es casualidad que me quiera, soledad. 

No todas las espinas te traen una rosa. Todas las historias tienen más de un final, que vuelven a ti eternamente, tristes inevitablemente, y felices también. 

No soporto ya más otro rechazo, hasta que de nuevo me alcance el próximo. Así, sigo esperando una sonrisa, unos ojos para quedarme a mirar. Ah! 

Siempre que te dejo parezco más viejo. 

La ignorancia no da la felicidad, la verdad siempre está escondida del calor. Me molesta el ruido, no soporto el dolor, cada vez que quiero estar en paz me impaciento. 

El sufrimiento  es cruel, y no dejamos de buscarlo a diario. 

Ojalá me tocara la lotería para repartir pequeños trozos de alegría de papel (ilusos). 

Doctor recétame una pastilla que deshaga el nudo en la garganta, y de amor sin parar, vuelva a cantar. 

Nunca dejaré de buscarte amor, a pesar del veneno que me das de beber. 

Beber entorna los sentidos; caer en mitad del llano es lo que más risa me da. 

¿Donde está la salida? Que quiero empezar el camino de regreso y volver a empezar. 

(Risas)

Casa

Antes, cuando de verdad quería, creía que la casa era una fortaleza que contenía los valores, la paz y el cariño. Eran los recuerdos, el futuro, la referencia, era el hogar. 

Hacíamos derroche de ello y compartíamos con la familia y los amigos.

Los tiempos de ahora me han hecho el gestor de la estancia, manteniendo la fachada en pie, y administrando sus servicios, los suministros de luz, gas y agua, la despensa, la conexión constante de teléfonos y red, la colada, y la limpieza. El combustible, la ropa, impuestos, y demás.

Ni una sola cosa más. 

Así comparto piso con moradores, del tipo ese de solo para dormir y descansar, y también lo tengo del tipo ese de “armario”, solo para llegar ducharse, cambiarse de ropa y salir; pero ambos sin horarios ni compromiso. 

Un lujo. 

Sin discusión. 

Perdí un hogar, y me encontré una casa enorme que atender a solas. 

Reconozco que, según me vino de pronto, no me alcanza el tiempo para todo (cocinar, la ropa, la limpieza, la compra, … hasta la mascota) y menos para hacerlo bien,  al punto que aveces recibo quejas por la falta de alguna cosa en la despensa, problemas con alguna prenda en la lavadora, y cosas así… domésticas. 

Si recibimos visita, quizás almorcemos juntos. Pero rapidito, sin apenas sobremesa y conversación. 

A los desayunos no llegamos, por la diferencia horaria, tú me entiendes. Y las cenas directamente sé cancelaron. 

Lo mismo son cosas mías, pero esto, así como va no me gusta. Y estoy en la duda razonable, ese filo estrechito por donde es difícil equilibrar. Así que no se si echarlos o largarme.  

El “fuego” del hogar está completamente extinguido. 

Y ya solo queda la casa. 

Y sus cosas. 

Pero no perdamos el humor. El bueno, me refiero. 

Y unas flores. 

El marqués del cuento

Y se murió el marqués. 

Sin título ni legado. 

Siempre rodeado de gente, siempre tan solo. En su cara una sonrisa como siempre. 

En su habitación nadie presente y mucha gente de paso. 

Todo pasó tan deprisa. 

Murió joven para su edad, pero mucho más tarde de lo que hubiera deseado. 

Tan solo siempre, desde hace tanto tiempo, que ha sido un milagro que llegara entero a este momento. Siempre dijo “todos vamos a morir, pero no hay prisa”, tranquilos. 

Claro que de todo, siempre le salvó escribir. 

Siempre es pronto para morir, no es una frase que se le pueda aplicar ante el deseo intenso del que hacía gala en cada momento por despedirse. 

Al contrario, “me voy” era una cantinela que repetía machaconamente casi nada más llegar a cada sitio, a cada reunión, para el desespero de los anfitriones. 

Buen anfitrión él en sus dominios. Ponía todo su empeño y esfuerzo en demostrarlo hasta un nivel obsesivo, casi excesivo. 

No fue nunca el ser más sociable que pudieras encontrar. Más bien gustaba de estar apartado, en largos silencios, paseos en solitario, enfrascados en sus pensamientos y sus cuentos. Y así también gran observador, meticuloso, mirando todo al detalle, tan curioso que ni el más insignificante se le pasaba de mirar. 

Aprendió desde bien joven que el máximo poder e influencia consistía en haber ayudado a “crecer” a la gente que le rodeaba, consiguiendo mejorar su vida y sus opciones de progresar. 

No admitía regalos ni reconocimiento. Siempre anhelaba pasar desapercibido. 

Cuando fue necesario, no le importó tomar el trabajo de otros con tal de conseguir acabar con la tarea de todos. 

Queriendo ser escudero, le tocó por propia iniciativa comandar la nave, asumir las decisiones sin pestañear. Blandiendo su buen criterio en cada momento, aceptando los errores propios y los extraños sin rechistar, intentando resolver conflictos y mejorar las reuniones de gente con opiniones dispares. 

Mejor consejero de otros que de aprovechar sus propias oportunidades. 

¡Que buen caballero, si tuviera un gran señor! que escribieron del Cid, era como una sentencia que le perseguía en el tiempo. 

De acuerdo a una vida interior intensa, se esforzaba para estar siempre alegre, como autodefensa a su destino, del que siempre renegó con rebeldía y consiguió cambiar definitivamente. 

Siempre pensó que el gusto por la música y el buen humor, como tarea y predisposición diaria, fue la herencia materna. 

Encontró en la fina ironía una forma de expresión a su medida, escuchando en silencio desde pequeño a su padre, y luego reafirmando su gusto en conversaciones reveladoras entre risas auténticas y sinceras con su tío jesuita, indiscutible referencia vital, y que fue esclavo de sus creencias, su genio y su “parroquia” hasta el último día desafiante de su intensa vida. 

Fue engordando su currículum oculto, estudiando sin parar todo lo que creía necesario a su causa, siendo el gusto por los libros y la lectura su herencia paterna más considerable. 

Sus amores, espléndidos, intensísimos y escasos, fueron sin duda su motor y su energía. Nunca aprendió a estar solo, y ese fue su final. 

Sus nietos fueron definitivamente su debilidad, y la certeza de que se le escapaba la vida, esa que ya no le pertenecía. 

Sus hijos, todos y cada uno, una pizca parecidos pero todos distintos y únicos, fueron su devoción y su CAUSA por siempre. Para cada uno guardó un pequeño tesoro escondido en un abrazo, una mirada, una sonrisa, una complicidad y un beso. 

Fueron llegando poco a poco hasta colmar una vida extensa y fueron imprescindibles para agrandar su personalidad y su experiencia. 

A los veinte y pocos años, y recién casados, ya le leyeron a él en la palma de la mano, paseando las calles de Granada, que la vida le sería larga e intensa, con hijos y amor, aquella gitana morena y espléndida, “dame tu mano, marqué, y cómprame un romerito”  Y la voluntad. 

La voluntad nunca le falló. La voluntad y los sueños, que maduraron el perfil de su rostro de niño y cincelaron un cuerpo enorme de adolescente en cada entrenamiento de madrugada, antes de clases del colegio, al que no faltaba nunca, aunque lloviera o helara de frío como solo hace en Extremadura, enfundado en sus pantalones cortos y camiseta de baloncesto a pesar de cualquier inclemencia. Nunca dejó ese juego hasta casi los treinta. 

Cantar y tocar la guitarra, que abandonó en una decisión estúpida por un mal de amores.

Las primeras canciones cantadas a dos voces con su hermano más querido, que le abrieron el alma y la curiosidad por escribir historias cotidianas, a la sombra de una encina en las tardes espesas de calor del verano. Y el folk country y las guitarras acústicas prestadas… 

El tocadiscos y la música de sus padres, las canciones a “grito pelao” en los viajes en coche, apelotonados los seis hermanos, unos encima de otros, en el asiento de atrás de un Renault 4L, atrapó su atención para siempre.

Y luego la guitarra, la primera llegó a casa de la mano de su única hermana y sus clases de rondalla, pero seduciéndolo a escondidas tardes interminables de aprender los acordes, autodidacta, en el salón de su casa. 

La libertad que le otorgó conducir, su inmenso amor por los coches, su pasión por las motos, desde el primer ciclomotor o el SIMCA mil usado y pintado a mano, hasta el utilitario de estreno, los coupe deportivos, todoterreno, monovolumen, los grandes sedán, por no olvidarse de las motos de cross, escúters, deportivas, sport tourer… dejan rastro singular de su habilidad y su afición. 

Conducir fue su experiencia y pasión más transversal desde que se subiera a motor parado en la Mobillette negra de su padre con cinco años , la estudiara al detalle, admirado, sentado en cuclillas durante horas frente a ella sin desfallecer. Y luego la sucedieron la Lambretta, que el obispado asignó a su tío cura, y su chasis monocasco, su escudo de chapa, su pedal de freno, sus dos asientos separados, sus tapas laterales que escondían el motor y la rueda de repuesto … 

En el coche familiar, siempre sentado en el asiento trasero, justo detrás de su padre, desde donde le observaba incansable durante cada trayecto, memorizando cada gesto, cada pisada al pedal y mano a la palanca de cambio, cada giro de volante, cada mirada … 

La caterva de hermanos, queridísimos e imprescindibles primeros compañeros de juegos interminables, futbolistas, princesas, toreros, ciclistas y matadores de hormigas.  

Su hermana, única hermana indefensa entre tantos hermanos varones, brutos pegadores de patadas, y a la vez tan valiente: fue siempre la única que durmió sola. 

Ese primer año de vida, con su hermana gemela por tamaño, parlanchina, sentados en una mantita en el patio de casa, jugando inocentemente con un escorpión, tan FELIZ. 

Todo tan rápido. 

Al fin. 

Fácil mente fáciL

Me olvido fácilmente de lo que importa 

Me enfado constantemente por lo que nó

Me río con euforia de todo lo que me pasa

Me esfuerzo cada día hasta la extenuación 

Nada de lo que hago tiene un motivo

Caigo cuesta abajo con decisión 

Busco un imposible por todos sitios

Siento que he perdido el control 

Dos y dos ya no son parejas

Encerrado entre rejas 

en una habitación 

En un papel, una sola letra 

es una historia completa 

dentro de mi corazón 

trazo

Dentro de mi razón 

no hay razones

que sustenten una decisión 

He roto en pedazos 

mis estrategias 

quiero que pare el reloj 

Agotados los esfuerzos

sin energía ni viento a favor

deja que la corriente me lleve

a donde se pone el sol 

Quiero quedarme bajo tierra

y darle vida a una flor 

ojalá margaritas 

…  margaritas y limón 

Tu enemigo

Luna Negra Pinterest

Mala elección si decidiste luchar contra ti mismo.
Eres tú peor enemigo.
Y si aún no lo sabes, vas a perder.
Siempre.

Hay un extraño en casa. Veo su sombra detrás de mi. Le miro a los ojos frente al espejo, allí, al otro lado.
No se cuando pasó. No lo recuerdo. Pero un día empecé a ver un extraño en mi cara , en mis manos.
Usurpaba mi identidad. Utilizaba mi voz. No era yo. Yo no pensaba así, no miraba así, no decía esas cosas.

Determinación

Ya no quiero ser tu héroe.
Rebelde en rebeldía.
Ya no me gusta el esfuerzo para dar ayuda desinteresada sin recibir recompensa.
Y no quiero regalos ni premios.
No quiero nada de nadie.
No quiero amigos de interés.

La energía que venía de lo más profundo del interior del pecho, secó su cauce al paso del día.
Ahora llega de una perturbación por otra vía, ha cambiado de color y se ve turbia y opaca.


Ahora solo desespera el paso del tiempo vacío, sin misión ni encomienda.
Y no tengo más conciencia que mi pasado, ni más memoria que lo que ahora escribo y olvido.


http://www.behance.net

Prohibido salir

Hoy, durante todo el día, me sentí algo extraño.
Una especie de expectación, inquietud y espera sobre lo que va a venir.
Es decir, espero, pero no sé a qué, no se a quien. Y deseo que no venga nadie.
Ojalá encontrara unos ojos espejo donde sentir al mirarme. Ojalá me llegara de pronto la felicidad, o el fin. Demasiado tiempo de transición, sin crecer, sin desear, sin verdad, solo soñando sin límite en esa franja tan estrecha y frágil entre lo pasado y lo que se va a precipitar.

Hoy es uno de esos días que es fácil llorar y reír. O todo a la vez.
Algo perdido, algo nuevo, algo oscuro, cielo azul.
La cabeza me duele, presionando mis sueños y mis miedos. ¿Que más puedo perder? Y enseguida me inundo con un millón de ideas y cosas, de sitios y sobre todo de personas a las que quisiera ver crecer, hacerse plenos … solo pedia asistir.
Oler, gustar, dejarme acariciar por la brisa, sudar el esfuerzo, la conquista.
Y en un instante, darme cuenta de cuantas de esas cosas están fuera de mi alcance.

Me prohíben viajar. Tuve que cancelar de inmediato cuantos planes hacía.
Y me quedé paralizado, sentado en el suelo de mi casa, a oscuras, cabeza abajo. La rabia diluía las fuerzas. La pena deshacía las ganas. Tan cerca de la ventana por la que se colaban los ruidos fluidos de la vida, imparables. Yo aquí atado a la obediencia, cumpliendo un mandato, para mi injusto, al parecer legal. Ya definitivo.

Atravesando mi pecho por la herida, tan abierta, tan antigua, insignificante, haciendo transparente el espacio que ocupo, tan prescindible ahora … la soledad.

Oscuro pasaje, y una palmera.

Escribo para no olvidar. 
Y lo que no escribo lo olvido,
como si no hubiera sido testigo
de este derrumbe final.
Mi cabeza ha decido terminar,
y me ha dejado descuidar.
Y a pesar de que cada día lucho por seguir,
no dejo de caminar, y de buscar,
cada día creo estar más cerca de poner el fin.
Sin propósito, ni plan de futuro,
me llevo por el discurrir del tiempo interminable.
Atrapado en unas redes sin fin
de la que es imposible zafarse.
Como un pez fuera del agua.
Las amenazas aumentan a cada momento que pasa.
Y la certeza de que no podré afrontarlas me lleva al mismo punto de partida.
Es inviable seguir.
Sin margen para reducir mas la presencia, ya que he rehecho mi vida en total ausencia.
Transparencia sutil de lo que era,
no es imaginaria la quimera,
sino verdad. Ya no me queda vida
ni energía.
Buscar la salida, el final de la escalera.
Disculpen que me vaya de esta manera.
Sólo me queda encontrar una pared blanca donde pintar mi última palmera.
Y un te quiero.
Felicidad

De pronto, sin avisar

Foto de Mikael Kapanaga
en fivehundredpx

De pronto sin avisar nos envuelve, cerca de la costa, la niebla del mar.
Y con ella la tristeza, que entra igual, sin ruido y con afán invasor.
No es solo que el día esté gris, y a estas alturas del año, con calor. Es que sin razón aparente no veo a donde ir, ni que hacer aquí. No estoy de humor para reuniones y no quiero compartir tristeza.
Es melancolía. Es inapetencia y falta de energía.
Es rendición, aceptar el fracaso. Es consumirte por dentro, enfermar sin oponerse.
Es despedida.
Es la tristeza.