Estar aquí

Hola Hilario: 

Estar aquí es un impulso, una determinación, a veces inconsciente, rutinaria. Pero, aún así, necesita un poco de esfuerzo por mi parte.

De vez en cuando, últimamente, pienso en las razones que tengo para hacer ese esfuerzo. Y no encuentro razones.
Solo el instinto y la rutina.
Es como dejarte llevar por la inercia, la velocidad que traías de hace mucho y que te sirve en estos momentos de más agonía. 

No me interesa nada qué va a pasar mañana. Ni el mañana de mañana. Cada día esta idea alumbra con más fuerza en mi cabeza. Para mi es inevitable y recurrente. 

Descuida. No pienso en la muerte. Ha dejado de asustarme. Tengo dudas, es normal.
Pero mis dudas van más hacia el sistema de creencias: ¿habrá “algo” más allá del último suspiro? ¿Me encontraré entonces con todos los seres perdidos? ¿Estará ella allí? ¿Y si no está? ¿Y si no hay nada? 

Porque puede que la eternidad con la que soñamos solo sea un segundo de tiempo, quizás menos, un milisegundo intenso en el que pase toda tu vida por delante, y comprendas lo que perdiste en ese instante.
Y se acabó. 

Si fuera así, tampoco me tortura esa posibilidad, sería igualmente oportuno el final de mi vida.

Es fácil dejar la decisión en manos de otros, humanos o divinos. Mátame, que yo no puedo. Hasta que Dios quiera. Doctor no me haga sufrir más.
Son frases que he escuchado repetidas muchas veces, y todas llevaban implícito la imposibilidad de afrontar ese momento por uno mismo, así que mejor que lo hagan por mi. 

En este momento vital he perdido la ilusión y la fuerza necesaria para mantenerme vivo. No es urgente, ¿sabes?. Pero es definitivo.

No se que pinto ya en todo esto, que mal hago si me esfumo y desaparezco.
Por el contrario, valoró el peso del que libero si me extingo en un momento. Y con eso me convenzo. 

Es algo meditado. No es un impulso de un momento. Digamos que me va llegando pausado, como las olas del mar en calma, suaves y delicadas con su tiempo.

Un pensamiento que me va tiñendo, despacio, con la pausa constante necesaria para inundar de ese color todo el terreno. Huele suave a ron y miel. Apenas perceptible si no estás atento. Y yo estoy atento. Y feliz.

En ningún caso me revelo contra ese momento. Casi que lo disfruto y pacientemente lo espero. 

Estoy cansado de luchar. Llegue a este momento extenuado por el esfuerzo. Viví con intensidad y violencia, a toda velocidad. Y ahora se que mi vida no da para tanto, y pago con dolor, el derroche generoso y espléndido. 

No me quejo. Es que creo que si te quejas expresas tu deseo de detenerlo. Le cuentas a otros lo que te viene por dentro, por si encuentran remedio. 

No me quejo. Solo espero que sea rápido ese momento, que no se demore en el tiempo y crezca infinito para mi y los míos el sufrimiento. Eso no lo quiero. 

Y mientras, no pierdo el tiempo. Apuro cada instante como si fuera eterno. Me lanzo cuesta arriba a encontrar algo nuevo, algo bueno, que no me dio tiempo a verlo todo, a sentirlo bien adentro. 

Ahora decidido a este loco intento, comienzo a andar el camino con pausa, y tomado desde lejos. Prescindir de lo lógico y cómodo, y lanzarme a perder el tiempo, a estirar el cuerpo y las fuerzas.

A buscar, por si encuentro.
Que no quiero perderlo, sea lo que encuentre efímero o eterno. 

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De balas y navajas postales, como amenazas

Últimamente vemos como, a través de la política, cada día más personas muestran su frustración, su desencanto, incluso su rabia, polarizando las posiciones, atacando sin piedad al contrario, sin respeto, de forma unilateral y partidaria, instalados en el postureo meritorio y en el todo vale. 

Cada vez veo más militantes sin argumentos, retorciendo realidades, arrimando el ascua a su sardina, sin vergüenza, instalados en el corto plazo, sin visión de futuro, y con menos crítica sosegada y constructiva.
Y claro, avanzamos en la escalada de amenazas y violencia. 

Yo milito en el respeto, en la consideración, en escuchar con atención a razones, en la tolerancia, en la curiosidad, en la discrepancia y en la discusión, en el esfuerzo, en el progreso, en la no violencia, en la generosidad y el altruismo, en la convivencia, en el humor y en la risa. Y lo digo en serio. 

Y discrepo de la falta de educación, del engaño, del insulto, la provocación, la ventaja, de la competencia insana, de la ausencia de valores, de la ambición obsesiva, de la agresión, de la ignorancia, de la pereza y del egoísmo. 

Puede parecer que no somos muchos, ni mil, pero se equivocan. 

Somos inmensa minoría, atenta y silenciosa, a pesar de la poca consideración de los voceadores de moda, que menosprecian la inteligencia de la audiencia y ven posible la manipulación y la mentira, confiando en la desmemoria de la mayoría. Esa masa ingente de “centro”, que dicen los políticos, sin militancia y que cambia de opinión poniendo o quitando gobernantes de forma democrática. 
Hartos ya de estrategias que solo esconden, y que no dicen apenas la verdad.

No nos educaron “de derechas o de izquierdas”. Nos formaron y educaron para “saber” y aprender. Y con ello ser críticos con lo conseguido. Y esforzados en mejorar. 

Está bien organizarse, agruparse con los que piensan como tú para lograr mejores resultados. Pero alienarse obedientes, adocenarse en el proselitismo ciego, aniquilando la autocrítica, es empobrecerse. 

Y mientras asistimos a esta escalada, cada vez con menos argumentos, más faltona, amenazante, perdiendo los papeles, subida de tono hasta gritar, compitiendo en esparcir mierda al contrario y conquistar el voto indeciso con falacias y mentiras, que luego si eso ya te digo que no se cumplen las promesas, porque son electorales, y es que esto va así. 

Ojalá estén equivocados. 

Y con tanto gritar y tanto ruido, no se les entiende nada. O si.

Fué D. José Ortega y Gasset, en el prólogo de La Rebelión de las Masas, quien escribió aquello de Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral…

Visto, claro está, desde su perspectiva de la filosofía.

La política la hemos convertido en otra cosa. Pero se puede arreglar.



Perdone que le escriba. 

De brujas y dragones

Anoche soñé contigo 🎶 
Y no estaba durmiendo 🎶 
Soñar con un ángel 
siempre es soñar despierto 

Soñé que me necesitabas, 
y fuimos a hablar silencios. 
Desborde de lágrimas guardadas, 
tus dudas y mis miedos. 

Las risas que más curan 
en el café mas viejo. 
Sentados en la calle. 
Verdades a ras de sueño. 

Amiga con alma y magia, 
no se porqué te cuento esto. 
El corazón en la distancia 
esta noche dio un vuelco. 

Hermana de corazón,  
me llamas. 
Una cuestión de celos. 
La soledad acompañada.

El dragón 
guarda tu secreto.   
Cogida de la mano, pequeña,  
te llevo a casa de nuevo. 

Avisa 
cuando te haga falta, 
y te devuelvo 
el último beso. 

Que seas muy feliz. 
Mi deseo más ciego. 
Siempre acaba bonito 
este embrujado sueño. 




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Misionero

Era temprano, primera hora de la mañana. Una señora pregunta curiosa al recepcionista por ese señor de blanca barba, siempre sentado en una esquina, sin hacer ruido.

  • Ese buen hombre tiene una historia. Es un misionero jesuita, que estuvo viviendo con los indios del Amazonas. –  

Le explica Diego, quedándose la mujer perpleja.

Poco a poco me van llegando las imágenes de los dos años perdido en lo más profundo de la selva, viviendo en un poblado indio que me acogió cuando, vagando por los senderos, me perdí.

El día que me rodearon, asustado pensé que me capturaban y suponía el último día de mi vida. Tal era mi nivel de angustia y desesperanza. En realidad me salvaron, y cuidaron de mi todo ese tiempo que estuve allí.

Con humildad y curiosidad aprendí cómo era su vida. Me sentía como un “mono blanco” en mitad de todos ellos. Al fin y al cabo, también era objeto de curiosidad y observación; y eran más de treinta pares de ojos mirando. ¡No tenía ojos para todos! Siempre sobrexpuesto, no encontré donde buscarme un sitio discreto, en segundo plano como a mi me gusta, para observar y aprender.

Luego de comprender cómo hacían las cosas, pasé con torpeza a intentar hacerlas con ellos. Una cura de humildad para mi, y de paciencia en su caso. Y siempre un montón de risas en medio. Este es un vehículo universal estupendo para repartir felicidad. Y esas personas eran felices allí. Felices con lo simple, con lo singular, cuidando con respeto y veneración de su casa y su gente.

Intente acompañarles a todo lo que emprendían, excepto a cazar. Era un desastre andando en la selva, haciendo ruido como un elefante en una cacharrería, frente a su andar silencioso. De ahí mi apodo nativo de gran tambor.

Alguna vez me atreví a ayudarles, poniendo mis conocimientos y habilidades, para facilitar o mejorar pequeñas tareas. Claro que no mostraron ningún interés, por ejemplo, en mi empeño de guardar agua en depósitos o cultivar tubérculos y verduras. Les pareció absurdo ese esfuerzo ante la abundancia y la generosidad de la tremenda selva, su casa. En cambio si atendieron a mis escasas facultades culinarias, que parecieron sorprendentes.

Les llamó mucho la atención los ratos de meditación y oración. Siempre fui un hombre profundo, callado y reflexivo, no especialmente religioso. Pero les aseguro que en mitad de la selva, la grandeza y la fuerza de la naturaleza me sobrecogía extremadamente, conduciendo a un estado de paz de camino a la fe. En eso siempre fui respetado.

Inevitablemente paso lo natural, y después de dos años, aquel paraje se convirtió en mi casa, y esa gente en mi familia.

Hasta que, un buen día, en mitad de un aguacero, un pequeño destacamento de la policía federal me rescató cuando buscaban a un misionero jesuita español también perdido. 

A pesar de mis quejas y explicaciones, no conseguí convencerles de que no era la persona que buscaban. Mi larga barba blanca, mi aspecto, mi origen español y mi carácter calmado coincidían con la descripción de sus órdenes escritas. Mi desconocimiento del portugués acelerado y el miedo a que se descontrolara la situación, pudiendo hacer daño a la tribu, dispuesta a defenderme, también ayudó a zanjar con brevedad cualquier discusión.

Así abruptamente, sin apenas despedida, terminó mi estancia en el Amazonas después de dos años, que para mi fueron un suspiro. Un suspiro feliz lleno de risas y de calor, el que me daba mi familia de la selva. Los añoro muchísimo.

Y de golpe, así convertido en el misionero jesuita de larga barba blanca perdido en la selva del Amazonas, sin serlo. 


P.D. Sorprendente los detalles de la historia, que si no la atropellas demasiado, convierte a los captores en cuidadores, y en raptores a los que rescataron.

Envidio muchísimo al misionero jesuita buscado, que con este rescate, acabo de liberar. Estará sin duda feliz en la selva.

(Basado en un relato improvisado de Diego, de Torremolinos, en plena pandemia.)

La mordida de perro

Va finalizando el día.
Me gusta ver cómo la oscuridad invade la casa poco a poco hasta no ver. 

La pequeña molestia en el costado desde hace un par de días ha crecido, y no me deja ni un minuto de respiro. 
Intento seguir con mi vida, con mis planes, con mis risas.
Con los niños, jugando un rato, contándoles mis historias, interpretando mis personajes, cantando, chillando y riendo. Me encanta ser el mejor juguete para mis enanos.
Además hoy hemos felicitado por su cumpleaños ya pasado a mi prima. Y más risas. 
También hablé con mi única hermana y médico sobre la salud, las vacunas, los padres, … y no coincidimos casi en nada, salvo, lógicamente en los padres que compartimos. …y más risas. 
Le envié a mi pequeño hermano los datos que pidió, por email como quedamos. Entre risas.

Al llegar la noche, el cansancio, los esfuerzos por mantener el ánimo y el mordisco de perro este del costado me acaban desarmando. Saco fuerzas para planear un poco el día de mañana, y escribir un rato, si puedo. 

Hablando como los locos, mis planes de escapada los veo desinflados con este inconveniente, que siento viene camuflado. No para de crecer en intensidad, no mejora y no puedo controlarlo. 
El pasaporte de registro del Camino De Santiago está preparado, sellado y validado, con mi compromiso de rellenar mis datos. Hasta ahora es anónimo.
Tendré que completarlo. Sería un desastre que no pudiera, una vez más, llegar Santiago. Un desastre.
Puede que mi última oportunidad. Estoy a treinta días exactos del inicio, según los planes. … no me puede estar pasando. 

Estoy cansado. Mañana, a la luz del día, estaré más determinado.  

Y a este perro diablo, a ver si lo saco de mi costado. 

Pérdida de confianza

En los últimos tiempos de hoy he sufrido una fuerte pérdida de confianza conmigo mismo, provocando, en consecuencia, una falta de diálogo posterior que hace imposible el necesario acercamiento. 
Por favor. Sin diálogo no hay posibilidad de arreglo.
Y la separación es un riesgo que no podemos permitirnos. Al menos en este momento del día.

Puedo asegurar que no ha sido por ninguna clase de engaño o traición. Siempre me he mantenido fiel a mi mismo.

Hasta hoy constantemente he estado muy unido a mi. Pero las distancias se van haciendo patentes y ya no me gustan las mismas cosas, ni mantengo los mismos amigos. 
Será cuestión de edad. O puede que sea que lleve toda la vida con esto… Y de la soledad esa, que me mete ideas peregrinas en la cabeza.

Hace ya un rato que me he perdido. Y no he tenido más remedio que salir a la calle a buscarme.
Por fin, al llegar a una esquina de la avenida, me he encontrado deambulando por el paseo con la vista perdida y sin ningún destino. 
No he podido más que enfadarme.
Y recordarme que esto no tiene ningún sentido. 

¿O si? Que los deseos se cumplen. A veces.

Tiempo

El tiempo es una sucesión lineal de secuencia constante homogénea. Eso es lo de siempre, Aristóteles, lo normal, lo que hemos aprendido, lo que nos enseñaron, es lo lógico.

Pero hay una dimensión del tiempo que no es lineal. Es transversal. Es el tiempo del alma que decía San Agustin.
Es el tiempo grueso, intenso, lineal y estrecho. Es el tiempo desapacible, el tiempo alegre, agradecido o perdido. El tiempo de oro y diamante. El tiempo frío o ardiente. El tiempo espeso de espera, el feliz detenido también en un beso.

El tiempo lineal, no es eterno, es efímero. Sin embargo el tiempo del alma, intenso, es infinito. 

Cada cual es libre de creer con su tiempo lo que quiera.

En mi caso, transcurrido el tiempo, fue algo así: 

Fui consciente de él desde muy pequeño, quizás al descubrir mi curiosidad. Siempre ferozmente, intentando aprender y hacer muchas cosas, a vivir intensamente, con riesgo. Hasta que todo cambió. 

Imagina cuando luchas con fuerza por tu sueño, y consigues alcanzarlo. Y lo vives con ilusión y pasión, casi sin darte cuenta, a toda velocidad. Y un instante después, de la misma manera, lo pierdes de vista y desaparece.

Caer al vacío sin final, paralizado, enfadado, desolado, es la única base de todos los pensamientos.
Bajas los brazos, te declaras vencido y crees en firme haber finalizado tu misión, y no dispones ya de futuro. 

Sin embargo, pasado un tiempo, descubrí aliviado que había perdido todo, especialmente la ambición. Pero también aprendí a mirar despacio, a vivir con sentido lo que te toca, a ver el tiempo “a lo ancho”, recreando cada sentido, respirando hondo, escuchando con paciencia, aprovechando la vida, más austera, más intensa y verdadera. A disfrutar siendo generoso y calmado. Y haciendo reír.

La única pérdida letal que añoro son los abrazos. Y el castigo, la soledad.
El amor, os aseguro, lo llevo dentro. 

Ahora me voy a aprovechar el tiempo. Y a disiparlo.

Perdonen que les escriba. 

El eterno retorno de Carmen Salazar
Imagen.- El eterno retorno. Carmen Salazar

Lo que perdí, Cesar

Perdí las gafas. 
Hoy me di cuenta, mientras repasaba todo lo que también perdí. 

La ilusión y la necesidad de servir, de ser útil e importante para alguien. Alguien por quien me estremezca cuando la mire, que me motive y me necesite. 
Todo lo que perdí es eso. La soledad no era para mi. Está siendo abrumadora. 
En todo este tiempo no fui capaz de rehacer mi vida.
Y lo más destacado es la soledad. Estar tan solo es insoportable. Es encontrarse en el umbral de la puerta final. 

Y de seguir así, lo de mañana no merece la pena pasarlo. 
Me siento muy egoísta con esto. Porque están mis hijos y mis nietos; y mis padres y hermanos, algunos pocos amigos que me echaran de más o de menos. Pero cada uno de ellos tiene su vida, sus ilusiones, su futuro por delante.
Yo sin embargo, con todo el pasado por detras, sentía un vacío inmenso. Lo mío era un esfuerzo inútil y efímero, absurdo. 

Alguna vez pensé que lo imprescindible era tener un propósito. Y mi sicólogo de cabecera, Cesar, peleó conmigo en las terapias con el maldito concepto. Me negaba la importancia de tener propósito. Con tanta discusión, me di cuenta que le incomodaba la sola mención del término “propósito “  Yo insistía cada vez, de forma tediosa, porque estaba empeñado en que ese era mi problema. 
Pero es cierto, y quizás no elegí bien el término. No me explique bien con mis inquietudes. 
Y ahí están.Tan cerca como la última puerta. Tan perdida la esperanza como las gafas. 

Mi parroquia

Escribo a diario para mi.  
No miro más allá. No asumo más riesgo ni más repercusión. 

Después, quizás si, para dejar a mis hijos y nietos escrito como pensaba su padre o su abuelo.  

Y luego, más allá, no muy lejos está lo que llamo mi “parroquia” Un puñado de gente, no más de quince o veinte, que lee lo que escribo y me sigue, dicho en términos coloquiales de la actualidad de RRSS.  

Así que me siento siempre libre de descubrirme ante ellos hasta enseñar, de vez en cuando, cicatrices y arrugas del alma, que no tienen más importancia que las de una persona cualquiera. Nada singular, que yo sepa.  

A mi, si quieres que te diga, me sirve para no perder del todo la cabeza. Para fijar una pica con estandarte de trapo y una campanilla en mitad del camino, que transitó ahora despacio, pero que está lleno de dudas y atajos. Y no quiero atajar por ningún lado. Quiero andarlo entero, aunque sea llorando. 

Y riendo, cada paso en falso, y cada paso cierto. Me encanta la risa, y verla y sentirla de reflejo en tu cara, es lo que más me llena este corazón desierto, con el que cargo sin ganas. Pero es lo que tengo. 

Leí hace unos días que la vida te empuja, y de pronto te encuentras viviendo el otoño. 
Y debes darte prisa para no dejarte nada sin hacer, planes inconclusos y viajes imposibles, antes de que sea tarde. Es decir antes de que realmente sea imposible, porque te pares. O algo así entendí. 

No tengo prisas. Pero si siento el viento más frío en el rostro, las fuerzas más justas a cada paso, la miradas más duras en cada esquina. 

Y un deseo intenso que me saca de mi escalera, peldaño abajo, para abrir la calle cada día, para oler el mar y la cocina, sentir el calor en las mejillas. Y el frío. 

Y me río. Así que más vale que busque de verdad la gracia maldita que me grabaron en el corazón los que amé y amo, y seguir ese camino. 

Perdone que les escriba.