Realidad y fantasía. Aprender a ver el mundo en los ojos. Un viaje personal que comienza ahora.
Autor: 21siglosofia
Estoy permanentemente en babia, donde habito.
¿La razón por la que escribo?
“… yo no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero mañana muero, y hoy querría aliviar mi alma.”
Edgar Allan Poe
Quiero un jardín abierto, inmenso
llenito de amapolas,
y que llegue tan lejos
a donde rompen las olas.
Quiero un abrazo de viento
que me estreche entre sus manos
Y me transporte creyendo
que volverás a mi lado.
Un sueño de día nuevo
envuelto en gotas de lluvia
de las que calan por dentro
Verdad solo mía y tuya.
Llévame a tu refugio
lejos, sin cobertura
Luchemos un cuerpo
a cuerpo, sin armadura
Desde lo alto del cielo
ven a mojarme
Amor de lluvia
Amor de lluvia
Estoy visitando el olvido, por si me gustara para quedarme.
En él encontré los miedos a perder lo poco que gané, la memoria. Allí no vale la historia, ni tus brillantes victorias, tampoco tus derrotas. Pierde valor tu dinero y tu fortuna, los esfuerzos sostenidos durante tanto tiempo, y los amigos, los enemigos y las afrentas o los favores.
Tus amores se desvanecen como la niebla con el sol, y tus conquistas no merecen ni una mención.
Los colores son lo único que se mantiene, pero no recuerdo el significado de cada tonalidad. Ahora son una caja de lápices para aprender a dibujar.
Los días y las noches se suceden. Da igual. Te duermes cansado y despiertas en mitad de la nada. No sabes si estás a principio o a finales ¿de que?
Solo estoy visitándolo, de vez en cuando. Curioso de su encanto y de su sonrisa inocente y feliz. Aunque, de pronto, lo recuerdo todo y vuelvo por donde vine, a ser nuevamente infeliz, … y cuerdo.
Recuerdo que me viene de memoria todo lo que viví. O quizás todo lo invente y lo escriba, como si este papel fuera un pañal donde se recoge la memoria perdida.
Aquí lo dejo, antes de que reviente lo que me queda de cabeza.
El olvido es un descuido.
FIN
P.D. No puedo, y quisiera, entender a quien perdió para siempre el contacto, y no puede volver sobre sus pasos a reconocer lo que fue su vida. Y sufre.
En un instante, apenas perceptible, decidiste compartir tu tesoro encerrado por siempre en el fondo de tu alma.
Apenas un gesto airado, un atrevimiento envalentonado del que intuyes te vas a arrepentir en el siguiente instante, en el que echas a perder todo el esfuerzo de sigilo enterrado durante tanto tiempo.
Tocado de soberbia, apenas insinúas un “seguro que gustará”. Los sentimientos guardados con celo deben ser compartidos, aunque convencido de lo contrario.
A nadie interesa si estás o te has ido. Como pueden interesar secretos íntimos que no han sido vividos. Historia personal, secuencia de suspiros, álbum de imágenes solo para tu recuerdo donde van perdiendo color y brillo.
Solo un destello pasajero del que huyes con un esbozo de sonrisa convertida en una mueca perdida en tu cara, mientras la cabeza se te va a años luz atrás en tu vida.
Apenas una vida, un día cualquiera de atención y de cariño. … y la partida.
Con la mano alzada sobre el teclado, esperándote.
Con la mente en blanco, queriendo llover.
Y el miedo atroz a que la tormenta se lleve de golpe lo sembrado.
La incertidumbre de quien vendrá hoy, y si serán suficientes los desvelos.
Si la atención y el cariño no fueran suficientes para calmar el alma y los deseos.
Otoño que acecha, y el día se abre con sol radiante, todo al revés.
Y en mi cabeza tú.
Buscando una señal, la nota que comience la canción de sueño que suena a lo lejos.
Lágrimas, angustia, necesidad de ser feliz.
Nada se cumple si no se cae el cielo encima hoy.
Solo la transparencia infinita del Azul de los ojos de un bebé precioso, señal de que mi tiempo ya pasó.
El eco repite cada vez: espera, espera, espera.
Se me rompió la vida
cuando te perdí.
Hicimos planes para siempre
que de pronto se esfumaron.
Y me dejaron vacío,
mirando al mar lejano,
sin comprender aún
que tú fin era el mío también.
Me resistí con violencia
un tiempo, que fue un suspiro.
Pero al fin la evidencia
calló sobre mi,
como el telón oscuro del teatro,
poniendo fin.
Y se rompió la vida
cuando te perdí.
Ahora que se acabó el esplendor,
ya no vuelo como antes,
no sé aprender a vivir
sin amor, ni miedo.
Sequé el pozo de las lágrimas.
Ya no llueve como antes.
No sé entender lo que siento,
sin amor, ni miedo.
Perdido en la inmensidad del cielo,
ya no miro igual que antes.
No se conformarme, si voy solo,
sin amor, ni amante.
Zambullirme en tus ojos.
Ya no sé sentir como antes.
No sé morir solo,
amor, sin mirarte.
En mitad de la noche, paralizado en mi cama. Un pequeño grupo de figuras etéreas a mi alrededor. Son tall grays que susurran entre ellos:
Señor. No quiere salir. Está aferrado a su familia, a sus hermanos y sus padres. Nunca los abandonará. Aquí se siente feliz y seguro.
Habla con él. Explícaselo. Lejos será libre, crecerá sin complejos, sin cargas. Y si se niega, sácalo a rastras, escaleras abajo hasta la puerta, que la dejé abierta a la noche. Y allí nadie escuchará sus gritos, ni sus suplicas. Nadie vendrá en su ayuda. Tendrá que luchar solo con todas sus fuerzas si no quiere perderse para siempre en la oscuridad.
Me tomaron por los tobillos y me arrastraron escaleras abajo, hasta el zaguán. Intentaba gritar, pero no salía sonido alguno de mi garganta. Bajando el último tramo de escalones vi la puerta de casa abierta. Hacia afuera nada se veía. Y el viento agitaba las copas de los árboles grandes de la explanada.
Luchaba extenuado, muerto de miedo. En el momento final, me zafé de su agarre y mi espíritu voló escaleras arriba, a recuperar el cuerpo tendido inerte en la cama, empapado en sudor y lágrimas.
Ese verano estalló la guerra entre árabes e israelíes. Horrorizado, me juré que me pondría en medio de la batalla para poner fin a esa masacre, “Nadie dispararía a un niño”.
Tenía siete años. Fue en octubre. En la casa de los maestros. Nunca le conté nada a nadie.