De pronto notó como el futuro le vuelve a encañonar.
Por un momento pensó que estaba fuera de ese punto de mira.
Por un momento pudo mirar la punta de ese cañón, y al final del alma, la bala que llevaba su nombre.
Fue la felicidad, sin duda, el escudo más eficaz.
La razón por la que pudo esconderle su figura. Y le perdió.
Pero que fugaz. Que rápido pasó el tiempo feliz.
¿Y ahora qué? Pregunta el pájaro que abandonó su nido, siguiendo el vuelo de su amor.
¿Volver a empezar? pensó un instante, mientras sus ojos nerviosos buscaban desencajados una ayuda.
¿Donde está? ¿Donde perdí su rastro? ¿En que quiebro, en que golpe de viento se esfumó sin darme cuenta, que ahora no le veo?
Será que me entretuve y no atendí su señal.
Y a la puerta del final, cuando fue a mirar, ya no estaba allí.
No puede ser. Esto no puede acabar así. No para de aletear, a todos sitios mirar, atento por si escucha su respirar.
Sólo silencio, sólo.
De pronto, otra vez, solo.
Solo.
De pronto, otra vez.