Refugio nuclear


Cada uno, con el tiempo, busca su refugio.
Nos vamos refugiando del frío, de los pensamientos retorcidos, de los desafíos. 

No siempre eres de piedra, la distancia te supera, y te pone a descubierto con tus vergüenzas.
Ni siquiera las afrentas son de paja, y pesan como yunques imposibles de arrastrar. 

Tampoco el refugio es siempre una atalaya, inalcanzable  a las flechas que te lanzan desde enfrente, que hieren como el silencio y matan sin decir palabra.

Con el tiempo te haces vulnerable, sientes con dolor los desaires que abren heridas antiguas, destruyendo de un soplo tus defensas construidas con esmero.
Y andas como ermitaño buscando desnudo la nueva caracola que te defienda.

¿Y que hacer? Si solo espero que me alcance pronto el final y no dar tregua a la tristeza, que esto va de naturaleza, y refugiarse es retrasar lo inevitable. Ese no es el plan. 

Mejor investigar cuál es el núcleo del asunto, para encontrar el remedio que haga conjunto con tu forma de ser.

En mi caso, lo sé. Ojalá sea capaz de no parar de reír.
Mi mejor refugio es estar contigo, feliz. 

Y sin embargo cada día se hace más largo. Tendré que encontrar mi refugio nuclear. 

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