Crónica al fin del año

Delante de la página en blanco sin atreverme a escribir.
Las ganas me ponen nervioso. Las ideas agolpadas sin orden, empujan. Pero no sé expresar ninguna.
Sé que para mí llegó definitivamente el fin de una etapa vital. Ya no soy indispensable, ni siquiera necesario para mi gente. Han aprendido a volar solos, y hasta la más pequeña está comenzando su vuelo por sí misma. 
Conseguí destrozar todo lo construido durante años. Me quedé paralizado y no he sabido tomar las decisiones adecuadas. Y el resultado ha sido devastador. 
Sin recursos y sin ideas, lo peor es no tener planes ni tareas por hacer. Así me voy vaciando. Y no quiero convertirme en la carga de nadie. 
Es extraño como siento que he roto conmigo, he perdido capacidades físicas e intelectuales, he desordenado mi cabeza, y mis recuerdos se presentan en tropel sin ningún permiso ni excusa previa.
Y la salud ha perdido su equilibrio y fortaleza, de la que siempre he presumido, y ha sufrido un batacazo estrepitoso, encadenando dolencias hasta rendirme. 
No tengo el futuro ni mucho menos asegurado, y espero asustado como, durante los próximos meses, todo mi mundo se va a precipitar.  
Siempre me gustó regalar y ayudar. Y al fin, ya no estoy para eso. No veo la salida.

Solo deseo encontrar la manera de no arrastrar a nadie conmigo, y hacerme únicamente responsable de todas las consecuencias.
Y que me queden las suficientes fuerzas para andar mi último camino.
Pero quizás sea mucho pedir. 

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