Mi padre me echó por los aires cuando era un bebé.
Era su primer varón. No sabía, el pobre, lo que venía tras de mí.
Desde entonces siempre ha sido un referente. Como mis hermanos eran más ruidosos que yo, siempre me mantuve en un discreto segundo plano. Hasta hoy. Siempre pendiente de él, fue mi maestro en todo. Me enseñó a leer y escribir. A pensar y a descubrir. Me transmitió su pasión por los coches, los libros y por el deporte, aunque eso lo superamos al poco. Pero esas simientes fueron fundamentales.
Siempre un paso detrás de él, aprendiendo en silencio.
Nunca me abracé tanto a mi padre. Nunca sentí tanto su abrazo como esta última semana en la que le ayudaba a caminar, a asearse, a sentarse o a levantarse. Ha sido profundo y permeable. Ha sido Amor paterno y amor filial.
«No digas nada, no preguntes nada. Cuando quieras hablar quédate mudo que un silencio sin fin sea tu escudo y al mismo tiempo tu perfecta espada».
No llames si la puerta está cerrada No llores si el dolor es más agudo No cantes si el camino es menos rudo No interrogues sino con la mirada
Y en la calma profunda y transparente que poco a poco y silenciosamente inundara tu pecho de ese modo, sentirás el latido enamorado con que tu corazón recuperado te irá diciendo todo, todo, todo.