Fue un día cualquiera de un año atrás. Razón de más.
Amanecía, y estaba contemplando el día. Como cada vez.
Aveces no lo recuerdo.
Solo me acuerdo cuando duele.
O cuando veo la verdad, llegar al final.
Sin sentido
Sin criterio
Sin rumbo fijo
Sin argumentos
Sin objetivo
Sin compañía
Sin compromiso
Sin recursos
Sintaxis
Sin aliento
Sin agua
Sin paciencia
Sin ilusión
Sin proyecto
Sin camino
Sin recorrido
Sinovial
Sin querer
Sin fuerza
Sin voluntad
Sin carisma
Sin confianza
Sin certeza
Sin maldad
Sinrazón
Sin impulso
Sin pereza
Sin derechos
Sin valor
Sin futuro
Sin misión
Sin hogar
Sintomático
Sin resistencia
Sin color
Sin identidad
Sin esperanza
Sin vivir
Sin alma
Sin remedios
Sin amor
Sin futuro
Sin final
Sin e die
Sin tiempo
Sin nada
Sinvergüenza
Todo al rojo
Viaje al centro de …
Un viaje al centro del corazón
a lo gordo y ancho del camino,
escogiendo siempre como destino
tu sonrisa de frente a la mía.
Añorando tu compañía,
perdida en una revuelta del trayecto.
Y no fue sin querer que di por hecho
todo mi cariño y mi alegría.
Ahora en lo perdido pierdo el tiempo.
Y los ojos cerrados en el recuerdo
me ciegan sin querer, esta mirada
a la luz del último amanecer.
Inmóvil, sin un parpadeo,
como el gato en la cornisa
esperando nada especial.
Siempre atento a todo.
Y así, esperando de este modo
no pierdo la compostura
mientras sueño que mi locura
está, como siempre, en tus ojos.
Maldito
Querido olor antiguo
que me llena
de amor.
Preciosa flor
que te colma
de color.
Rancio calor
que mancha así
de frescor.
Exquisito sabor
que me seduce
de dolor.
Camino sin tiempo
por una ilusión perdida
en la memoria.
Como un paseo chico
andado de puntillas
en la infancia más feliz.
Sintiendo alrededor
Clamor sanador
temor matador
Maldito amor
que te mata
de amor.
Para toda la vida
Con toda la vida por delante.
Por siempre
es un plazo corto
Casi inmediato
Se pasa en un instante
Demasiado intenso para perderlo
Más corto que un segundo
Es ya!
La vida es corta.
No desperdicies nada
Por pequeño que parezca
Un gesto
Un viaje
Un amanecer
Una tarde tranquila
Una aventura trepidante
Una oportunidad próxima
Una puesta de sol
Una caricia tímida
Una mirada de amor..
Para toda la vida
Por siempre
es hoy.
Diciembre
Se paso noviembre.
Ayer.
Y no ocurrió nada.
Solo,
día a día,
el mes más bonito del año,
haciéndome daño
sin compañía.
Me abandonó mi alma.
Encerrado en mi cabeza,
viviendo una historia muerta.
Transitando en un presente pasado.
Condenado a no tenerte
nunca a mi lado,
sin entender
que pasó.
Final feliz para una desgracia,
no supo a poco
la mágia,
no duele tanto
la ausencia,
sino la interminable esencia
de tu olor
en mi almohada.
Callado, recorro el camino
que se hace largo.
Pasar página
me cuesta tanto,
si en la siguiente escribo:
tu cara y tus labios
no vuelven,
no olvido tus manos.
Un débil lamento.
Me esfuerzo en llorar para adentro.
Un ruego imposible.
Un error sin tiempo.
Un sueño,
un infierno lento.
Encendido, un último abrazo.
Te quiero.
Noviembre
El mes de los muertos.
Gritar
¿Cómo hacer para aliviar
mi dolor más personal?
Luchar por superarlo
ha sido inútil.
Y solo me queda subir,
necesito el punto más alto,
de la montaña más alta.
Para gritar desde allí tu nombre,
y descargar mi odio y mi pena
por haberte perdido, amor.
Tengo miedo a decidir.
Ir volando a tu encuentro
por el camino más rápido,
que sin duda es morir, amor.
No es mi mejor día
Ni mi mejor idea
sin duda es debilidad
en una persona perdida, amor
Mándame tu fuerza
Tú esperanza y tú alegría
Para no torcer mi conciencia
Para ser quien tú querías, amor
Feliz
Corazón intacto
Intento mantener mi corazón intacto,
entero entre tanta incertidumbre,
a pesar de que, de vez en cuando,
se le desprende un llama, con dolor,
para seguir el paso,
iniciando su camino y su vida.
Todo el amor que contiene no cabe,
dejando escapar
una fumarola en la oscuridad,
tormenta solar radiante,
que inunda en el firmamento,
el nacimiento de una estrella.
Y cada vez que alumbra
de blanco una luna llena,
se apaga un poco este fuego
que ahora me quema,
dejando escrito en el cielo,
por siempre tuyo, mi perla negra.
La llave
Vivíamos en un pueblecito blanco de la Vega del Guadiana, pedanía de uno cercano. Un pueblecito nuevo que se iba haciendo poco a poco.
Al pasar de los días le iban instalando las luces, las aceras empedradas y algunos árboles.
No se cuantos años tenia. Pocos, cinco o seis si acaso.
Ese día, por la tarde, mientras en mi casa había visita, llamaron a la puerta. Fui corriendo; a mi me correspondía abrir, soy el mayor de los hermanos. Un hombre joven venía a buscar algo de la casa de al lado. Lo atendió enseguida mi padre. Me dio una llave grande, y me pidió que lo acompañara a recoger lo que pedía y cerrara después la puerta con la llave. Prestaba toda la atención a lo que me decía, con los ojos bien abiertos para que no se olvidara nada del encargo.
-No te entretengas y vuelve volando, que es casi de noche. Y no pierdas la llave. – me dijo antes de volver con la visita.
Acompañé al joven donde recogió lo que necesitaba. Cerré la puerta, corriendo el cerrojo hasta el final. Saque la enorme llave de la cerradura, la guarde en el bolsillo que la camisa tenía en el pecho, y eche a correr como un poseso por el camino de regreso. Al entrar en el rellano delante de la casa, bordeando un pequeño seto del jardín, resbalé y caí de bruces delante de la puerta, clavándome la llave en el pecho.
Justo en ese momento la visita se marchaba, y mis padres la despedían allí junto a la puerta. Me levanté del suelo avergonzado, con las rodillas sangrando y los pantalones y la camisa manchadas de barro. Una lágrima me cruzaba a traición la cara, cuando delante de mi padre, le entregaba la llave enorme mientras decía: – está todo cerrado. –
Me mandaron arriba, a limpiarme lo manchado y curarme las heridas de las rodillas y las manos. Ya solo en el baño, al quitarme la camisa, me di cuenta del otro daño. En el pecho izquierdo señalado tenía la llave marcada como si la hubieran dibujado.
Desde pequeño me gustaba que me mandase recados. Mi vecino se sentaba en una silla de madera y esparto a la puerta de la calle. Me ponía en la mano una moneda y en la otra una botella de cristal. – ve a la cantina y que te den lo de Leandro. – Y allí me plantaba yo con un litro de aguardiente en la mano, cruzando dos o tres calles para hacer bien el recado.
No se cuantos años tenía. Pocos, quizás cinco, o seis si acaso. Y no se me olvidará nunca la llave de mi primer encargo, ni la botella de Leandro.
La historia de un pañuelo
Fue un regalo de hace tiempo.
Es blanco y liso.
Únicamente una inicial bordada en un
extremo.
No lo llevo para mi. Cuando a alguien
le hace falta, lo comparto.
Ha sido paño de lágrimas de alegría y
tristezas. Todas para recordar.
Agitado al aire para celebrar triunfos
de otros y como bandera para la
rendición.
Arrojado a la cara como un guante en
un duelo.
Es mi pañuelo mi último consuelo,
el compañero final cuando ya no
queda nadie.
Nunca supe valorar cuánto lo quiero.
Es la historia de mi pañuelo.









