9 de octubre.

Cuento Sultana de Istanbul

25 grados centígrados de las diez de la noche. A tan solo un día de luna llena, no puedo morir, si no es de pena, porque tú no estás aquí.

Una señal espero. Y me llegó la de ayer.

Ahora quiero un pañuelo blanco y carmín, un agitar tu pelo, una caída de ojos, un rubor, un si.

No sé si pienso y acierto. Sólo se que me encantaría sentir lo que sueño.

No tengo miedo al rechazo, uno más al desconcierto.

Esta vez lo entendería así.

Pero qué locura sería que me dejaras compartir a tu lado un trocito del camino, sin miedos ni vergüenzas, y con los ojos cerrados saber que estás ahí.

Ser tu amigo, confidente, tu amante, tu febrero, tu abril.

Que egoísta soy queriendo que me acompañes, si quiera, sin saber lo que piensas. Si esperar sentado en tu escalera para entregar mi atención y mi cariño, no es lo que ahora deseas para ti.

Un loco se te cruzó en el camino.

Si me apartas, será lo que digas. Desangraré mi herida lejos, y dejaré que seas feliz.

Y si te alegras, seré para ti, amor. Tu compañero, tu amigo. Tu campeón, tu caballero defensor, tu más fiel servidor, tu adalid.

Prometo hacerte reír.

(Carta de amor imposible, más allá de tu izquierda) Del capitán de la guardia a su Reina, en el Palacio del Emir.

Sin ser, en vestido …

Tirarse de bruces a piscina vacía.
Y hartarse de nadar,
ahora que estaba tan fría.

Con el viento de frente
a un cristal transparente,
sin despeinarse.

¿En qué tren te vi?
Ibas tan deprisa,
que parado no te reconocí.

Y mirarse de soslayo
a un espejo prestado
en el elevador.

¿Yo no sé tú ...?
pregunto ignorante
sobre tu vestido azul.

Tu sonrisa.
El oleaje.
Vivir
tu recuerdo
AZUL.
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ODIO

Que le rompan los huevos a palos.

Le corten la polla para que mee con dolor el resto de su desgraciada vida.

Le rompan las piernas y las manos, para que no salga de la cueva y no vuelva a agarrar a nadie, nunca.

Que le graven a sangre y fuego en la frente y la cara «violador».

Y dejarle con vida, para que sufra y no olvide jamás el daño que hizo.

P.D. Que Dios, en su infinita misericordia, lo haya acogido en su seno. Porque si me lo encontrará, sacaría de mi este demonio que ahora llevo dentro.

Sueño

Ayer soñé que se paró el corazón. El mío. Sentí el temido pinchazo en el lado izquierdo, y la mano dormida.
Dejó de latir de repente, como una noticia de alcance que te sueltan a quemarropa, de pié en la cocina un día cualquiera. Y reventó de ojos adentro.
Durante el día pensé que lo podía superar, pero escuchaba su latido sino como un eco lastimero que se alejaba.
A la noche sentí frío. Y me quedé dormido sin aliento.
Estaba inquieto. No paraba de atender señales de alarma que me enviaba el cuerpo.
Y no hice caso, claro.

Pasado unos minutos entraba empujado en una camilla por el pasillo vacío de un hospital.
Empezaron a apretarme el pecho, con abrazos enfadados. Sentí el desagradable correr del tubo de respiracion entrando en la garganta, el pinchazo en el brazo, el gotero colgando, la actividad frenética alrededor.

Y yo calmado. Echado en la camilla como si fuera a contarlo. Cada vez más frío.

Recorrer un pasillo largo que daba al quirófano, inundado de luz.
Más gente aún.

Era el centro de esta reunión ¿y nadie me preguntó nada?

Me volvieron de espaldas. Ya no me dolía nada, pero sentí la cuchilla abriendo y la mano enguantada buscando. El corazón no latía.
Todo deprisa, sucedía en un instante.
Yo calmado, no me movía. Pero sentía la cuchilla, las manos dentro del pecho empujando, el mantra repetido «reacciona, reacciona» .
Y dolía. Dolía mucho todo esto.
¡Vayan con cuidado! Pensaba gritando para mis adentros …

De pronto volvió el corazón adentro. Con tímidos espasmos y un dolor intenso. Pero volvió.

Luego dirán que estaba sedado, que no sentí nada.
Que todo fue un sueño.
… Y mientras, me despedía diciendo que todo fue un sueño.

Cruel final

Cruel es el fin de todos los esfuerzos, sacrificio y desvelos, si acaban en el filo de la penúltima copa, el humo de mil cigarros y drogas. El silencio.

Sueños incumplidos, falsas expectativas, ansiedad y desorden, abusos en la casa que era el hogar, el refugio de todos, ya de nadie.

Ahora toca separar para unir, que me da la risa.

Perder el sueño, llorar el llanto amargo e inútil del fracaso.

Y mientras, se esfuma el rastro del ser más querido, el que hizo más daño.

Fuiste mi escudo durante años, para que yo alcanzara lo máximo.

Nunca podré pagar su sacrificio, el bien que me hizo su silencio, que de saberlo habría enloquecido. Como saberlo ahora me tiene completamente destruido.

No sé manejar esto.

No se lo que entonces habría decidido. La venganza más dura servida en frío. Cueva más oscura.

El horror, el desprecio por el odio ensañado con un niño.

Ahora mi vida no vale nada.

El daño que quisieron, no me alcanzó, porque paraste su tiro. Y ahora me alcanza, y no se cómo ayudarte, hijo.