Cuento de noche

Ayer, de noche, me fui a dormir muy cansado.

Fue un día extraño, mezclando recuerdos del pasado y relamiendo la agradable velada del día anterior.

Quizás barruntando la bajada a las profundidades del alma que me esperaba a media hora de camino. 
Así, de inmediato que me acosté, me quede profundamente dormido, atravesando la oscuridad más opaca en un instante. 

El aire. El aire escasea allí. Respiraba fatigado, con mucha dificultad. Noté enseguida que no iba cómodo, y recorrí dando vueltas mi cama, de extremo a extremo, buscando la posición donde respirar más sosegado, pero sin conseguirlo. A cada minuto se hacía más escaso. La nariz cerrada, la garganta y la boca totalmente seca. El pecho vacío. La angustia se hacía dueña de la situación. Me esforzaba por estar sereno, procurando no hacer demasiado ruido. Permanecer quieto, intuyendo que las ánimas estaban allí cerca. Nunca sentí miedo. Pero hoy no era el momento, no era mi día. 

El aire. El aire escaso, me abandonaba. Y no podía recuperarlo. El instinto me hacía luchar, pero ya estaba paralizado, quieto, estirado en la cama, los ojos cerrados. En mi imaginación tu cara. Y estabas enfadada. ¡Sal de aquí! Me gritas, y no oigo. Todo el ruido también me ha abandonado. Solo te veo gesticulando, mientras siento ardiendo el pecho, los hombros, las mejillas … Y cada vez más lejos de casa. Sin mirar atrás.

De pronto una voz joven, como la de Andrea, serena, sin gritar, en tono de conversación, me dijo claramente un nombre: FRANCISCO.

 Y abrí los ojos en un instante. Recuperé jadeando él resuello, mientras permanecía acostado y quieto, como haciendo un balance de daños. Esperando volver a escuchar en silencio esa voz, pero no volvió. 

Despacio me levanté y di un paseo por la casa, repasando cada habitación, buscando tal vez a quien me habló hace un instante, pero nadie había. 

Nadie. Nadie a quien pudiera ver, quizás. Solo el calor en las mejillas, los ojos con lágrimas, la boca seca y un leve dolor de cabeza. Y un nombre que escuché con claridad, como la imagen de una flor roja en los restos de un incendio, y que me devolvió aquí. 

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