Mechiiii !

Ese grito de cariño, en la voz de mi madre, abría una subida de cinco o seis tramos de escalera hasta el segundo piso, donde nos esperaba ya, asomada a la barandilla, mi tía Mercedes en los años setenta a ochenta.
Siempre con su sonrisa abierta.
Una mujer menuda que se hace gigante según te acercas a su corazón.
Conmigo fue especialmente cariñosa. Y os aseguro que le correspondo a corazón abierto también.
Me alimentaba el alma visitar a mi abuela Engracia, mi madrina, en su casa, y a mi tía enteramente dedicada a su atención y cuidado. 
El ratito en el balcón con persiana, desde el que podía ver la rotonda de la plaza Reyes Católicos, con sus árboles enormes, que casi podía tocar desde allí. Y la Puerta de Palmas y el Puente Viejo.
Y su interés porque le llevará a casa a mi novia, siendo ya mozos.
La imponente planta del tío Manolo a su lado.
Siempre he sentido orgullo y admiración por ella, superándose ante cada adversidad, y en su vida han sido de máxima dificultad, sin perder esa sonrisa que adoro. Es guapísima.
De su talento cosiendo y bordando, ha echo su virtud y su manera de defenderse, cumpliendo con plazos cada vez más exigentes.
Me alegro de haberle presentado a la gente que demandaba artesanía de costura, que dio salida a su talento y ayudó a colmar los apuros. Siempre con alegría, siempre con humildad.
Es enorme el cariño y la admiración que le tengo a mi tía más pequeña, de las Piriz una grande.

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