Cuando desde pequeño, desde muy pequeño, te han regalado un portentoso abrazo, tierno, enorme, consistente y entregado, nunca piensas que tú vida va a prescindir de ese regalo.
En ese abrazo, enorme cuando niño, caben consuelos, felicitaciones, reproches con propósito de enmienda, perdón y ánimos. Cuando das el estirón, los brazos se alargan, y los suyos ya no te abarcan como antes. Pero la magia de ese abrazo es que el corazón te llega igual. Y ese instante reconforta y engancha con el regalo de siempre de abrazar.
Nunca hubo prisas ni urgencias en ese abrazo. Siempre duraba igual.
Pero la vida va pasando. Vas recibiendo abrazos, y más abrazos, sin darte cuenta que, en algún momento, llegará el último.
Incluso puede que lo hayas recibido ya, sin saber que era su último abrazo.
Y ahora, huérfano de tí, me quedé sin tu regalo, inolvidable abrazo.
Por todo el tiempo que nos queda por disfrutar. Gracias por tu vida, papá .
El aroma de garbanzos recién hechos, con notas de pimentón, chorizo, morcilla, jarrete y pollo, Patata nueva, pimiento y aceite oro.
Aroma de mi niñez, con pantalón corto. De correr por la calle, de sombra, de mocos. De amigos recién encontrados, en un septiembre de locos, en el patio del cole, de morder hinojos. De cielos grises queriendo llover a chorros. De calor asfixiante, deseando agua a cántaros, de ver atardeceres rojos. De higos, de pan blanco, de zanahorias, de agua del piporro. De mi infancia sublime, tesoro de pocos. Aire del oeste, veranillo del membrillo, corazón de otoño. Calle de las Mercedes, número 32, Guadajira, Badajoz. Mi isla del tesoro.
¿Porque vanalizamos las cosas? ¿Porque nos esforzamos en ser superficiales? Nos da miedo profundizar en nuestro pensamiento, ahondar en el conocimiento, como si todo viniera de hoy, en este instante. Y allí estuviera la felicidad, o fuera más fácil conseguirla. Una generación que se cree sin historia, que desprecia el pasado y que vive autocomplaciente con el día de hoy. Hay tantos misterios y descubrimientos por alcanzar en el futuro, como sabiduría y descubrimientos también en el pasado. Y a todo eso le dimos la espalda en esta lucha de supervivencia en el estado de bienestar que nos hemos autoimpuesto, con más derechos que obligaciones, donde lo importante es consumir, y trabajar para poder disponer de recursos para conseguir lo efímero, que es lo que nos hace felices. O eso creemos a pies juntillas.
Estudiar, memorizar, leer, esforzarse, buscar e investigar en la historia, la filósofa, ni te digo si está impresa y no es accesible digitalmente,… Todo es una perdida de tiempo. Y no podemos perder tiempo. Como decía un tío mío de Alconchel sobre el running «¿A donde van? ¿Porque corren?»
Todo a toda prisa. Llegamos de una, y ya estamos en la siguiente, sin pausa.
A toda prisa
De escribir un libro y plantar un árbol, que nadie va a leer y no vamos a ver crecer, no te digo nada. Descartado. Y lo último, claro está, es tener un hijo, que interrumpa nuestros planes de viajar y disfrutar libremente mientras somos jóvenes y podemos. Y así los niños se planifican a partir de los cuarenta, si eso, y no siempre. Y claro, es normal, va y te pilla con el cuerpo y la mente trillado, y ya no apetece o puedes.
Nos hemos equivocado. Y lo vamos a pagar. El silencio, la pausa, la meditación son imprescindibles, y requieren de una decisión. Recuperemos ese estilo de vida y enseñemoslo para que nuestros nietos, si tienes la suerte de disfrutarlos, no repitan tozudos esta carrera al sprint hacia todos lados y hacia ninguno en la que hemos convertido nuestra forma de vivir, buscando una felicidad falsa, y sin conseguirla. Leamos con ellos, dibujemos y juguemos a pintar e imaginar. Con paciencia, con tiempo.
Y para pensar, ahora nos encomendamos a la inteligencia artificial, para que sea más facil. Dios nos asista.
Perdone que les escriba.
La esperanza es el sueño del hombre despierto. Aristóteles
De pronto se me ocurrió que hay personas «estación». Personas «destino» a donde llegas cansado del viaje y encuentras tu casa, tu refugio. Y te acomodas. Te acuestas a su lado, te arropas, y te quedas quieto, sin arriesgar, sin iniciativa, no vaya a ser que te saquen de ahí, y te dejen en mitad de la calle, hecho un paria, desorientado, mirando a todos lados, sin saber dónde ir. Sin destino.
Pero hay muchas otras «clases» de personas. Infinitas «clases» diría. Así se me ocurrió que había personas » camino». Personas «trayecto» siempre en movimiento, disfrutando del paisaje, curiosos mirando sin parar por la ventanilla que le tocó en este viaje, descubriendo paisajes que nunca podía ni haber soñado sin embarcarse en esta aventura. Manteniendo conversación con el compañero desconocido de asiento, que va y te cuenta su cuento, y a mí me parece bien. O la señora de enfrente, a la que pides disculpas porque rozaste su zapato con el tuyo, acomodando tus piernas largas en ese espacio minúsculo compartido por cuatro pies. Perdón ¿Esta cómoda? Es que soy grande y, de todos los pasajeros, le tuve que tocar yo. ¿Va a ver a la familia? . No, a unos amigos que hace tiempo prometí visitar. ¡Ah, que bien! A mi me encanta viajar. Cada viaje es de un color ¿Sabe? Debería anotarlo en un cuaderno. También cambian los olores. Los hay dulces. Y también los que apestan. (Risas) En todos hay risas. Que curioso. Una amiga escribió que la risa es la distancia más corta. Quizás por eso se me hacen cortos los viajes.
Ahora voy a recogerla. Es mi compañera de viaje. Y de risas. Compartimos «trayecto», caminos. Hacemos planes que nunca se cumplen, y con ella no paro de inventar historias y cuentos. Algunos los dibujo. Es mi musa. Y con ella soy feliz.
Todas las personas, a millones, tienen derecho a que respeten su vida. Cada cual tiene la suya, y no hay a priori una buena y las demás no. Todas merecen que alguien escriba su cuento. Y quizás que la dibujen, en su color, claro.
La fuerza del agua, desatada después de meses de sequía, arrastra montañas de barro rompiendo las pretenciosas barreras que les pusimos para domar su cauce, volviendo a conquistar en un instante el territorio que le ganamos con esfuerzo y tiempo. Todo lo engulle con avidez supina bajo el torrente que baja con urgencia y una violencia imparable. Sólo queda subir monte arriba, ponerse a salvo, y observar impasibles y con paciencia que su fuerza se calme. Que escampe y que se ordene el desorden que provocó, dejando un nuevo paisaje ahora desordenado, pero que descubrirás florecerecido en unos meses. Lección de humildad y coraje que propone la madre tierra para enseñar equilibrio.
He preparado con interés y esfuerzo una sorpresa para ti, quizás más deseada por mi. Me llevó días decidirme, reunir todas las cosas, elegir el embalaje, encajarlo todo. Me encanta hacerlo. No me pude resistir a confirmar que lo recibirías correctamente, y en el último minuto cambiamos la dirección de destino y la agencia de transporte. Tu curiosidad me disparaba preguntas que no podía responder, y elegí darte medias pistas, todas ciertas, sobre el contenido, sus usos, o sus descartes. Su tamaño y peso, y si podrías enseñarlo o no. Demasiadas pistas. Ahora, en la distancia, me arrepiento de haberlo enviado. Hubiera preferido ser yo mismo el mensajero portador y entregártelo en mano con un abrazo. Observar como un niño ilusionado tus reacciones, tus emociones. Ya no podrá ser así. No estoy tranquilo esta noche. Tengo el corazón en desorden. O quizás es temor a tu rechazo. Una anomalía destructiva en este momento. Después de tanto cariño y ternura, la distancia es un agujero inmenso. Te extraño cada noche. Y te sueño, ilusión y deseo. Como un regalo que abrimos juntos curiosos y excitados, anhelo caminar a tu lado. Porque caminar por el sendero más oscuro y frío, lloviendo en otoño no me da miedo, si estás tu conmigo. Cuidate mucho, por mi, por ti. Por ti. Seguro que te llega en la distancia mi beso y el más grande y tierno de los abrazos, MyQ.