El abrazo

Aveces sueño 
con certezas. 
Como esta:

Mi padre 
puso en mi ADN 
un abrazo. 

Lo hizo, como supongo 
que también en él 
lo acuñaron. 

Porque nadie 
abraza como nosotros. 
Permítanme alardearlo. 

El nuestro es un abrazo 
grande, y largo. 
Y suave, y enredado. 

Casi siempre casto, 
aunque a veces 
se nos fue la mano. 

Es un abrazo de amigo 
es un abrazo sentido, 
de hermano.

Ahora que no podemos darlos, 
aparece la importancia 
de este gesto para ambos. 

Tanto el que da, 
como el que recibe, 
se cuelgan encantados. 

Es una pérdida 
horrible, 
no podemos soportarlo. 

Mi padre y yo 
soñamos cada día 
con ese abrazo. 

Por favor. 
Déjame 
dártelo. 

No volveré

Un paso, dos. 
Tres pasos, cuatro  
cinco pasos o mil,  
Seis son casi siete 
más de este no sé contar. 

¿Y cuando volverás?...   
un día o jamas.  
¿Y cuando volverás?... 

Cuantas veces decimos,  
y no volveré, 
... y después.  

Las emociones, 
las flores, 
esa canción que te lleva de viaje al futuro, 
que ya pasó justo al lado de tu pié, 
otra vez. 

Bailemos  
alrededor de un sueño, 
tu mano en mi hombro, 
la mia en tu espalda. 

Dejemos que el tiempo 
detenga el dolor. 
Por un instante, 
cruzarme en tu mirada. 

Y soñar, 
dejándome llevar 
al son de tus requiebros. 

El corazón, alterado, 
quiere volar, 
perseguido por un beso. 

Inspirado en “Mil pasos · Soha“ … y en la luna

Almohada

Pues, con todo este asunto del año 2020 rematado con la pandemia, y siguiendo nuestra costumbre ancestral bien arraigada, no puedo evitar el abrazo.
Aunque lo únicos abrazos que ahora doy son a mi almohada.
Su nombre proviene del árabe andalusí mujadda, añadiéndole el artículo al-, 
al-mujadda, que tiene su origen del árabe mijadda: almohadón o cojín. La raíz de esta palabra es jadd que significa lado o mejilla. Así que describe el apoyar la mejilla o descansar de lado. 

Yo simplemente la llamo almohada.
Y en ella apoyo a diario mi mejilla. Le tengo aprecio, por aquello del roce, que hace el cariño. Y la sé distinguir de cualquiera otra.

Pero ya le dije la otra noche, que lo mío es interés pasajero y temporal. Seguramente, cuando acabe la pandemia, si esto fuera posible, o antes quizás, la dejaré a un lado.
No es crueldad. Es que es muy simple la almohada esta. 
Probablemente la eche de menos al principio, porque no puedo pasar sin abrazos. O quizás no la olvide nunca. Es lo normal. 

Mis abrazos no son groseros. Ni forzados, ni intensos. Son suaves, relajados. Eso si, son duraderos.
Para mi son necesarios. Ese estrecho contacto transmite calor, fuerza, energía… es una forma de comunicarse. El mullido de mi almohada me transmite, pero poco. Ya lo dije, es muy simple. 

Entonces, ando preocupado ¿Que será de los abrazos?  ¿Se perderán para siempre?¿Volverán?  Quizás cuando acabe la pandemia, si esto fuera posible.
O antes, tal vez. 

Lluvia de otoño

Si estás ahí, 
sigo buscando 
en las páginas interminables 
de mis libros, 
donde están tus besos 
y mis lágrimas. 

Nadie volvió 
de allí donde estás, 
en el fondo más profundo 
del sueño. 

Y mi corazón se parte 
y esconde su herida. 
Todos ven la sonrisa. 
Y para mi solo el dolor, 
que es azul. 

Este puñal 
clavado en el costado, 
me hace imposible 
disimular más. 

Caminar como antes 
es imposible para mi, 
a pasos lentos 
y dolorosos. 

No tengo excusas. 
Y he perdido. 
Se acerca el final 
y las Estrellas se esconden 
detrás de las nubes 
de este otoño. 

Y las primeras lágrimas de lluvia 
caen encima de mis hombros. 
¡Sácame de aquí!

Un dólar

Suerte
Hoy he recibido un aviso 
desde internet: 
Un cupón de un dólar de descuento
Y no se que hacer
Es importante no fallar 
Decidir detenidamente en que gastar 
este dólar del cupón 
Entre millones de productos 
en oferta

Y mientras escucho de nuevo
el disco Desiré, de Bob Dylan 
con historias salvajes 
del oeste seco y terrible, 
enloquecido. 
Es agosto. 

Un dólar no vale la vida de un chico 
negro en una calle de la America libre
Y, sin embargo le cambia el día 
a un chico hindu. 

Solo es mediado 
agosto nada he cambiado 
he pensado: 
no necesito tanto como tengo 
Y no tengo lo que necesito. 
Que según, es 
casi nada. 

No mires, ratón

Como ratones a la puerta del agujero, viendo la luz que abre el universo delante de nosotros, lleno de colores y olores, pero muertos de miedo, entre temblores, sin dar el paso definitivo hacia adelante, descontando todos los peligros y fatalidades que nos esperan ahí fuera, donde iríamos encantados a explorar y conocer nuevas experiencias y aventuras.
Pero esos miedos nos dejan paralizados, e impiden que podamos conseguirlos.
Y, al fin, atrapados en la ratonera, con una única salida, por delante, pero encerrados en nuestro círculo de confort y seguridad, muertos de miedo y sin esperanza.
Se cierra el círculo.
Que vida más fea. 
Que realidad más cierta. 
No sueñes, ratón.
No mires, ratón, hijo.

Más mascarilla

Hoy me sorprendí acostándome a dormir con la mascarilla puesta.
Que cansina. 
Me recordó viejos tiempos en casa de mis padres, en el dormitorio común de los niños, con mi hermano durmiendo con las gafas puestas. ¡Que juventud!
Cuando algo lo haces realmente tuyo, ya no lo notas ni te molesta, aunque sea algo “protésico” extraño a tu naturaleza. 
Hemos adquirido hábitos de aseo personal, nos lavamos las manos a gastarlas, usamos geles hidroalcolicos hasta dar positivo en los test de tráfico, usamos guantes, dejamos de usarlos, nos saludamos con los tobillos, con los codos, dejamos de besarnos, a veces, …
A pesar de estos hábitos nuevos, he de deciros que estoy hasta la mascarilla de la pandemia y de sus historias, que van y vienen, como “el cuento de sal y pimiento, que nunca se acaba y ya se acabó ¿si o no? Que yo no te digo ni que si ni que no, solo te digo que si quieres que te cuente un cuento de sal y pimiento, que nunca se acaba y ya se acabó ¿si o no?”

La pandemia se resolvió aparentemente, en seis o siete semanas, según los casos, o entre uno o ninguno, probablemente, cuando nos dijeron que la habíamos doblegado con éxito, y habíamos tocado “cumbre”  superando, por fin, en casi cien días el pico de la pandemia.

Felices, nos pusimos a trabajar, a recuperar nuestra vida, intentando superar el agujero negro económico y social infringido a pesar de los sacrificios personales y sociales. En la seguridad, probablemente, de que en verano bajaría la intensidad de la actividad del virus.

Pero, “mais de repente , uma fort dolore de ventre” , como el viejo cuento portugués que nos contaba mi madre, que seguía diciendo “baja do caballo, baja pantalones, baja calzones, apreta,   Aggg ,… y nada”. Otro cuento interminable, como las risas que provoca. 
En esto igual, después vienen los innumerables “brotes” y empiezan los rumores de una segunda oleada, seguramente debida a la imprudencia y malos hábitos de una población irresponsable, por ellos primero y por sus compañeros, que en ningún caso por responsables políticos y sanitarios.

Y el caso es que, probablemente, anuncia que volveremos a confinarnos para superar la ignorancia y la falta de previsión y certeza de nuestros responsables políticos y sanitarios, que no saben qué decirnos, sin contradecirse, de qué va la pandemia y cómo comportarnos, generando una grandiosa y espantosa incertidumbre, donde ya pocos confían en las vacunas que están fabricando a toda leche (permítame el término, hablando de vacas y vacunas).
En fin … Parafraseando el grito del maquinista en los viejos trenes de vapor:
¡Más mascarilla!

Perdóneme que le escriba.

Angosto 5

Recostado en la pared, escribiendo para no olvidar, en la puerta de el Jardín, el café, y tardes con música y fresco de agosto, con tu risa embelesante. todavía tan presente.

Luego, buscando la sombra en Calle Santa Maria, mirando al centro, andándoselo entre callejuelas estrechas, con la brisa que te da la vida.


Al paso, olor a esencias de canela y limón, perfume de Malaga, mientras me acerco al juego de la rana, descubierto con mi Alberto_amigo en la ferretería antigua, pa recoger monedas. 


Continuó despacio el paseo. Ya en Calle Larios, entré la cara para ver a mi niña, Noe, cara bonita, pero no estaba.  Me di la vuelta, que era muy temprano para la Casa del Guardia, el Trillo, Casa Mira, Lo Güeno, el Chinitas, o aquel pequeño barecito con barra de madera tallada, no recuerdo su nombre, en la misma calle Maria García. No es tarde para Farmacia Mata, preciosa y antigua, que alguna vez buscamos a deshoras.


La vida son recuerdos de amigos, y recuerdos intensos de momentos únicos. La feria de dos mil y pocos, de la mano de Ana Madrina, a la “caseta” de las oficinas de alguna planta, en la casa de Calle Larios del amigo Paco, con Carmen de Mairena y el arte de MariFe de Triana en el rincón de Antonio Mairena, devoción y colección de D. Francisco Repiso. 
En el regreso, La plaza del Carbón, y la Calle Moratin, que huele a música de cámara, a carreras de última hora en el Malaga#Clásica, y a mi José María y su abuelo, y sus tiernas historias de infancia. Todo, a las espaldas de Echegaray y su pequeño teatro. 

Angosto 4

Seguimos el paseo hacia La Plaza de la Victoria, camino del “Jardín de los Monos”, donde enviamos siempre a los recién llegados a esta tierra.


¿Quien pudo diseñar esto, sino Dios? Luego algunos dibujaron encima sus últimos trazos para acabar este perfil único. Es Malaga, mi Segunda casa.


En la estela de la Alhambra, la Alcazaba , hermana de la de mi nativa ciudad, querida Badajoz, leyendas de familia y de cariño. 


Recuerdos de historias de ventanas con postigo, que mi sincero amigo Paco Hurtado, poeta- visual fotógrafo de Málaga , coleccionó delicadamente en la serie de balcones y ventanas


Desde la plaza de la Aduana, mirando a la Alcazaba, Roma-Málaga piedra y adobe, y gracia 


El cuento al oído del malagueño boqueron, que relataba entre sus “zetas” de “zi zeñó” el tesoro guardado en el doblao del Palacio de la Aduana, con algo de verdad, ¡ya te digo!; y ahora también Museo.