BUDA CERES

Ayer, con mi compi de pasos largos, nos fuimos a explorar los senderos del cerro alto donde quieren poner un Buda.
Fue un paseo corto y precioso en el Cerro de Arropé. Después de las lluvias de mayo, ahora las matas de yerbas han cegado casi la vereda, llena de piedras sueltas.
Desde el rellano de salida, prácticamente todo es en subida.
Y a pesar de todo caminamos sin parar de hablar y reír.
Me iba explicando a izquierda y derecha lo que descubríamos en la subida. Y yo, mientras preguntaba y preguntaba. Y me inventaba historias entre tragedias y comedias.
El olor intenso del matorral y de los eucaliptos, los cruces de senderos, el cortafuegos tan empinado, y las mesas y bancos de merenderos, casi abandonados.
Subidos a los miradores de madera, éramos felices mirando horizontes.
Un poblado, un par de cortijos, una pequeña cantera, la inmensidad de los llanos…
El casetón de avistamiento de aves, casi la única sombra de esa loma.

El SILENCIO.

La estatua de Buda no estaba aún. Lo están discutiendo.
Pero BUDA si que estaba allí, con nosotros dos.
A la bajada, en la intensidad de la conversación, equivocamos el camino. Mis planes nunca me salen bien.
¿Como puede ser? Me preguntabas.
Sólo deshacer un pedazo del recorrido, y escoger en la encrucijada la dirección correcta de vuelta a casa.
Como la vida misma.

Nos faltaron cuatro abrazos, y es que a veces la vida no atiende a razón….



«Y sobraron los cuatro disparos
Que con tanto descaro nos dio el corazón
Y sobraron los veinte puñales
Y es que a veces la vida no atiende a razón
Y entre sobras y sobras me faltas
Y me faltan las sobras que tenía tu amor
Y sobraron las quinientas veces que dijimos que no»

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