Enamorado de una flor

Un día, mirando detenidamente una maceta de mi terraza, descubrí un brote 🌱 pequeñito en una rama de la planta. No se porqué me fije en él, pero cada día, una par de veces, me daba una vuelta por allí para echarle un vistazo. 
De ese pequeño nudito fueron saliendo varias hojas minúsculas, que se fueron desplegando con paciencia, de un color verde intenso. 
Casi se notaba la fuerza que corría por dentro y las ganas de extenderse al sol de Primavera. 
Cada día me pasaba a verla, curioso y excitado, esperando que me diera una nueva sorpresa. 
Así de rápido y de fuerte fue creciendo. 
Al pronto me di cuenta de que volvía a retorcerse en un nudo, del que le costó algo más salir. Por fin llegó el día, y ese nudito se deshizo cambiando el color a rojo anaranjado, al principio.  
Cada día, creciendo, se hacía más intenso el rojo, contrastando con el verdor intenso de las hojas que le arropaban. 
Estaba encantado con mi flor. Era preciosa y estaba exultante. Con qué brillo e intensidad se mostraba cada mañana. Espectacular. 
Llamaba la atención de algún insecto que se le acercaba a beber de su néctar y después escapaba. 
Orgulloso de mi flor encantada. No podía resistir el impulso de acercarme a verla, quizás presumiendo que tanta exuberancia, no podía ser eterna. 
Le busque un buen sitio, el mejor, en mi terraza. La regaba con cariño, ni poco, ni demasiado, escarbaba con cuidado, de vez en cuando, alrededor de su tallo, para facilitar el trato... 
La flor se abría con fuerza, como desperezándose, y atraía más mi curiosidad. 
Siguió cambiando su color. Pero me fijé que ya no era tan intenso. Cambio a tonos más oscuros, más pardos, las hojas de alrededor también se fueron arrugando, y lucieron lunares pardos.  
Seguía siendo maravillosa, mi flor, pero algo estaba cambiando. No presumía tan excelsa, y se iba ocultando del sol intenso de cada mañana. 
Dobló el tallo, se inclinó levemente hacia un lado. Hasta que llegó el día más amargo. Se le calló un pétalo; y luego otro hacia el lado. 
Oscurecida y arrugada, quería parecer lo de cada día, pero ya no aguantaba. Y mi flor sé secó en su rama, y guardó algo de color rojo pardo, casi morado, sin brillo, arrugado, pero eterno. 
Arranque la flor y el tallo. Abrí un libro de poemas, y la guardé con cuidado. 
Que feliz de encontrarla y que feliz de guardarla en mi libro preferido para no olvidarla. 
Había otras flores, rosas, moradas, amarillas; pero no eran como la mía. 

Desconfínado de todo

El mundo que viernes 
Más allá de un martes 
o un jueves cualquiera 
Lleno de distancia 
Y vacío de nadie

Así cada semana 
de cada mes que quieras 
Esperando cambie la marea 
y el viento sople de levante suave 
Que acabe la ansiedad 

Ahora 
Todo lo que viernes 
se va al día siguiente 
Sin que pueda decirse 
nada nuevo. 

Y miro de reojo 
que no te acerques
Por fin acostumbrados 
a esta normalidad nueva 
que nadie quiere 

y acepta todo el mundo 
a regañadientes sin chistar
Aterrorizados por el contagio 
de una pandemia a medias 
entre el interés y la salud 

que entre todos debemos 
llevar a cuestas, sin entender
lo que tenemos que hacer 
Si elegir de una vez 
a qué lado morir 

si de hambre o enfermos
Los derechos derogados
en defensa del interés común 
de un puñado 
que decidieron por todos 

sin preguntarnos 
Y se apartaron enrocados
tras de una visión trascendente 
donde unos pocos deciden 
quien cae o continúa en el frente 

Todos siguen obedientes 
O condenados por insurgentes

Un solo pensamiento 
Sobrevivir 

Un solo mandamiento 
Someter

Un nuevo orden 
el poder concentrado

Injusto
Esto no es vivir 
Con miedo no es vivir
y sin embargo ...

Tormenta

Cuando era pequeño, en las noches de tormenta mi madre nos mandaba poner los pies en alto. Se apagaba la tv, todos los aparatos y la luz eléctrica. Estábamos mejor a la luz escasa de un candil o un quinqué, y el misterio de sus sombras en la pared. A poder ser nos mandaba directamente a la cama.
Por supuesto nada de salir a la calle, y menos con paraguas o debajo de los árboles. Y quitarse de las corrientes.
Ya en mi cuarto, las noches de tormenta imaginaba un gigante que escupía rayos luminosos por los ojos y sus pisadas sonaban como truenos. No tenía mucho miedo, sino curiosidad. Me asomaba a hurtadillas al postigo de la ventana y miraba asombrado el espectáculo de luz rompiendo en el cielo oscuro. Y el llanto interminable del aguacero, arreciando a cada trueno, corriendo el agua por los tejados y ya en el suelo, calle abajo. Mañana tocaría saltar charcos con las katiuscas. Y, a pesar del atraso en el trabajo del campo, no se les veía tristes a Leandro y a Emiliana, ni a Leandrin con las vacas en el establo.
Y esos rayos.
Algunas veces restallaban como un látigo. Otras, sonaban más broncos y hacía temblar todo a su paso.
Ya no llueve como antes.
Aunque esta noche fue como hace años.
Apague las luces, la tv y me asomé al patio.¡Menudo espectáculo!