En un bolsillo

Tengo el corazón guardado en un bolsillo  
A veces no lo encuentro. 
perdido entre tanto lío. 
El corazón se hace pequeño  
cuando no me rio. 
Si te parece que hago el tonto,  
es porque tengo frío.  
En realidad es porque, de pequeño, 
el corazón había desaparecido.  
Tuve que hacerle remiendos  
de alguna vez que había crecido.  
Ahora lo llevo cosido a mi pecho encendido.  
Es mi corazón  
y lo llevo pegado a un bolsillo. 

De alma blanca

Busco un alma. 
Un alma noble. 
Un alma libre. 
Un alma en pena. 

Busco un cielo  
que me atormenta  
y que descarga  
el agua buena.  

Que me gira  
la cara para mirarla. 
Y escape con prisas  
a ninguna parte. 

Un camino estrechito 
hacia tú pelo  
bonito.

Una mariposa  
que me embelese  
en tu cielo de estrellas  

La mirada fija 
en tus pupilas  
Brillantes.  

El corazón roto 
en mil pedazos 
de amor y risas, pequeña.

De alma blanca, 
la mirada encendida
y el corazón quema.

Como fuego

Como el fuego que se apaga 
de un atardecer en el horizonte,   
ceniza  y rojo, deshaciéndose,  
al filo de la línea de tierra, a poniente. 
 
El frío va envolviendo tu cara
y tu cuerpo, echando de menos la bufanda 
del abrazo que me regalaste, 
en el cuello y en el alma. 

Sin más día que ver, 
con la noche por delante, 
que promete fantasía. 
Y promete soñar. 

¿Que te voy a decir?
Así no me gusta estar. 
Quiero sentir una mano amiga,
una mirada limpia. 

Una música suave
en mi cabeza,
y la delicadeza
de tu amor. 

Y como el músico 
abraza su guitarra, 
y suena en su memoria
la balada del final. 

La niebla gris

El invierno se cierra en torno al hogar. Este año tardó en venir.
Una suave niebla, gris y densa, le gana la batalla a la luz, invadiendo lentamente todo de oscuridad.
De tristeza también.
Es inútil seguir mirando, a lo lejos el horizonte se hace invisible. Una vez más va haciéndose a la idea de que ya no volverá.
El viento frío se siente con dolor en las mejillas.
Ya no sonríe. Hace tiempo qué aprendió a hundir bien profundo sus emociones.
La angustia le va atrapando en este callejón sin salida.
Mientras se atormenta buscando en su cabeza una salida, un pequeño destello de luz que le indique el fin de esta tortura, la mirada cae despacio hasta sus pies en señal inequívoca de derrota.
Luego, el peso se coloca todo encima del pecho y no le deja respirar. Siente palpitar a toda velocidad el corazón, que bombea con fuerza en las muñecas y la sien. También en la cabeza, con una punzada aguda que le atraviesa.
Los nervios disparatados, pelean con esta parálisis, quieren sacudirle para que se mueva. Pero ni lo intenta.
Los ojos, ahora abiertos de par en par, hacia el suelo, sin mirar, se secan, y dejan escapar una lagrima.
Otra vez le viene a visitar.
Es la ansiedad.

Demasiado tarde

Ahora es demasiado tarde, y ya no deseo vivir más.
Tanto afán, tanta lucha desplegada, tanto tiempo, que en el intento se esfumó toda la vida.
Y es, en este momento que aún nos espera el sprint final, cuando no queda nada con que soñar.
El silencio atronador, la luz azul, el frío violento, la fuerza fallida, el corazón parado, la mirada perdida, la voluntad disuelta.
En un rincón sentada, acalambrada, hecho un ovillo de dolor, imposible estar erguido. Solo un brillo en la mirada, la alegría de ver esa cara, esa voz amiga, de la familia, que al paso te da la caricia justa, el cariño que añoras, y que debes administrar bien, pues tardará en volver esos mis ojos preferidos. 
Y la rabia, a veces, por dentro, no es suficiente para poner fin a la tortura.
¿Por que está insistencia desmedida, si solo necesito un poco de dignidad, y que la calma me lleve a mi final, agradecida? 
Esto no es vida

La carta que nunca escribí

La carta que nunca escribí, y que nunca has leído. 
Es tan difícil cruzar una mirada con alguien descubriendo lo que para ti es tu mundo, que cuando la encuentras y la pierdes, nada te vale de consuelo.
Tantas veces fue imposible, que me doy por fin vencido.
No hay rencor alguno, sino pena. No hay culpable, sino yo mismo. 
No fui capaz, dándolo todo, de crear un sueño perdido. 
Hoy llevo el corazón parado, en busca de un nuevo sentido. No sé estar solo, pero a ti nunca te olvido. 
Llevo tiempo exhausto, pedaleando un tándem con un asiento vacío. Llegó para mi el fin de etapa. Siento como lentamente el cuerpo me dice basta, como lentamente me derrumbo, me invade el dolor y el frío.
Me quedan, así, pocas cosas por hacer. A su término y conseguido no ser imprescindible, será el momento de salir a buscar mi destino. De “hacerme transparente” para no hacer ningún ruido. Y escapar a otro mundo, otra vida de gato y desaparecer diluido. 
Todo ha terminado. Y los ojos en lágrimas no deciden lo que he vivido.
Sin contacto, sin heridas.
Sin ilusión, sin razones, sin esperanza, sin corazón. Sin futuro, sin sentido.
Sin rencor, sin culpable.
Solo, sin olvido.
Es la carta que nunca escribí, y que nunca has leído.
FIN

(A la mujer que he perdido)

Soñar caminos

¿Que extraño si estoy solo?
Hablar contigo.
Que te ocupes de mi,
y yo de ti.
Los abrazos.
Que curiosees en lo que hago.
Interesarme por lo que haces.
Compartir lo que piensas,
aunque no estemos tan de acuerdo. Sentirte cerca.
Respetarte
y sentirme respetado.
Ser la fuerza en tus proyectos e ilusiones. Viajar.
Nunca estar solo
incluso cuando no estás conmigo.
La luz.
Tu olor.
Tu calor.
Tu mano en la mía,
y tus labios mientras me miras.
Tus ojos cerrados.
Tu caminar de lejos.
Volver a ti.
Juntos sentir amor.

Sácame de este infierno.
No sé estar solo,
sueña un nuevo camino para mi, para ti.

Diciembre

Se paso noviembre. 
Ayer.
Y no ocurrió nada. 
Solo,
día a día, 
el mes más bonito del año,
haciéndome daño 
sin compañía. 

Me abandonó mi alma. 
Encerrado en mi cabeza, 
viviendo una historia muerta. 
Transitando en un presente pasado. 
Condenado a no tenerte 
nunca a mi lado, 
sin entender 
que pasó. 

Final feliz para una desgracia, 
no supo a poco 
la mágia, 
no duele tanto 
la ausencia, 
sino la interminable esencia 
de tu olor 
en mi almohada.

Callado, recorro el camino
que se hace largo. 
Pasar página 
me cuesta tanto, 
si en la siguiente escribo: 
tu cara y tus labios
no vuelven, 
no olvido tus manos. 

Un débil lamento. 
Me esfuerzo en llorar para adentro.
Un ruego imposible. 
Un error sin tiempo. 
Un sueño, 
un infierno lento. 
Encendido, un último abrazo. 
Te quiero. 

Noviembre
El mes de los muertos.